Una apología de la Filosofía. Desencanto existencial y conocimiento teórico en “Irrational man” de Woody Allen.

por Francisco Rodríguez Valls, Universidad de Sevilla.

Ficha técnica. Título original: Irrational man. Año: 2015. Nacionalidad: EE. UU. Duración: 95 minutos. Guión y dirección: Woody Allen. Actores principales: Joaquin Phoenix (Abe), Emma Stone (Jill).

WASP_DAY_12-032.CR2

En un filósofo profesional hay algo peor que la afectación: que sus conocimientos no le hayan llevado a otra cosa más que a la amargura. Y es que el fracaso duele. Motivos para ello no le faltarían, al menos según los telediarios, pero en las condiciones en las que vive la ciencia en la actualidad, frente a todos los derrotismos y negruras abisales que se nos pintan, el filósofo debe ser consciente –como un primer paso- de su misión como formador, como educador, y en consecuencia guardar en algún rinconcillo de su corazón un fondo de esperanza en el ser humano. Si no fuera así, la respuesta más coherente sería la dimisión de una profesión que se reduciría poco más que a un salario en sí mismo alienante. ¿Tiene uno derecho a ganarse amargadamente la vida amargando a los demás? Posiblemente solo en un sentido que conecta con la ficción y por el que lo pasamos bien, por ejemplo, viendo películas de miedo.

El filósofo es ante todo ser humano y debe descubrir y tomar el sentido de su propia existencia, un sentido que multitud de personas alcanzan sin recurrir a la filosofía, lo que demuestra que el fin de la filosofía no es el sentido o el sin sentido de la vida sino justificarlo racionalmente presentando los pros y los contras de ambas opciones. Dicho en plata: la filosofía por sí sola no puede ser la causa de la desolación si no va acompañada de una actitud indolente hacia la propia existencia.

En “Irrational man”, Woody Allen presenta, sin ser su mejor película, una pregunta de hondo calado: ¿cómo dar sentido a una existencia si, después de buscarlo hasta debajo de las piedras, no se ha encontrado? Y el protagonista, Abe, profesor de filosofía de éxito, habla brillantemente de una forma de filosofar –la filosofía continental- que buscando el sentido ha descubierto su profunda sin razón. Allen ha tomado ya su opción de presentar una única vía para el conocimiento teórico y creo que, por ello, se equivoca. Abe está desencantado, está amargado, y somatiza su convicción en una impotencia vital y sexual de la que no sabe cómo salir o, mejor, de la que “sabe” que no merece la pena salir. En ese profesor, Allen pone en escena todos sus recursos como director y guionista recurriendo a los temas que le han dado ya un lugar en la historia del cine: la muerte, el sexo, la religión, el psicoanálisis y el crimen. Pero en esta ocasión, como he indicado, ataca a la filosofía como herramienta incapaz de conseguir la plenitud humana. De lo que no se da cuenta es que no es tarea de la filosofía alcanzar la excelsitud en lo humano: ser sabio puede ser perfectamente compatible con ser mala persona o, en este caso, con ser un amargado inteligente que nos hace reír en ocasiones porque torna el acíbar de sus entrañas en un cinismo histriónico y exagerado que por momentos se manifiesta absurdo.

Quisiera dejar claro algo obvio: no se necesita la filosofía para ser feliz. Pero, por lo mismo, la filosofía no conduce necesariamente a la infelicidad. Conocer el mundo no es idéntico a las opciones que uno va haciendo respecto del conocimiento que obtiene de él. A mi juicio, esas opciones son: el mundo carece de sentido, o el mundo ni deja de tenerlo ni lo tiene sino que somos los humanos los que se lo damos o, efectivamente, lo tiene en sí mismo. En cualquiera de las dos últimas opciones hay motivos para la esperanza y podríamos encontrar terreno para un diálogo constructivo. Pero Allen deja de lado las dos posibilidades “optimistas” y enfoca únicamente hacia uno de los extremos. Y por ello hace trampa. El sentido que encontrará su protagonista no lo halla en la teoría sino en la práctica, en la acción fuera de toda consideración moral. Y ahí Allen vuelve a trampear porque si es verdad que la filosofía no tiene como misión dar sentido a la vida, la vida no encuentra plenitud sin el uso de lo que los filósofos han llamado razón práctica: la racionalidad aplicada a la existencia y que tiene a la prudencia como máximo exponente de virtud.

