La dignidad de lo humano. El cuidado del otro en El puente de los espías de Steven Spielberg (2015).

por Francisco Rodríguez Valls, Universidad de Sevilla

Ficha técnica. Título original: Bridge of Spies. Año: 2015. País: Estados Unidos. Guión: Matt Chartman y los hermanos Cohen. Director: Steven Spielberg. Actores protagonistas: Tom Hanks, Mark Rylance. Duración: 135 minutos.

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Cuando comentaba la película con un querido amigo, me decía que para que un filme cale de forma profunda tiene que tener dos características: mostrar una buena historia y que el protagonista presente una cierta superioridad moral sobre el espectador. Estoy de acuerdo con ambas apreciaciones y, en los párrafos siguientes, me gustaría reflexionar sobre qué es superioridad moral ya que concedo que en esta película se da y de forma más que circunstancial. Sobre que la historia es buena y está bien rodada no cabe duda: Spielberg es un maestro, lo ha demostrado en muchos trabajos y abundar más en ello es redundar en lo ya dicho por otros.

El protagonista de El puente de los espías es un abogado norteamericano de éxito al que se asigna la defensa de un espía ruso. El propósito explícito del gobierno americano es mostrar a la comunidad internacional que los Estados Unidos conceden todas las garantías jurídicas y procesales incluso a aquellos que quieren destruirlos. El abogado, contra lo esperado por todos, consigue que no condenen a muerte a su cliente argumentando dos motivos: si un compatriota cayera en manos de los rusos el pueblo americano no vería con buenos ojos que se le ejecutara y deben por tanto aplicarse ellos mismos el cuento; segundo, si se le deja vivo pudiera servir para un hipotético canje de espías. Pues bien, lo que es hipótesis se convierte más tarde en hecho pues un militar estadounidense cae en territorio enemigo y es apresado. El argumento se complica cuando un estudiante americano es arrestado en la entonces Alemania Oriental y acusado de espionaje. Para el Gobierno americano es prioritaria la puesta en libertad del militar ya que tiene secretos que puede revelar. El estudiante es solo un caso que no compromete la seguridad de la nación y no les resulta prioritario. Pues bien, el abogado intentará liberar a los dos por todos los medios a través de su canje por el espía ruso al que ha defendido.

En primer lugar, su tarea como defensor de un espía le traerá el odio de sus compatriotas puesto que no comprenden su posición: luchar por la vida del enemigo. A pesar de esa actitud general actuará de acuerdo con su conciencia. En segundo lugar intenta liberar al que no es importante para el poder público; pero él considera que la vida humana, interese o no al poder estatal, merece la pena. Por ella se esforzará todo lo que pueda. Al final el odio de sus compatriotas se convertirá en reconocimiento general de su valía como ser humano y aquellos mismos que le vituperaban después le ensalzarán. En ese sentido, superioridad moral significa seguir la conciencia del bien sin que eso que uno considera bueno suponga causar daño o sufrimiento físico a nadie. Para ello, creo, que lo esencial es tener puesta la mirada en el rostro del otro y la obligación de su cuidado. La opción moral que define esa posición es que las personas están por encima, es decir tienen mucho más valor, que las culturas o que las instituciones que las acogen. Decir lo que acabo de decir parece fácil, pero no es políticamente correcto y concedo que se necesita mucha argumentación para demostrarlo ya que tiene muchas implicaciones prácticas. Parto de ello como supuesto fundamental comprometiéndome a justificarlo en otros lugares.

La noción de bien, si es correcta, no debe causar daño físico. Puede suponer privación de libertad para la protección de la comunidad, pero no infligir daño y mucho menos muerte. Y el motivo no es otro que el hecho de la propia superioridad consiste en reconocer la primacía de la dignidad de cualquier sujeto; es reconocer la valía suprema de todo sujeto moral. La idea de que la persona es prioritaria, aunque no anterior en el tiempo, a toda cultura ha sido tachada de occidentalizante por su cercanía a un posible individualismo. Pero no debe considerarse como tal: en todo caso estaría cercano a un “personalismo” que concibe que, aún naciendo en sociedad y debiéndose a la sociedad, el fin de la sociedad misma no es otro que el sujeto humano. Y el motivo es que las culturas pueden ser opresoras, impedir la realización existencial de los sujetos, pueden coartar hasta el extremo sus libertades y, es más, pueden cercenarles la vida por motivos de interés para una minoría que ostenta el poder. Sin embargo, apoyar la plenitud de lo humano, dejando el concepto de plenitud en manos del propio sujeto, no tiene por qué suponer riesgo para los demás si se pone el poder al servicio de todos.

