“There are more things in heaven and earth”. Un comentario de la película “Nymphomaniac”

Por Alberto Ciria

Ficha técnica. Título original: Nymphomaniac. Año: 2013. Duración: 117 min. País: Dinamarca. Director: Lars von Trier. Guión: Lars von Trier. Música: Varios. Fotografía: Manuel Alberto Claro. Reparto: Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgård, Stacy Martin, Shia LaBeouf, Connie Nielsen, Christian Slater, Nicolas Bro, Jesper Christensen, Uma Thurman, Caroline Goodall, Kate Ashfield, Saskia Reeves, Jens Albinus, Sophie Kennedy Clark, Omar Shargawi, Severin von Hoensbroech. Productora: Coproducción Dinamarca-Alemania-Francia-Bélgica; Zentropa Entertainments. Web oficial: http://www.magpictures.com/nymphomaniac/

nymphomaniac

SUMARIO: I. Emisión de vida – II. Aciertos y desaciertos – III. El encuentro – IV. El desenlace

I. EMISIÓN DE VIDA

Después de haber visto las dos partes de “Nymphomaniac”, la última película de Lars von Trier, creo que sobre ella pienso lo mismo que la mayoría de los que han ido a verla, dejando aparte los que han acudido al reclamo de esa “pornografía estilizada” o “pornografía psicologizada” como la cual se la ha publicitado: que a quienes ya conocen otras películas del director ésta les aportará poco, y que quienes no conocen otras películas harían mejor empezando por ver esas otras.

Pese a todo lo que podamos opinar de Lars von Trier a título personal, al menos a una parte de su filmografía debemos reconocerle un mérito importante: habernos redescubierto no ya la dimensión sexual que encierra la religión (de eso ya se habían encargado los diversos feminismos en las últimas tres décadas… hasta que el asunto pasó de moda, y sobre el tema puede leerse la “Antropología de la sexualidad” de Jacinto Choza), sino la dimensión religiosa que encierra la sexualidad.

Lo que algunas películas de Lars von Trier nos enseñan es que la sexualidad, además de estar al servicio de la generación de vida, puede ponerse al servicio de su regeneración una vez que la vida, después de haber aflorado y fructificado, ha sido destruida. Entonces la sexualidad puede ser despertada y llamada, es decir, excitada, cuando se siente el apremio y la urgencia de una regeneración así: en “Nymphomaniac” –en una escena introducida por la cita de un cuento de Poe cuyo tema es la espantosa resurrección del ser angélicamente amado– la muchacha se siente sexualmente excitada al contemplar el cadáver de su padre, lo cual, si hemos de creer al personaje del abuelo, no es nada excepcional. En las relaciones sexuales que la muchacha mantiene con el personal del hospital durante la agonía de su padre podemos ver vicio e intemperancia, pero con un poco de misericordia también podremos ver, sin más, el mismo sentido que tienen esos ritos de consagración de la primavera tras el invierno y de fecundación y fertilización de la tierra yerma a comienzos de mayo, plagados de alusiones sexuales, que encontramos en todas las culturas primitivas pero también contemporáneas: una emisión intencional de vivificación dirigida a quien en esos momentos más la necesita.

Pero regeneración de vidas destruidas en su dimensión espiritual es lo propio de actos específica y genuinamente religiosos como es, en primer lugar, el perdón: la jaculatoria del “mea vulva, mea grandissima vulva” es sin duda una burla mediante un juego de palabras, pero ese juego de palabras consiste a su vez en la inversión de una asociación previa con esa condición de posibilidad del perdón que es la asunción de culpas propias; pero luego, y sobre todo, el sacrificio como asunción de culpas ajenas, con su triple sentido de expiación, ofrenda y redención.

Expiación: saldar con la riqueza propia una deuda ajena, o como también se dice, “redimir” la integridad ajena a cambio de la propia, como hace la protagonista de “Rompiendo las olas” prostituyéndose de forma progresivamente degradante para obrar mediante eso la milagrosa recuperación de su esposo.

