Nadie es igual que nadie. “El extraordinario viaje de T. S. Spivet” de Jean Pierre Jeunet.

Por Francisco Rodríguez Valls, Universidad de Sevilla.

Ficha técnica: Título original: The young and prodigious T. S. Spivet. Director: Jean Pierre Jeunet. Nacionalidad: Canadá-Francia. Duración: 105 minutos. Año de estreno: 2013. Actores protagonistas: Helena Bonham Carter, Kyle Catlett, Callum Keith Rennie, Jakob Davies, Niamh Wilson. Guión basado en la novela de Reif Larsen.

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Parecería que el título que antecede a esta reseña fuese una obviedad. Y no lo es cuando desde hace varios siglos se nos viene insistiendo, y con razón, en que todos somos iguales. Fue, y sigue siendo en gran parte del mundo, necesario insistir en la igualdad porque el panorama intelectual y social hace que las diferencias nos sitúen en estratos diferentes de poder según las apariencias externas o según la condición social y según esas diferencias accidentales los seres humanos eran –y en muchos lugares siguen siendo- discriminados por no ajustarse a los estándares de lo normal y de lo considerado pleno: ser negro, mujer, niño, anciano, etc., fueron adjetivos por los que a algunos se les tildó de inferiores y se les trató como a tales. Superar ese error justifica insistir en la igualdad. Pero en las circunstancias actuales a esa visión también se le despierta un planteamiento mucho más rico que hunde sus raíces en un doble conjunto de argumentos: reconocer las diferencias porque todas ellas aportan y suman al proyecto colectivo y porque, al fin y al cabo, si el fruto de la libertad es que cada uno se haga conforme a sus propios criterios lo normal es que cada uno sea… hijo de su padre y de su madre, es decir, muy especial en muchos sentidos. Y eso en lugar de una pérdida es una ganancia. La diferencia como riqueza y ganancia viene a plantearse como una nueva filosofía emanada de la igualdad en derechos que tienen todos los seres humanos.

La idea anterior está especialmente bien tratada en la película de Jeunet: la familia Spivet no hay por donde cogerla porque cada uno es a cada cual más raro. Y, sin embargo, eso no les impide ser una familia y tener gestos de cariño que todos saben interpretar. Claro que están viviendo una situación en la que la convivencia resulta muy difícil y ello provoca, más que una separación entre sus miembros, una retirada de cada uno a sus propios fuertes. Esa situación está de fondo en la película, pero hay que destacarla para orientar suficientemente bien el visionado de ella: están viviendo una situación de duelo. La película narra la superación familiar de una pérdida. En la familia acaba de morir el pequeño Layton, mellizo de T.S., víctima de un accidente doméstico. Y todo anda trastocado. Respecto del padre, Layton era el llamado a sucederle en el gobierno del rancho de Montana, donde reside la familia, y quiere rellenar ese hueco haciendo que T.S. le acompañe en las tareas que antes hacía con su otro hijo. Respecto de la madre, existe el complejo de culpa de que ella pudo haber evitado la tragedia si no hubiera sido tan confiada: y se retira a clasificar insectos como excelente entomóloga que es. La hermana sufre calladamente, critica sin parar lo raros que son todos, y desea ardientemente salir del campo para convertirse en una estrella de la interpretación. Y T. S. se dedica a dibujar planos y a crear ciencia que tenga utilidad para el ser humano. El hecho de que gane un premio concedido por el Smithsonian que le haga recorrer el país es la excusa para mostrarnos otro de los motivos de la película: “hay que salir fuera para encontrarse”. Sobre eso volveremos, pero permítaseme seguir tratando el soterrado fondo del duelo. El duelo, como ocurre con las emociones negativas, entraña retraimiento hasta que el ser humano se encuentra preparado de nuevo a la acción por haber interiorizado y reconfigurado su universo a las nuevas circunstancias. Y eso, que se dice fácil porque es teoría, en la práctica puede llevar mucho tiempo y destrozar la convivencia. Generalmente destroza la convivencia. En ese sentido la película narra cómo el redescubrimiento de la persona de T. S. por la ausencia del viaje crea un contra-duelo que salva a la familia. Salir fuera hablando de lo que a uno le pasa es el particular viaje que la familia Spivet tiene que hacer para volver a recuperarse. Y, respecto de T. S., descubrir el mundo hostil de los adultos y de sus intereses de dinero y fama –incluso aprovechándose de un niño de diez años- le lleva a redescubrir su rancho de Montana y reconciliarse con la rareza de los suyos. Creo que interpretar la película así le da un valor como historia que la convierte en algo más que en una película ingeniosa y bien hecha, cosa que es, y con algunos toques de humor y de interpretación un tanto surrealista que eran de esperar del director que también hizo Amélie.

