Quiero ver tu rostro. A propósito de “Her” de Spike Jonze

Por Francisco Rodríguez Valls, Universidad de Sevilla

Ficha técnica. Título: “Her”. Dirección y guión original de Spike Jonze. Intérpretes: Joachim Phoenix, Scarlett Johansson, Amy Adams. Duración: 126 minutos. Fecha de estreno en EE.UU.: 18 de Diciembre de 2013. Nominada al Oscar a la mejor película. Oscar al mejor guión original.

Her_Jonze

Her es una aprovechable vuelta de tuerca al incipiente tema del amor virtual. Ambientada en un futuro tecnológico que pretende no ser muy lejano y que recupera modas retro, la película cuenta la existencia de un escritor de cartas por encargo que lleva una vida solitaria y que se enamora de un nuevo modelo de sistema operativo especialmente diseñado para interactuar con su propietario y gestionar activa y eficazmente sus bases de datos y su agenda. La Academia americana de cine ha sabido valorar, al concederle el Oscar este año, un guión bien trabado y bien pensado en el que se nos transmiten conocimientos que pueden ser útiles para la enseñanza moral de las sociedades impersonales en las que vivimos. Lo realiza a través del método negativo que conduce a darse cuenta de que un tipo de relación determinada no puede de por sí concluir en nada constructivo.

Independientemente de los detalles de la vida de Theodore (Joachim Phoenix) y de las sugestivas modulaciones de la voz del sistema operativo (Scarlett Johansson), la película resulta fascinante porque nos muestra cómo podría ser la vida de nuestros hijos de aquí a unos años. Si para ellos es ya tan importante la vida virtual y tienen interlocutores a los que nunca han visto el rostro y a quienes les cuentan sus más íntimos secretos, ¿qué pasaría si alguien estuviera especialmente diseñado para ser su amigo? Un amigo sin rostro, eso es verdad, pero ¿es tan importante eso? El propósito de estas líneas es justificar que sí. Y también es un nostálgico echar la vista atrás hacia cuando a los niños se nos enseñaban temas clásicos como que lo más importante era ser feliz y no competir ni lograr la excelencia en ciertas áreas o se nos inculcaba el valor de la amistad, una amistad, se nos decía, que tenía que ser sincera y no aprovechada.

Ya que la película es de amor, conviene recordar que todo tipo de amor es una forma de amistad. Para los griegos la expresión máxima del amor entre los individuos particulares era la philía (amistad), directamente proveniente en su etimología del verbo phileîn (amar). Aquello en lo que consistía era en poder reconocer al otro sujeto –independientemente de su sexo- como otro yo. Eso se conseguía pasando tiempo juntos haciendo todo tipo de actividades para poder aprender cómo es la humanidad representada en el otro y cómo es uno mismo. La amistad es una forma de conocimiento que se consigue a través de la expresión de un afecto sincero –sin máscara-. Precisamente porque en esa relación no hay máscaras no nos encontramos en ella con lo que podríamos llamar el problema de la mentira. La mentira, la aniquiladora de la confianza, la que nos previene de entregar nuestro corazón, la que nos coloca la careta para protegernos de ser heridos o, sin más, conocidos. La amistad es el lugar privilegiado para saber del hombre.

Ante el amigo vemos el rostro de la humanidad y vemos, reflejado en el suyo, el esplendor o la miseria del nuestro. Es la relación más satisfactoria en la que no hay subordinación ni puede haber violencia. Es reconocimiento de iguales compartiendo una vida en común. El respeto y la sinceridad son las dos características más importantes de la amistad y que posibilitan el ejercicio de su función en la vida de los seres humanos. También es fundamental la autonomía: no puede existir amistad si hay sometimiento. Precisamente por ello, los griegos decían que solo podía existir amistad entre iguales. Y su sentido no era que solo los ricos fuesen amigos de los ricos y los pobres de los pobres. Su sentido es que en la relación no igualitaria se apaga la voz de uno, se desdibuja su rostro y pasa a ser un objeto más del que podemos servirnos. Y eso quiere decir también que no basta con que esa relación se base directamente en el poder sino que, simplemente, pueda haber circunstancias que nazcan y que acaben transformando la relación en sumisión. Hay que saber trascender entonces esas circunstancias porque ser sumiso es disgregador de la personalidad, acaba con ella, convierte al sujeto en mero instrumento de los caprichos de otro, en prolongación de sus fechorías.

