No es fácil crecer. Emociones y educación en “Del revés” (2015)

Inside-Outpor Francisco Rodríguez Valls. Universidad de Sevilla.

Ficha técnica. Título original: Inside Out. Año: 2015. País: EE.UU. Duración: 94 minutos. Directores: Pete Docter y Ronaldo del Carmen. Guión: Michael Arndt sobre un relato de Pete Docter. Productoras: Pixar y Disney. Género: Animación.

Porque no es fácil crecer es necesaria la ayuda de toda una comunidad, desde la infancia hasta la vejez. No es fácil enfrentarse a las cosas por vez primera, sin tener la experiencia genética acumulada de millones de años que tienen muchos animales. Pero, además, el ser humano se enfrenta a experiencias diferentes durante toda su vida ante las que se encuentra desarmado: ser un animal biológicamente inviable, como algunos antropólogos categorizaron, significa precisamente ser un animal desarmado. La educación es una tarea intergeneracional que no acaba ni en la autonomía física ni en la madurez que posibilita la libertad. Se extiende desde la gestación hasta la muerte en una suerte de cuidados recíprocos que a muchos pueden resultarles onerosos, pero que son derechos humanos. Se me podría objetar que la educación termina cuando una persona puede desempeñar una función profesional y fundar una familia. Pero hoy sabemos que la educación no acaba nunca porque lo propio del ser humano es crecer –aprender y crear- en todas las edades de la vida: sí, también hay que aprender a morir y a aceptar el declive propio. A ese dar de sí continuo y a esa exigencia de sacar de sí mientras uno respira, los filósofos lo han llamado “espíritu” y lo han constituido como lo más propio del ser humano.

En “Del revés” se cuenta la historia de una niña que tiene que aprender a hacerse mayor, a darse cuenta de que la realidad duele y es consistente más allá de nuestros deseos, cuando tiene que enfrentarse a un cambio de ciudad por motivos de trabajo de sus padres. Y se hace de una manera nueva que resulta muy apropiada desde distintos puntos de vista: de la historia personal de la niña, de la enseñanza de cómo esa historia responde a una estructura común a todos los seres humanos y, en especial, mostrando la dinámica de las emociones en la experiencia cotidiana, de su funcionamiento y ajustamiento recíproco. La historia personal de la niña es, realmente, la excusa para los otros dos motivos ya que no se aleja –ni lo pretende- de lo que podía esperarse de lo que está viviendo: casa nueva, cole nuevo, añoranzas, nostalgia, deseo de retorno a las raíces, etc. Pero lo interesante es cómo se traduce en que esa experiencia es universalizable y lo es en términos emocionales. En ese sentido la película cumple una función de enseñanza de la psicología humana que se ajusta a cánones de verdad: lo que la ficción de la imagen muestra se corresponde a lo que sabemos hasta la fecha del comportamiento humano “interior”. Lo que se nos muestra es, precisamente, el “interior” de la mente humana y de ahí la conveniencia de su título: “inside out”, del revés, desde dentro, lo de dentro fuera para que se haga visible por motivos didácticos cómo funcionamos los seres humanos. La película es una excelente forma de divulgación científica para los pequeños y también para que los padres no especialistas comprendan un poco más qué atraviesa el alma de sus hijos y la suya propia. La película está comprometida con la didáctica, no solo de valores, sino con la transmisión de contenidos científicos a los niños. Que eso se realice desde la ficción animada es un valor añadido que facilita la recepción de los contenidos por parte de todos.

