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Klyukanov, Igor E. A Communication Universe. Manifestations of Meaning, Stagings of Significance. Lanham (Maryland): Lexington Books, 2010. IV + 231 pp. ISBN.: 978-0-7391-3724-6.

por Claudia Fernández

Igor E. Klyukanov es profesor en la Eastern Washington University (EE.UU.), además de ser el fundador del Russian Journal of Communication. En este libro nos presenta una visión novedosa de la comunicación como un universo dinámico en el que, a lo largo de cinco estadios interconectados, se desarrollan todos los ámbitos de la comunicación.

De lectura compleja, pero gratificante, este libro nos presenta una visión novedosa y completa del universo de la comunicación. Se estructura en tres partes: la primera, “The Future Behind Us: Perspectives on Communication” (pp. 3-44), incluye los dos primeros capítulos y supone un planteamiento extenso del problema del estudio de la comunicación y de los objetivos que se propone desarrollar el autor. La segunda parte, “The Staging(s) of Communication” (pp. 47-146), contiene cuatro capítulos en los que desarrolla toda una compleja visión de la comunicación, correspondiendo cada capítulo a una fase del desarrollo del proceso comunicativo. Y la tercera parte, “Communication Being: The Past in Front of Us” (pp. 149-198), completa la exposición del proceso dinámico de la comunicación con el séptimo capítulo, y finaliza con un último capítulo donde se incluye un balance de la teoría del autor en comparación con otros estudios de la comunicación. Aquí se enumeran las ventajas y consecuencias de la visión propuesta por Klyukanov que incluye de forma global y compleja todos los ámbitos de la comunicación. El lector puede encontrar por último una amplia bibliografía (pp. 199-224) y un índice de los autores y términos más destacados (pp. 225-229).

Pasaré a continuación a exponer detalladamente los contenidos teóricos de este libro, así como a mostrar la coherencia entre cada una de sus partes, desembocando todas ellas en un capítulo final en el que se resume la teoría de la comunicación como un universo completo y bello.

Parte I: “The Future Behind Us: Perspectives on Communication” (Perspectivas de la comunicación)

Esta parte desarrolla una amplia introducción a las diversas teorías de la comunicación. Está formada por dos capítulos, que comienzan por un planteamiento del problema, es decir, la pregunta central “¿qué es la comunicación?”, y posteriormente se analizan con detalle en algunos aspectos de las diversas teorías de la comunicación existentes. Aquí se presenta el propósito del libro, que no es otro que el de descubrir el universo de la comunicación en toda su belleza y complejidad, atendiendo a cada una de sus partes sin menospreciar ninguna otra.

El primer capítulo, “Toward the Nature of Communication: Unforgetting” (pp. 3-22), supone un análisis de la naturaleza de la comunicación, dado que hoy en día se habla tanto, y referido a demasiados ámbitos distintos, de la comunicación. Klyukanov recorre las diversas tradiciones del estudio de la comunicación y destaca como motivo de la actual “crisis” en la comunicación el factor ontológico. En este sentido alude a John D. Peters, quien reconoce esta crisis y dice, con respecto al campo de la comunicación, que “the field has been in a perpetual identity crisis- or rather legitimation crisis” (Peters, 1993: 133).

En el segundo capítulo, “Communication Theorizing: Being-(on)-the-Way” (pp. 23-44), el autor presenta con más detalle las diversas teorías de la comunicación. A tal respecto Klyukanov afirma que “the list of the theories that are mentioned in most publications includes information theory, symbolic interactionism, systems theory, rhetorical theory, dramaturgical theory, constructivist theory, standpoint theory, to mentioned but a few” (p. 23). Nos dice que las teorías más comunes acuden al contexto de la comunicación, a su aplicación práctica. En este sentido cita la significativa afirmación de Robert Craig: “the incoherence of communication theory as a field can be explained by communication theory’s multidisciplinary origins” (Craig, 1999: 120); siendo el caso de que Craig contabiliza nada menos que doscientas cuarenta y nueve teorías de la comunicación.