Otra cosa es que esa idea haya nacido en un entorno sociocultural concreto. Pero su inmersión en un sistema no quiere decir que sirva solo para él, que no haya encontrado algo exportable o, al menos, interesante para que otros lo piensen. La idea que defiende la existencia de una filosofía requiere la posibilidad de objetivos de validez meta-culturales. Creo que occidente no ha confundido en el último siglo la verdad con el mero consenso. Lo que ha puesto de manifiesto más bien es que la finalidad de la vida humana se da en el diálogo y que, por tanto, hay que cuidar las condiciones que lo hacen posible. Poder dialogar no es decir que términos tales como la verdad no existan, sino que cada uno debe alcanzarla como buenamente pueda y dirimirla en el interior de su conciencia como lo más valioso que se puede hallar. Aquello por lo que Occidente lucha es en contra de la imposición a la conciencia de una verdad no entendida como tal por los sujetos a los que se interpela. Lo que viene a afirmar es la condición finita del conocimiento y, en consecuencia, que hay por ello muchas formas de vivir verdaderamente en el ámbito existencial: un solo ser humano no puede cumplir en él todos los modelos de plenitud posibles. Quizás la verdad de la ciencia se funde en criterios de objetividad universal que sean alcanzables tras un esfuerzo increíble. Pero la verdad de lo humano no es una verdad inmóvil sino que debe ser construida biográficamente: es una verdad que se hace. Y quien la hace es la conciencia moral. Por eso ser humano es ser moral y su posición se define por atribuir esa característica a todo su género y posibilitarla en la práctica. En eso consiste la superioridad moral: es reconocimiento y cuidado. Uno sin el otro es pura teoría y charlatanería. El otro sin el uno es arbitrariedad y partidismo. Deben ir juntos: la teoría debe apoyar la práctica y viceversa.

La objetividad kantiana del cielo estrellado por la que se puede definir con rigor la trayectoria de los cometas o la caída de los graves es un entorno epistemológicamente diferente del de la existencia moral. El propio Kant lo vio bien. La primacía de la moral sobre la física fue el contexto en el que la incluyó el idealismo alemán. Esa escisión permanece inalterable en nuestros días aunque haya dado un vuelco hacia el punto de vista hermenéutico: el conocimiento objetivo –búsqueda sin término- se rige por un tipo de existencia histórica y narrativa que es similar a la narración que el sujeto hace de su propia vida. Así como el ser humano es la integración que hace de la estructura de su subjetividad y eso admite pluralidades sin cuento, también el conocimiento de la objetividad admite multitud de narraciones aunque su cuantificación pueda hacerla derivar hacia una mayor o menor validez. Es cierto esta visión puede derivar hacia un constructivismo radical que tampoco comparto, pero no es el momento de entrar en ello.

La película tiene una enorme cantidad de valores positivos encarnados en el protagonista y una lucha contra el mal que consiste esta vez en visiones que sitúan a las instituciones por encima de las personas. La manera en la que se muestra que las personas son el bien radical que debe ser formado y cuidado es lo que concede a esta obra un valor incalculable.

 

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3 comentarios

Archivado bajo Cine y filosofía, Sin categoría

3 Respuestas a “La dignidad de lo humano. El cuidado del otro en El puente de los espías de Steven Spielberg (2015).

  1. Paco, me parece grandioso tu planteamiento del tema, y lo comparto plenamente. Una cuestión me queda en el aire y a la que doy vueltas, y que seguro aparecerá en algunas películas. La historicidad de esa institución a la que se llama “patria”, ¿hace que ahora sea más cuestionable que en tiempos de Cicerón (que es quien más elabora el concepto) el deber moral de dar la vida por la patrial o de poner la patria por encima de la persona? Un abrazo

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    • Francisco Rodríguez Valls

      Hay, Jacinto, un fenómeno sociológico amplio que es el del pacifismo y que mueve a millones de personas: nada puede justificar la guerra, el concepto de guerra “justa” carece de sentido. Eso es índice, me parece, de que los poderes del Estado dejan de ser nacionales y se adhieren un poco más al derecho cosmopolita, es decir, al derecho que tienen los ciudadanos a circular libremente sobre el planeta. Creo que eso es así en los Estados pequeños que no se sienten “protectores universales” del sistema mundial. Incluso aquellos que se sienten así suelen buscar el apoyo de los organismos internacionales. En resumidas cuentas, me parece que esa ampliación del concepto de humanidad que se ha ido produciendo desde Roma hasta hoy en día hace que disminuya la importancia de la patria como garante del orden interno y de la convivencia de los ciudadanos (la luz en medio de las tinieblas, eso es la patria). El ideal es que sea la humanidad la que se haga responsable de ello. Mientras eso se logra seguirán existiendo las patrias, pero si la línea que propongo es real llegará un momento en que la humanidad se ría de las fronteras y de las banderas y el fin sea la libertad de las personas. Sé que lo que propongo está, espero que coyunturalmente, puesto en entredicho por la crisis de los refugiados. Será una prueba que “false” o confirme la teoría.

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    • El concepto Patria puede definirse como “El país de nuestros padres o antepasados”. A su vez, el “país” es un entorno cultural afin, como lengua, costumbres, tradiciones, e incluso “paisaje”. Por tanto defender la patria es defender estos valores. La malversación de este concepto es aplicarlo a la “nación”, porque ésta puede contener varias patrias

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