Ofrenda: la relación erótica de la novia (que es por excelencia el ser oferente de sí mismo) con el planeta en “Melancolía”. ¿Qué es la gravitación universal, la atracción de las masas, causante del desenlace final de la película, más que una erótica cósmica, y qué son las órbitas planetarias más que flirteos y cortejos e incluso danzas nupciales?

Redención: la repercusión salvífica que tiene sobre la naturaleza –con la que previamente se ha asimilado la mujer– el acto final extremo del protagonista masculino en “El anticristo”.

II. ACIERTOS Y DESACIERTOS

En “Nymphomaniac” la sexualidad, concretamente una determinada manera de vivirla, es tratada pormenorizada y explícitamente durante casi todo el tiempo que dura la película, que son más de cuatro horas, por momentos con mucha crudeza, pero sobre todo con mucha sensibilidad y comprensión. Se podría decir que la crudeza en la exposición resulta de una finísima empatía con la vivencia, o que la crudeza tiene por función suscitar la empatía. Ya sólo por sentir esa empatía, o siquiera por saberla, habrá gente a la que le hará bien ver esta película. Si para eso eran necesarias cuatro horas es otra cuestión. Tampoco la película se detiene en la dimensión sexual, sino que a su vez la sexualidad se convierte en una vía para ir descendiendo a niveles psicológicos cada vez más profundos, en consonancia con la degradación progresiva del personaje. Una vez alcanzado el último nivel de hundimiento la sexualidad casi pasa a resultar irrelevante, de modo que toda la película apunta a los últimos minutos, y por eso el desenlace, aun siendo abrupto, reenlazando con el prolongado fundido en negro con que la película comienza casi se lo ve venir desde el principio. En esa última acción abrupta se concentra todo el peso de la trama, y las cuatro horas precedentes no han sido más que uno de entre muchos caminos posibles para constelar la situación que hace posible un desenlace así.

En esas más de cuatro horas hay tiempo para muchos aciertos y para muchos desaciertos.

Desacertada es sin duda la banda sonora: a “Rammstein”, una especie de “Unheilig” de pueblo que mejor harían enjabonándose las axilas con más frecuencia, se los puede poner de fondo musical en una fiesta de disfraces, en la versión georgiana de “Viernes 13 octava parte”, en un remake retro de “Los payasos asesinos del espacio exterior”, o si me apuráis incluso se los puede mandar a Eurovisión porque ahí no desentona nadie, pero definitivamente no tienen cabida en una película con unas ciertas pretensiones. Sí hay que reconocerles que la canción es pegadiza: desde que vi la película me he sorprendido a mí mismo varias veces canturreando el estribillo de “Nymphomaniac” con voz gutural y engolada, así como lo cantan ellos. ¿El preludio para órgano de Bach? Las citas de Tarkovski, que en “El anticristo” aún tenían sentido pero que en “Melancolía” ya eran retóricas, aquí no pintan nada. Eso ya es fijación y uno ve la película con miedo a que en cualquier momento el abuelo va a arrancar a decir: “Mira, aquí tengo unos vídeos de un director ruso llamado Tarkovski…”

Alguna escena es una broma intencionada al espectador, como la reposición de la escena inicial de “El anticristo”, pero de muchas otras, innecesariamente prolongadas, no se sabe si pretenden ser chistosas, dramáticas, psicológicas, pornográficas o qué: la discusión del aparcamiento, la discusión de los conductores-mecánicos, la discusión de la esposa engañada y despechada, la discusión de los africanos. No dudo de que todo eso le haya sucedido alguna vez a alguien, ¿pero qué no le ha sucedido alguna vez a alguien? No sé si alguno en el cine se sentiría reconocido en esas escenas interminables, pero yo me impacientaba en mi butaca. Las explicaciones históricas sobre el cisma de occidente y la ortodoxia dan más vergüenza ajena que otra cosa, aducir las técnicas de pesca como metáfora de las tácticas de seducción lo encuentro de pésimo gusto, la polifonía como metáfora de la promiscuidad… bueno, para olvidarlo cuanto antes vamos a dejarlo en que desde el punto de vista del abuelo tiene su sentido. ¿Los actores? Los que son malos aparecen y reaparecen. Los que son buenos desaparecen y se desperdician.