Cinco son las emociones que desempeñan los papeles protagonistas del “interior” de la niña: alegría, tristeza, asco, miedo e ira. Se trasplanta a la gran pantalla la teoría de las emociones básicas de Paul Ekman a excepción de la sorpresa que, como se sabe, es una emoción más difusa que es preámbulo de todas las demás. En ese sentido está bien planteado que se simplifique para su enseñanza el complejo mundo emocional, laberinto se le ha llamado a veces, que admite tantos grados y matices y un vocabulario calculado en miles de términos. Es importante también que la película nos vaya mostrando la función de cada una de esas emociones desde lo que se espera espontáneamente –ingenuamente- de ellas hasta descubrirnos su función real. En ese sentido, la emoción directriz comienza siendo la alegría y todas las demás giran en torno a ella: se supone que estar alegre es la condición básica que hace que la persona sea feliz y, en consecuencia, es lo deseable en todo momento y ocasión. Lo que la película muestra de forma espléndida es cómo la alegría va percatándose de la función de las otras emociones en la vida humana y va cediendo su protagonismo para dar cabida a las demás dentro de la existencia de la niña. Esa transformación ocurre principalmente con la emoción más horrible más allá de la cual ninguna otra puede pensarse: la tristeza. La tristeza siempre está apartada, sin querer intervenir o metiendo la pata. Y, sin embargo, poco a poco va adquiriendo sentido a través de la nostalgia evocadora de recuerdos imborrables que abren a la niña al amor parental y de amistad, de las ilusiones infantiles, de la añoranza de las habilidades que fueron gratificantes y de otras gradaciones suyas que la hacen imprescindible. La añoranza suscita el deseo de retorno, el duelo impone un compás de espera para la reestructuración del mundo perdido. En fin, no todo es negativo en sentirse triste. Sí lo sería estarlo sin razón, sin motivo justificado. Pero eso sería indicio de una patología que requeriría un tratamiento acorde al grado de gravedad que manifestara la sin razón.

En el mundo emocional todo tiene sentido y todo desempeña una función: la ira la tiene como reacción ante la contradicción, el asco como respuesta ante lo desagradable, etc. Pero lo importante es la gestión de la propia emoción en conjunto con el resto de las instancias psicológicas. Eso facilitará el desempeño de qué se recuerda, de qué se imagina, de qué se desea. En resumidas cuentas, será un garante de salud o una manifestación de enfermedad. Si la predominancia de una emoción hace ver todo gris o todo rosa, el sujeto no estará equilibrado frente a la realidad porque en ella no todo es gris o rosa: no todo es tristeza o felicidad. Cada estímulo admite una reacción emocional, pero esas reacciones no son arbitrarias sino que siguen un ajustamiento que obedecen a leyes de respuesta biológica o cultural adecuadas. Se podría decir sin temor a dudas que las emociones no son irracionales sino que tienen su lógica interna, una lógica que se manifiesta a través de “sentir” cosas en lugar de calcularlas conscientemente. De captarlas inmediatamente a través de la sensación en lugar de reflexionarlas en la distancia de la abstracción. Y lo que es más, cada instancia retroalimenta y se constituye en hábito en conjunción con las demás creando tendencias e inclinaciones que pueden ser, a su vez, adecuadas o no. Así se configura una personalidad. Y la personalidad no deviene sana de forma espontánea y aisladamente. El entramado social y cultural hace que se requiera la ayuda de los otros para mostrar reacciones adecuadas ante estímulos que son, en muchas ocasiones, demasiado complejos y ante los que el organismo no tiene de forma natural armas para comprenderlos y responder ante ellos de forma inmediata. De ahí la importancia de películas como esta: enseñan a los niños y a los adultos que su constitución psicológica está muy bien pensada y que no es debida a una mezcla incoherente de facultades heterogéneas. Nos enseñan que todo de lo que disponemos es necesario para la vida, desde lo que resulta agradable hasta lo que resulta desagradable.

La totalidad del yo es una obra de arquitectura perfecta que tiene que ser construida a través de las experiencias de la vida. Nada falta ni nada sobra. Ni para bien vivir ni para bien morir. Todo depende del ajuste que se dé a las instancias psicológicas a través del hábito. De ello dependerá la madurez del sujeto. Una madurez que no se puede conseguir solo sino que se necesita de toda una comunidad para alcanzarla.

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