Un comentario de la película “Gracia”

Por Alberto Ciria.

Ficha técnica. Título original: Gnade. Año: 2012. Director: Matthias Glasner. Guión: Kim Fupz Aakeson, Ulla Bay Kronenberger. Actores principales: Birgit Minichmayr, Jürgen Vogel, Henry Stange, Ane Dahl Torp, Maria Bock. País: Alemania-Noruega.

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Buscando dar a su relación una segunda oportunidad, un matrimonio alemán con un hijo adolescente se desplaza a una ciudad del norte de Noruega para volver a empezar de cero. Por diversas circunstancias, cada uno de los miembros de la familia incurre en una culpa, aunque ésta tiene en cada caso una dimensión distinta. El hijo es inducido por un amigo a discriminar a un compañero de clase, el marido entabla una relación adúltera donde él descarga sexualmente sus tensiones emocionales pero sin dar entrada a ningún componente afectivo, y la esposa, por miedo a encarar primero su responsabilidad y luego su culpa, causa la muerte de una chica a la que, sospechando que la ha atropellado pero sin atreverse a comprobarlo, abandona malherida en la carretera.

Inicialmente, los tres eluden acusarse en público cuando las circunstancias les instan a ello: cuando el maestro pregunta en clase, cuando la amante acosa al marido llamándole al teléfono de casa, cuando la noticia del atropello mortal se ha hecho pública y la policía está investigando. Al cabo del tiempo, los tres se acaban confesando en privado a aquellos ante quienes han incurrido en culpa: al compañero discriminado, a la esposa engañada, a los padres desolados de la chica muerta. Ninguno de ellos es perdonado: el niño insultado rechaza las disculpas, la confesión de adulterio no parece repercutir en la esposa atormentada por su culpa propia ni afectarla de ninguna manera, los padres de la chica ni siquiera saben cómo reaccionar. Al no ser delatados tras su confesión privada, ninguno de los tres es condenado, de modo que tampoco ninguna de sus culpas es expiada. Sino que con el mero paso del tiempo la vejación, el engaño y el duelo acaban siendo sobrepasados y superados. Por otro lado, la culpa que los esposos comparten por la muerte de la chica los acaba volviendo a unir y salva su matrimonio.

Esa virtud que tiene el mero paso el tiempo, esa potencia “gratificante” pero ciega, que es casi una fuerza de la naturaleza, que siendo impersonal es incapaz de resolver los conflictos pero que siendo implacable sí es capaz de enterrarlos y dejarlos atrás, la película la simboliza en general con la omnipresencia del paisaje polar, con la nieve y el hielo que todo lo cubren y lo soterran, y en particular con el ineludible paso astronómico de la noche polar invernal a las noches blancas primaverales.

Tras ver la película, uno seguirá pensando que, por mucho que el tiempo haga olvidar, toda culpa sigue viva mientras no ha sido expiada y que ninguna fuerza impersonal es capaz de obrar esa expiación.

Pero a cambio uno habrá aprendido esto otro: que todas esas caídas en culpa –discriminar, cometer adulterio, causar una muerte– son situaciones que pueden sucederle a cualquiera; que nadie tiene una constitución moral tan sólida que le haga previamente inmune a hacerse culpable; que nadie puede anticipar cómo se comportará cuando de improviso se presente el momento. “Es terrible lo que el hombre puede llegar a hacer por miedo o debilidad”, dijo una vez Pablo Casals, y nosotros añadiríamos: o por costumbre. Sino que la moralidad propia entra en juego y la entereza espiritual es medida y probada sobre todo después, en el momento de encarar la culpa una vez que ya se ha incurrido en ella.

Un fotograma de la que quizá sea la escena más impresionante de la película: el marido –Jürgen Vogel– avanzando de frente hacia el coro de la iglesia que está ensayando ante el altar, y que representa por un lado la comunidad de todo el pueblo –por estar integrado por los vecinos–, y por otro lado –estando situado en el altar–una instancia espiritual suprema ante la que la conciencia moral propia debe rendir cuentas.

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Archivado bajo Antropología filosófica, Filosofía de la religión

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