De esta multitud de teorías Klyukanov destaca como más relevantes dos fuertes corrientes desde las que se ha abordado el problema de la comunicación, a saber, el positivismo y el humanismo. Pero tras hacer este recorrido por los diversos paradigmas de la comunicación que se han intentado establecer, siempre con alguna crítica que los invalidaba, al menos parcialmente, Klyukanov propone abandonar el intento de establecer un único paradigma de la comunicación. Define la naturaleza de la comunicación como un proceso, con un dinamismo interno que impide concebirla como un todo uniforme. Así, establece como objetivo a desarrollar en este libro un acercamiento al universo de la comunicación en su totalidad, que incluya cada una de las partes. La comunicación ha de ser vista como un proceso de continuo movimiento del espacio y el tiempo unificados en el “spacetime” del que habla constantemente. Una experiencia de la totalidad espacio-temporal es, en definitiva, lo que supone la comunicación.

Parte II: “The Staging(s) of Communication” (La puesta en escena de la comunicación)

En esta segunda parte del libro se encuentra el grueso de la propuesta innovadora que presenta Klyukanov. Incluye cuatro capítulos, que son las sucesivas fases por las que pasa la puesta en escena de la comunicación. Estas fases son la invocación, la conversación, la construcción y la resignación-renuncia, que desembocan en un último estadio que completa el ciclo del universo comunicativo, denominado la transformación, y que es analizado en la última parte del libro.

El tercer capítulo, “Up in the Air: Communication as Invocation” (pp. 47-66), sienta las bases de la comunicación. El comienzo de la experiencia de la comunicación es el nombramiento del objeto, y con ello se consigue distinguirlo del resto de los objetos y concederle un significado. Este primer momento supone a su vez la aprehensión del concepto y la concesión, a éste, de una realidad. La realidad la gana el objeto gracias al efecto de la acción instrumental que supone el nombrar. Y, una vez nombrado, el objeto tiene que ser expresado, pero el hecho de expresarlo implica mucho más que el propio significado. La expresión del nombre lleva consigo todo el contexto de la comunicación, cuyo medio es el propio lenguaje, no el mensaje en sí.

Pero en este primer estadio de la comunicación el sujeto es aún un “Self” y ve al otro como un objeto, de modo que el mensaje que transmite en la comunicación no es recibido aún en la totalidad que implica realmente. De este modo, el estadio de la invocación supone la mera transmisión de la información del sujeto al objeto. Se trata de una relación espacial en la que el tiempo aún no juega ningún papel. El mensaje se transmite en un espacio a modo de “ruido”, y en la dinámica de esa transmisión va adquiriendo su contenido propio. Pero para que el otro, el objeto, pueda ser considerado como otro sujeto hay que avanzar hacia la siguiente fase, la conversación.

Así en el cuarto capítulo, “Down the Stream: Communication as Conversation” (pp. 67-91), aparece la temporalidad como factor decisivo para que la comunicación adquiera su valor real. Para ello los objetos antes nombrados se experimentan de una forma real, pero manteniendo una distancia prudente ante ellos. El sujeto debe detenerse ante el objeto para que éste pueda revelar su verdadero significado, y junto con ello reconocerse en él para apreciarlo en su totalidad. En la conversación se reproduce un hacer (making), más que un actuar (action), pues el producto resultante está separado de la propia actividad, es decir, el significado transmitido va más allá del propio concepto que simboliza. La conversación permite que el lenguaje no-verbal rellene la brecha (gap) que se produce entre uno mismo y el otro.

Klyukanov apela a la hermenéutica de Gadamer, según el cual no habría un significado original del texto, sino el que le confiere el intérprete cuando hace suyo el texto. En la conversación la comunicación se encuentra siempre en acto, uno quiere llegar a ser el otro sin poder alcanzarlo nunca, pero esa tensión es característica del proceso comunicativo, que puede ser llamado “dialéctico” en sentido aristotélico.

