PUELLES ROMERO, Luis. Mirar al que mira. Teoría estética y sujeto espectador: Abada editores (serie “Lecturas de estética”), Madrid 2011; 340 pp.

por Juan A. García González

El autor de Figuras de la apariencia (2001), Modos de la sensibilidad (2002), El mundo a distancia. Notas sobre la contemplación estética (2002), La estética de Bachelard (2002) o El desorden necesario. Filosofía del objeto surrealista (2005) nos sorprende ahora con este libro, Mirar al que mira, que seguramente constituya su obra más pretendida, y posiblemente también la más lograda. Mi enhorabuena a autor y editorial por este libro.

Como reza su subtítulo, se trata en él de atender al espectador de la obra de arte, de trenzar una teoría sobre el sujeto espectador. Pero sobre el espectador, que no es el mero receptor de una obra, sino quien la toma como tal: en su índole de ficción estética.

Y el autor de este libro consigue trenzar esa teoría de un modo muy elaborado; y, diría también, muy plástico. Porque, además de considerar la teoría estética, o la historia del pensamiento humano cuando ha considerado el arte, la belleza, la experiencia estética, la comunicación de sentimientos, etc.; además de eso, se remite constantemente a obras literarias o pictóricas concretas, o a la música y al cine, es decir, a la estética ejercida por los artistas y con la que nos encontramos en la vida misma. Y, si el autor es buen conocedor de la historia de la teoría estética, no lo es menos de esas obras de arte a las que alude en su exposición; entre otras, esas sesenta ilustraciones que se integran en el libro (¡lástima que no se hayan impreso en color!).

Precisamente por esto que digo: por el pormenorizado conocimiento de la historia del pensamiento estético, desde sus orígenes griegos hasta la actualidad, y por el vasto conocimiento de la obra estética contemporánea, la lectura del libro se hace un poco difícil, lenta, para quien no conoce tan a fondo la estética. Es un libro, más bien, para personas ya introducidas en ese campo del saber.

La tesis de fondo que sostiene el libro es muy interesante. Viene a decir que el espectador es el gran ausente de la teoría estética, como que ha permanecido oculto mientras ella se desarrollaba en torno a las ideas de belleza, de sensibilidad, de representación y demás. Y que, precisamente cuando se ha tomado en consideración, cuando ha salido a la luz en las últimas centurias, entonces ha desaparecido, o ha permutado su papel en otro que no es el suyo propio: se ha mudado en artista que participa en la representación, o en consumidor de la obra de arte, en usuario, en telespectador, etc. El sujeto, cuando deviene objeto, pierde su subjetividad, se cosifica; y es entonces un fantasma (así lo llama el autor) que se nos escapa de las manos.

Y algo de esto hay. No podemos sino asentir a la minuciosa exposición de esta tesis por parte del autor del libro. Y acaso además recordar a Derrida: La voz y el fenómeno. La pintura, y sus derivados, es el arte que el autor privilegia: el arte que es mirado; y desde el que podemos aspirar a mirar al que mira. Porque, en cambio, la música no permitiría pensar en oir al que oye; pues la voz oculta su fuente y su receptor: establece un ámbito significativo en el que ambos no comparecen. En cambio la mirada patentiza, saca a la luz sin dejar nada fuera: por eso se puede vigilar al espectador.

Siendo muy interesantes las reflexiones concretas que el autor  va formulando a lo largo del libro (sobre el juego de ficción y realidad, la cuestión del sujeto estético, o eso que el autor llama poiesis del espectador, etc.) voy a resaltar tan sólo el concepto de hiperrrealidad con que termina el libro: cuando ficción y realidad pierden sus límites y la vida se estetiza por completo. El hombre queda entonces bajo el ideal nietzscheano de realizarse artísticamente a sí mismo; pero sin espectador externo: voluntad de poder y además nada.

Y me quiero referir a esa situación actual de la sociedad estetizada, porque desde cierto punto de vista yo percibo la representación teatral como una gran exhibición de la falsedad, de la mentira; verdad y mentira en sentido extramoral, desde luego. Pero cuando no se distinguen realidad y ficción, entonces todo deviene falso; y el hombre se hace incapaz de conducirse en su vida, por la sencilla razón de que no la tiene, al estar enteramente distraído con realidades virtuales. La búsqueda ahora del espectador, y no sólo del sujeto agente, es más necesaria que nunca.

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Archivado bajo Estética, Filosofía del arte

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