La filosofía no da ni deja de dar sentido a la existencia, entre otras cosas porque el sentido no es un objeto que esté ahí en el mundo. El sentido es una orientación que el sujeto se da fundando su conducta en principios y totalizando su vida como proyecto desde su necesario término temporal que es la muerte. Es algo que corresponde a un proyecto y que, en consecuencia, está más allá de toda objetividad. Otra cosa es la extraña manía de ciertas filosofías de buscar morales concretas –casi siempre provisionales- para garantizar cierta estabilidad de carácter a la espera de obtener el conocimiento definitivo sobre el mundo. El problema es que ese conocimiento definitivo es algo harto improbable para un ser finito y, en consecuencia, es más sabio que haga su vida sin contar con esa ilusión. La ilusión es la de dar un paso más allá en el conocimiento y no la de liquidarlo –ars longa vita brevis– obteniendo la ciencia definitiva. Lo que hoy día vemos en el terreno del saber es para estar esperanzados en que su propia crisis no puede ser otra que de crecimiento. La tarea del pensamiento es hoy especialmente estimulante porque ni está suficientemente valorada ni muchos le ven perspectiva de transformar un mundo en el que nos movemos más por el fútbol que por las letras (o los números). Pero, como la cosa no puede ir a peor, por ello tiene que ir hacia lo mejor y en un sentido muy profundo: el agotamiento de la ciencia se debe a que las categorías con que ha pensado el mundo no dan más de sí y por tanto hay que buscar otras nuevas que sigan generando una mayor comprensión del ser humano, de la vida y del universo. Hay constancia de que no los comprendemos suficientemente y tengo la convicción de que la culpa no es de esos objetos sino de las formas en las que hasta ahora se nos ha ocurrido acercarnos a ellos. Claro que mientras encontramos otras nadamos en la incertidumbre. Pero una cosa es no estar seguros -¿quién lo está?- y otra muy distinta es arrojar la esperanza por la borda. Audaces fortuna iuvat! Ese sería el diagnóstico breve del estado del conocimiento que Abe no tiene en cuenta, que rechaza tácitamente, y que le hace caer en una conducta en la que el bienestar justifica cualquier tipo de acción criminal. Al menos, eso, Allen lo deja claro: un actuar sin razones o sin razones suficientemente justificadas lleva a la espiral de la destrucción sobre todo por un hedonismo que por conservar su placer actúa de forma arbitraria. Así puede entenderse la esencia del título de la película: “Un hombre irracional”.

Termino, justamente, con una consideración sobre la arbitrariedad y su lejanía de la libertad. La libertad es lo más alejado de la indeterminación y del azar que pueda concebirse. La libertad es fruto de la causalidad, pero no de un ejercicio externo que constriñe, sino de la auto-causación: del ejercicio que el yo hace como motor de su propia acción. Libertad y determinación no se oponen ya que la primera no es otra cosa que autodeterminación. O, como prefiero llamarla, auto-destinación. A eso es a lo que se denomina, sin más, tener sentido y de lo que Abe carecía porque posiblemente se había refugiado de antemano en el pensamiento teórico y había renunciado a ser libre. No comprendió la filosofía porque la filosofía es conocimiento y no vida y renunció a vivir eliminando aquello sobre lo que el pensamiento piensa: la realidad y, como parte de ella, la vida práctica de los hombres. Creo que no se puede ser buen filósofo sin dejarse mojar o imbuir por lo humano y para ello hay que asumir la propia condición de mortal y de ser libre que nos lleva a hacer teorías sobre la práctica y no prácticas sobre la teoría, que es lo que le ocurría al protagonista de la película del director neoyorquino.

 

Anuncios

1 comentario

Archivado bajo Antropología filosófica, Cine y filosofía, Sin categoría

Una respuesta a “Una apología de la Filosofía. Desencanto existencial y conocimiento teórico en “Irrational man” de Woody Allen.

  1. “No comprendió la filosofía porque la filosofía es conocimiento” A través de la filosofía no se puede conocer nada, asunto de la ciencia y de la experiencia, pero se puede “entender” las causas de todo lo que “conocemos”. La ciencia es al conocimiento, como la filosofía es al entendimiento

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s