Acertadas por poéticas son sin duda y sin excepción todas las ambientaciones, tanto los exteriores (desde el jardín romántico hasta la cima con el árbol torcido, en el que tanto se puede ver un tronco desencaminado y perdido como un tronco herido y sufriente, y en ambos casos un tronco solitario y sin compañía –si en “El anticristo” la mujer se asocia con la naturaleza en general, en “Nymphomaniac” la protagonista se asocia con este árbol concreto y con nada más, dos almas solitarias una frente a otra–, pasando por el sórdido callejón) como los interiores (desde la casa de la infancia hasta el cuarto de la confesión autobiográfica pasando por despachos, salas de espera, consultorios y consultas de todo tipo, los unos rebosantes de trastos inservibles, los otros reducidos al mobiliario y la dotación funcional esenciales e imprescindibles).

Momentos poéticos muy logrados me parecieron la metáfora de los árboles como almas desnudas, esto es, expuestas a la intemperie; la representación del orgasmo espontáneo de la niña, cuyo sentido es justamente que se trata de una vivencia simultánea y genuinamente sexual y religiosa (al menos hasta que el abuelo la estropea con su interpretación, y sólo por cuanto respecta a la levitación sobre la hierba, porque las visiones pseudohagísticas, que podrían representar una santificación de la sexualidad, quedan desvirtuadas cuando el abuelo las explica como apoteosis del vicio); y, sobre todo, el inexplicable reflejo de luz en lo más sórdido del callejón: aunque en la imagen de una franja abriéndose se puede ver una simbología vaginal –si tenemos en cuenta el referente y precedente de la mancha en la pared que recuerda un revólver– o en general psicológica –si tenemos en cuenta el momento del desarrollo de la película en que esa escena se intercala–, creo que la imagen gana en fuerza poética si se la toma directamente y no como símbolo de nada, pues en cierta manera esa imagen de luz brotando reflejada de entre la sordidez máxima representa por sí misma la propia quintaesencia de la poesía.

Quise poner esa imagen como ilustración de este comentario, pero no la encontré en internet. Por qué Lars von Trier no la empleó como cartelera, poniendo en su lugar otras que quizá darán que hablar –si es eso lo que se pretendía–, pero que no cuentan entre los grandes aciertos de la película, es algo que habría que preguntárselo a él.

III. EL ENCUENTRO

En “Nymphomaniac” Lars von Trier hace con el caso de una ninfómana lo que ciento cincuenta años atrás Dostoievski hizo en Crimen y castigo con Marmeládov, el padre borracho de Sonia: en forma de tratamiento artístico, la exposición, libre de todo enjuiciamiento y valoración moral, de un ser humano sometido a una pulsión que él se encuentra incapaz de dominar. No son ellos los que portan una inclinación: es la inclinación la que les porta a ellos. Ellos se limitan a entregarse de buen grado a una fuerza que de todos modos les arrastra mecánicamente. Hasta tal punto están en manos de esa pulsión que, cuando temporalmente cesa (en el caso de la nimfómana cuando pierde la sensibilidad erógena y en el caso del borracho cuando logra una abstinencia provisional que le permite retomar un trabajo), se encuentran desorientados, ya no se conocen a sí mismos, en lugar de experimentar ese cese como una liberación lo sienten como un vaciamiento. Así se sienten vaciados de sí mismos y reaccionan con violencia, o simplemente de forma gratuita e innecesaria, como una llamada para que esa pulsión regrese. En los primeros años esa fuerza, sentida como propia y orgánica, los potencia haciéndoles vivir una primera juventud incrementada e intensificada. A los cincuenta, esa fuerza, ya puramente mecánica y externa, los ha arruinado humanamente y ha destrozado todo lo que ellos habían empezado a construir, sumiéndolos en una degradación última. Degradación significa haber quedado despojado de toda dignidad y que en uno ya no queda nada que pueda ser respetado: ya no se es nada.

