Francisco Rodríguez Valls, El sujeto emocional. La función de las emociones en la vida humana. Thémata. Sevilla, 2015.

sujetoemocionalpor José Domingo García Martínez

El ensayo del profesor Rodríguez Valls presenta un estudio sobre el análisis de las emociones enfocado desde la perspectiva de la antropología filosófica tal y como es entendida en el siglo XXI. El objetivo es presentar un punto de vista de la persona en el que las emociones impliquen una apertura que sea entendida como una ayuda al desarrollo de la vida del ser humano en toda su complejidad y riqueza.

El primer capítulo está enfocado hacia una crítica del dualismo clásico materia-espíritu/cuerpo-mente para comprender las emociones adoptando el punto de vista de que las acciones humanas no deben enfocarse desde la perspectiva reduccionista que confronta la parte racional con la parte animal del hombre, sino apostando por comprender la estructura de la subjetividad y asumir una unidad más completa y desarrollada. Para ello el texto adopta la función de mostrar que la vida emocional está dirigida a orientar la vida práctica. Se trata de entender las emociones como “gestión de la vida en la que las emociones se presentan (…) como una forma de respuesta en forma de hábito o de carga genética de la especie”. En este sentido es notable cómo el ensayo muestra una correcta gestión de la vida emocional indicando que la ausencia de inclinación emocional dificulta la toma de decisiones e incluso limita la libertad de acción, mientras que la aceptación de esa inteligencia de la naturaleza, como la denomina el autor, nos ayuda a entender y a aplicar mejor nuestra libertad impulsando positivamente los momentos de toma de decisiones.

El impulso emocional es inteligente y en este estudio lo encontramos asumido como algo que va asociado a la conducta. La propuesta va unida a una visión unitaria de la persona en la que el objetivo es encontrar un equilibrio en el que la razón encuentre su plenitud a través del correcto conocimiento de las emociones que necesariamente deben ir unidas a las acciones humanas.

En el capítulo segundo, el libro estudia qué se entiende por emoción en diversos autores, analizando el artículo de W. James “¿Qué es una emoción?, entendiéndola como “un fenómeno corporal y no un juicio intelectual que surja de la valoración de un estado en el que el sujeto se encuentra.”, es decir, como un estado orgánico. A partir de este esquema se analizan  las posturas críticas realizadas por W. Cannon y G. Marañón a las tesis de James, la emoción como evaluación intencional de R. Lazarus y M. Nussbaum, o la neurobiología de la emoción de J. Ledoux y A. Damasio. El enfoque adoptado a partir de estos estudios se centra en mostrar que la razón por sí sola resulta insuficiente para gestionar la vida humana. Así la emoción es por tanto esa facultad que articularía inteligencia y cuerpo; una síntesis de ambas estructuras que deben asumirse  en el desarrollo de la vida práctica.

Encontramos también mención a D. Goleman por su notable aportación al estudio de la inteligencia emocional. Ahí encontramos la preocupación del autor de esta obra por reconsiderar qué es la inteligencia humana pues considera a Goleman como un referente fundamental. La perspectiva que ofrece apunta a una correcta interpretación y valoración de los nuevos modelos de inteligencia que han surgido en los últimos años que reflejan el ambiente de desgaste social y personal que recorren las sociedades avanzadas del siglo XXI mostrando acertadamente que estamos tratando con personas que quizás no sepan o no puedan apreciar la diferencia entre una falta de orientación y una psicopatología.

En el capítulo tercero encontramos una clasificación descriptiva de las emociones del psicólogo Paul Ekman que profundiza en la búsqueda de las manifestaciones corporales de la emoción, contrastándola con la perspectiva de Tomás de Aquino, el cual ofrece un esquema de la función de las pasiones dentro de la estructura de la subjetividad humana. La postura de Ekman se concreta en el análisis de los efectos observables de las emociones a través de la expresión corporal tales como la sorpresa, el asco, el miedo, la alegría, la tristeza y la ira. El enfoque de Tomás de Aquino se desarrollaría como una categorización de las emociones en once tipos que se refieren a la clásica distinción platónica del apetito concupiscible y el irascible. Dentro del primero entrarían el amor, el odio, el deseo, la aversión, el gozo y la tristeza, y dentro del segundo se encontrarían la esperanza, la desesperación, la audacia, el temor y la ira. El autor muestra que en las perspectivas de ambos autores se dan considerables coincidencias pero el método de identificación de cada una de ellas es distinto. La clasificación de Ekman responde a una búsqueda de contenido empírico y la de Tomás de Aquino persigue más directamente las causas que determinan la aparición de las emociones. Por eso el marco que el profesor Rodríguez Valls sugiere a partir de los análisis de estos autores va encaminado a una unión entre filosofía e investigación empírica proponiendo un modelo epistemológico que vincule el hecho y la teoría.

El capítulo cuarto cierra el estudio de las emociones con un análisis de la angustia y su relación con la conciencia de la  propia libertad, analizando con Kierkegaard, Heidegger y Sartre el momento de aparición de la misma. El enfoque positivo que aporta la obra propone una asimilación de ese estado que, una vez asumido, nos ayuda a reconocer nuestra humanidad: “Una cosa es que el sentimiento de angustia sea exclusivamente humano y tenga el descubrimiento de la libertad como origen, y otra distinta es que, para ser humano, haya que estar constantemente angustiado y, si no se está, se pierde la humanidad.” También la perspectiva del autor sobre la existencia auténtica en Heidegger abre la conciencia del propio sujeto ante sí mismo, como un “querer querer” que lo haga consciente de su libertad y que le ayude a tomársela en serio y a tomarse en serio a sí mismo.

El ensayo concluye el estudio de las emociones con una hermosa expresión de cómo deben entenderse las relaciones humanas; como una construcción, como algo que requiere tiempo, confianza y tal y como lo refleja el autor “compartiendo experiencias y palabras en las que se hagan manifiestas realidades tan humanas como la lealtad, la piedad o la camaradería.” De lo que se trata, en esencia, es de comprender cuáles son los mecanismos psicológicos que mueven a actuar al ser humano de una forma o de otra. Por eso el análisis que encontramos en este estudio resulta tan clarificador pues abre las vías a una comprensión más completa de lo humano en el que ya no se da una disociación entre mente y cuerpo sino un punto de conexión a través del cual encontramos un replanteamiento de los modelos clásicos que enriquece el conocimiento que podamos tener de la vida emocional y una mejor comprensión de nuestra propia personalidad.

 

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Archivado bajo Antropología filosófica, Filosofía de la mente

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