La igualdad, el respeto, la libertad, la autonomía, la dignidad, esos son los símbolos del rostro: lo más propio del sujeto, aquello por lo que lo reconocemos. Sin ellos la relación se convierte en estructura de poder, es decir, en voz que ordena y manda, aunque sea susurrando, porque su influencia es mayor que la de la propia conciencia empequeñecida por la humillación.

Qué extraño que el sistema operativo no tenga rostro, es decir, sea tan diferente del protagonista masculino. En el filme los primeros planos de Theodore son prodigiosos y es Phoenix quien lleva toda la carga expresiva visual precisamente a través de la manifestación de su faz. ¿Es posible el amor en esas condiciones? ¿Es posible –generalizando- la amistad entre dos nicks que temen manifestar cómo son realmente? Y la respuesta que da el guión es suficientemente clara: hay unos fortísimos deseos de amistad y de unión, deseos desesperados de amistad y de entrega absoluta de parte de uno para el otro. Pero una cosa es el deseo de ser amigos y otra serlo de hecho. Y no se puede ser amigos si no hay comunicación sincera de la intimidad. No se puede ser amigos hablando sobre el tiempo o limitándose a tener una relación sexual satisfactoria. Hay que expresarse con la espontaneidad que da el afecto y que se manifiesta en los gestos, las palabras y las acciones.

Como es obvio, huelga decirlo, lo anterior no quiere afirmar que no podamos enamorarnos de una voz. El sentido en que se dice es algo mucho más fundamental que queda claro cuando uno escucha la persuasiva y encantadora voz de la Johansson en su papel: no es que la voz no sea bella y la belleza engendre amor, una voz puede ser todo un rostro si habla de igual a igual. Pero en la película lo que marca son diferencias que quedan claras en el progresivo distanciamiento de la extraña pareja. En un continuo trato que convierte los deseos de amistad y de conocimiento mutuo en conocimiento real, hace que vayan percatándose de lo diferentes que son, que no pueden ofrecerle al otro lo que el otro desea, ya sea inteligencia o sexo.

Esta parábola del amor virtual tiene mucho que enseñarnos a los hombres y mujeres de hoy en día. No sobre temas del futuro. Sobre todo sobre temas tan antiguos como el trato de unos seres humanos con otros. Y al final, es lógico, y uno piensa en el paso del encuentro en la realidad de dos personas que se han conocido por internet, lo que se desea es conocer el rostro real y escuchar las palabras emitidas con la libertad natural del espíritu y sin la reflexión mediadora del teclado. Ver el rostro es acercamiento y descubrimiento y por eso, al final, toda buena relación tiene que terminar con todas las caretas con los que nos lo ocultamos.

El rostro es un símbolo místico de la igualdad de condiciones que es necesaria para todo tipo de amor. De ahí puede derivar en cualquier cosa, pero sin él solo le espera el fracaso. Creo que ese es el mensaje clásico y antiguo de una película futurista que me parece exagerada en algunas de sus expresiones, especialmente en el desenfado “pornofónico” con el que trata la expresión sexual entre las personas y que ciertamente sirve de instrumento habitual de comunicación en una sociedad muy deshumanizada. En ese tipo de sociedad es en la que es posible la figura del escritor de cartas por encargo, es decir, de profesionales de la afectividad en los que se confía que serán capaces de expresar lo que nosotros no somos capaces de expresar. Nos ponemos aquí de nuevo la máscara para no enseñar lo que somos. Theodore es un profesional de la careta que aprenderá a despojarse de ella y a convertirse, sencillamente, en uno de esos seres a los que merece la pena llamar humanos, simplemente humanos.

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