Ambos relatos biográficos, el de la ninfómana y el del borracho, asumen la forma de respectivas confesiones ante desconocidos a raíz de sendos encuentros fortuitos, y sobre todo en el caso de la película ambos personajes pueden decirse lo que, en Los demonios de Dostoievski, Kirillov le dice a Stavrogin en uno de sus encuentros nocturnos: “Somos dos seres que se han encontrado fuera del mundo”. Esta película se podría adaptar muy bien a una pieza de teatro con dos personajes en un acto único, pues todo aquello de la película que no podría representarse con dos personajes es casi lo que sobra.

El personaje del interlocutor de la ninfómana, el abuelo, está constituido por dos rasgos: en primer lugar es un ser que se ha retirado de la vida real hacia el mundo simbólico de la erudición y del arte, sin que esa evasión represente para él una sustitución sublimatoria pero falsa sino una verdadera multiplicación espiritual (igual que el espíritu es una irradiación, la vida es una multiplicación): con su jersey de cuello de pico, su camisa abotonada hasta el cuello y su flequillo, no es un reprimido sublimado ni un castrado estilizado, sino un célibe vocacional que ha agrandado su espíritu nutriéndose de simbolizaciones. Este primer rasgo del personaje posibilita el segundo: su enorme capacidad de asistir sin inmiscuirse, de escuchar sin hacer preguntas. No es un confesor que absuelve de culpas: es uno que escucha para que sus confidentes se desprendan de sus cargas.

Este segundo rasgo viene posibilitado por el primero, y se invierte en su opuesto cuando el primero se desvirtúa. Eso sucede, ya dentro de los últimos minutos de la película, en el “preludio” al desenlace, cuando, citando a Freud, el abuelo arranca a teorizar sobre la ninfomanía con el propósito de justificarla y exculparla. En el contexto de la película, esa teorización explicativa y justificatoria, sin ser por sí misma falsa, sí que resulta demasiado “redonda” como para que sea satisfactoria y se la pueda tomar en serio, igual que tampoco puede bastar con el precedente propósito de enmienda y autorehabilitación de la mujer, seguidos ambos del darse las buenas noches, apagar la luz, darse la vuelta en la cama, adoptar posición fetal, acomodar la cabeza en la almohada y conciliar un sueño reparador: eso no se lo traga nadie. “Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que sueña tu filosofía” (Hamlet), y por eso la película exige un desenlace que no consienta con esto.

IV. EL DESENLACE

No voy a contar “cuál” es el final, para no arruinárselo a quien aún no haya visto la película. Pero sin revelar nada, sí se puede explicar “cómo” es el desenlace.

A diferencia de las otras tres películas de Lars von Trier que hemos citado al comienzo y sobre todo también de “Dancer of the Dark”, en “Nymphomiac” no se plantea el tema del sacrificio. Sin embargo, la acción final de la película, sin ser un sacrificio, comparte con él un rasgo esencial suyo: su equivocidad, por no decir su contradictoriedad.

No es sólo que estamos acostumbrados a pensar univocidades, sino que nos parece que lo que no es unívoco no se puede pensar. Nos hemos tomado demasiado en serio eso de que “sólo se conoce lo uno”, y hemos erigido el principio de no contradicción en una de las leyes lógicas supremas. Ambiguo es aquello cuyo sentido es indeterminado y no está acabado de definir. Equívoco –uno de cuyos modos es lo contradictorio– es aquello que tiene simultáneamente sentidos dispares perfectamente definidos. Por ejemplo, una película con final equívoco es “El orfanato”, porque el desenlace tiene a la vez una explicación natural y una explicación sobrenatural. No es que lo equívoco no se pueda pensar, sino que cuesta pensarlo, pero que cueste pensarlo no priva a la equivocidad de realidad ni de verdad. ¿Y por qué cuesta pensarlo? Porque, para pensarlo, exige que nos quitemos a nosotros mismos de en medio, y eso es justamente lo contrario de lo que más solemos hacer porque más nos gusta hacerlo, y sobre todo al pensar: inmiscuirnos. A ese quitarnos a nosotros mismos de en medio para poder entender lo contradictorio, y sobre todo para hacerlo, en su famoso ensayo sobre el sacrificio “Temor y temblor” Kierkegaard lo llamaba plásticamente “saltar al vacío”.