Centrándome en el personaje principal, T.S. es un fuera de serie en el terreno intelectual. Le apasiona la ciencia y está siempre dispuesto a enfocar la realidad desde el punto de vista del problema, es decir, planteándose cómo poder transformarla para ofrecer un mundo mejor a los seres humanos. No es el típico intelectual que aprende lo que le dicen y se limita a transmitirlo tal y como se lo dan. T. S. es un creador, incomprendido en los medios académicos mediocres –meramente transmisores de tradición- en los que se está formando, y que tiene que simular que es su propio padre para hacer creer que ha diseñado la máquina del movimiento perpetuo. De nuevo: aparece como un bicho raro. Como toda su familia. Supongo que si Layton hubiera seguido vivo y si, en consecuencia, la familia hubiera sido receptiva, T.S. hubiera podido hablar de su descubrimiento y le hubieran llevado a recoger el premio. Pero, claro está, entonces no habría película o, todo lo más, sería una feliz “road movie” como otras tantas. En ese sentido, el “salir fuera” del lema de la película implica la soledad del viajante y su capacidad de contemplación para observar los bellos paisajes por los que atraviesa y superar las crisis de la necesidad de compañía y, por otro, una fuerte capacidad de acción y decisión para adoptar la opción correcta en el momento adecuado. T.S. demuestra que su afán por el conocimiento es también útil para sí mismo y se demuestra a sí mismo su madurez, es decir, que realmente está preparado para saber lo que quiere en la vida. La escena en la que él y su madre deciden abandonar la entrevista televisiva no es un acto irreflexivo en el que T. S. se deje llevar por la autoridad y el parecer materno: es una decisión tomada a dúo y acompañada afuera por la acción del padre mientras la hermana llora de emoción en Montana por tener un hermano que sale en la tele. No solo es una decisión dual, es un auténtico cuarteto en el que el duelo se supera como acción colectiva en la que intervienen todos a una y eso les permite seguir adelante.

No voy a desvelar el final. El propósito de esta reseña es dar pistas para ver la película y no quitarle emoción. Tan solo diré que superar el duelo no es olvidarse de Layton sino reintegrar su memoria en la unidad familiar de tal manera que permita seguir creciendo y que todos salgan de sí para apoyar los planes de todos. Y eso tampoco implica que cada uno deje de ser cada uno. Eso es lo maravilloso del ser humano: compartir la existencia no es ser sumiso a nadie. Quizás lo sea en las manadas de gorilas, pero no debe serlo en la familia humana. Ella es el lugar de la libertad al mismo tiempo que el de la cooperación: el lugar donde también, no solo pero también, se puede ser uno mismo.

La película está grabada íntegramente en 3D y creo que en esta ocasión es un acierto por los efectos especiales tan peculiares –y que tampoco desvelo- que tiene la obra y que también están presentes en la novela de Larsen. Es un milagro que Jeunet y Larsen se hayan puesto de acuerdo en elaborar el guión conjuntamente y que no hayan renunciado a la imaginación por las dificultades técnicas que pudiera entrañar la realización efectiva de la película. Véanla y disfruten porque es una de las mejores películas que se han producido el año pasado y que se hayan estrenado en España en 2014.

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