La última acción de la película es equívoca: la mujer destruye la última posibilidad de salvación que todavía le quedaba, y que consistía en que, pese a su firme empeño y premeditación, finalmente no había asesinado porque inconscientemente y en lo más profundo no quería asesinar. Pero destruyendo esa posibilidad, al mismo tiempo salvaguarda otra última “posibilidad de la posibilidad” de salvación que de pronto se le presenta: no verse reducida sin resto a su pulsión. También se podría decir así: la última salvación es sacrificada a una todavía “postúltima” cuya posibilidad se abre inconcebiblemente en el mismo momento en que la degradación total se ha consumado de forma irrevocable.

Para muchos, “Nymphomaniac” será un tratamiento cinematográfico prolijo y minucioso, por momentos explícito y crudo –es decir, en ambos sentidos no atenuado–, de la ninfomanía rematado por un desenlace tan abrupto como previsible.

Un desenlace lo podemos tomar así, como un remate o una terminación. Pero también podemos tomarlo como un desenlazamiento o un desanudamiento. Como metáfora lógica, el nudo es la imagen plástica de la contradicción: dos razonamientos de sentidos opuestos enredados de tal manera que no pueden sacarse adelante porque cada uno se atasca en el otro. Y como metáfora existencial, si tomamos lo enredado como lo contrario de lo recto, el nudo es una de las metáforas del corazón humano tal como lo experimenta en sí misma Blanche DuBois, el personaje de Tennessee Williams: “¿Recto? ¿Qué significa “recto”? Recta puede ser una línea o una calle, ¿pero el corazón de un ser humano?” Incluso morfológicamente un corazón es un músculo enredado en sí mismo o un anudamiento de arterias y venas.

Aunque en lo personal Lars von Trier me parece un payasete, lo que a mí me ha interesado de ésta y de otras películas del danés es la exposición de actos extremos tales que, por aparentemente contradictorios, para esa lógica habitual basada en una relación biunívoca de ser y sentido resultan inaprehensibles, escandalosos e inadmisibles, pero que de hecho abren vías insospechadas y hasta inconcebibles para sacar adelante situaciones que parecían abocadas a un final sin salida. Si salir adelante es un impulso esencial de toda forma de vida, sacar adelante es entonces un acto de vivificación (que, según el Credo, es la función del Espíritu Santo).

Enfocando esta película desde su desenlace así entendido, las cuatro horas precedentes son el proceso, hasta cierto punto arbitrario en cuanto a su duración y temática, de constelación de una situación atascada en el cruce de los extremos de dos dinamismos, es decir, metafóricamente de dos cabos, lanzados en sentidos contrarios. Aquí los cabos son la condenación y la salvación, y el desenlace consiste en desdevanarlas haciendo que cada una discurra hasta el final sobre la otra: cada una a través de la otra, una inconcebible posibilidad de salvación que insospechadamente se abre en la consumación irreversible de una condenación sin remisión ni paliativos.

Por supuesto, todo esto que he estado contando no es más que mi opinión subjetiva, y es legítimo e incluso muy sano que cualquier otro que haya visto la película o que no la haya visto tenga una opinión diferente. Por ejemplo mi vecino, el devorador de libros. Cuando se enteró de que yo venía de ver la película se puso todo exaltado y me recriminó que “Nymphomaniac” era pornografía, aparte de que, encima, Lars von Trier es un nazi. Pero yo conservé la presencia de ánimo y le repliqué: “¿Y qué voy a ver si no, Espíderman dos?”

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