En el quinto capítulo, “Of This Earth: Communication as Construction” (pp. 93-116), el autor consigue arribar a tierra firme, es decir, verificar el contenido del mensaje transmitido en aquello que tienen en común los participantes: el lenguaje. De forma que la comunicación se contempla ahora como un conjunto de aserciones sobre las experiencias de los hablantes. Aquí Klyukanov da un paso más y se sitúa en la metacomunicación, para poder observar la comunicación como un proceso impersonal y objetivo. Desde esta perspectiva los participantes del intercambio comunicativo pueden realizar en ella sus actitudes y creencias, que luego vierten sobre las figuras del lenguaje. Es así como la comunicación pasa a ser considerada una construcción, se trata de un proceso de construcción y organización de los significados.

La interpretación de esta construcción ha permitido ver a la comunicación como un constructo social o como un proceso de coordinación de la acción, pero con estas concepciones no se establece un nuevo paradigma de la comunicación, sino que se están ampliando los límites de la misma. Y, al ampliar los límites, aumenta la dificultad de coordinación entre la acción del sujeto y el significado. En resumen, la comunicación como construcción consiste en concebir un orden mundial en el que se incluyan a los participantes, donde la comunicación es un discurso que se desarrolla a modo de juego del lenguaje, en el que las reglas son compartidas por todos los participantes. De forma que se alcance un denominador común que sea previo al significado.

El sexto capítulo, “Through The Fire: Communication as Resignation” (pp. 117-146), trata de la “resignación-renuncia” del sujeto en el proceso de la comunicación. El término inglés utilizado por Klyukanov es resignation, que significa a la vez resignación y renuncia o dimisión, polisemia que parece tener también el término ruso ukhod y que no es posible mantener en español. De ahí que haya optado por traducir ese término como “resignación-renuncia” para recoger en lo posible lo que Klyukanov quiere significar: «It is important to emphasize the dual nature of resignation; on the one hand, the subject admits—and submits to—one’s inability to embrace the totality of experience, resigning from communication, and, on the other hand, the subject creates, at the same time, new possibilities for future communication, re-signing communication, as such. In this sense, the act of resignation is similar to the nature of the gaze, which “both acknowledges the desire to own the place of one’s look and accepts its impossibility” (Freedman 1991, 64). This dual nature is clearly seen in the Russian equivalent of “resignation”—“ukhod” (“sund”), which means both “leaving” and “taking care of.” Through resignation, therefore, the subject gives up any further attempts of grasping the unifying nature of communication (leaves it, so to speak) and also, by the same token, takes care of its continuation. Thus, the decision made by the subject at this staging of communication can be summed up as “I hereby resign/re-sign.» (pp. 119-120).

La resignación-renuncia conlleva la apertura de múltiples posibilidades en la comunicación. Gracias a la resignación-renuncia se puede reescribir la relación de correspondencia entre el sujeto y el significado. En la comunicación el sujeto se ve ahora implicado como un sí mismo (Self) y como aquello a lo que se dirige la comunicación. En esta fase la comunicación se erige como un diálogo que permite la continuidad entre la conversación y la resignación-renuncia. Considerada bajo los términos de la phrónesis aristotélica, la comunicación supone el uso correcto del tiempo para poder apropiarnos del significado. Pero este significado se consume al fusionarse el tiempo y el espacio en el espacio-tiempo (spacetime) continuo, donde, en un acto existencial, el sujeto comunica los significados y el otro los hace suyos. La resignación-renuncia supone un acto sincero y creativo de sentido.

El lenguaje es un arte que embauca a quienes lo emplean, es el autor muerto como sujeto individual pero nacido como autor de significados. Y son estos significados los que mantienen en su dinamismo al universo de la comunicación, en constante devenir entre un carácter real y uno virtual. En el virtual se incluye la creación de significados, mientras que en el real han de incorporar esos significados, y la combinación de ambos aspectos define el proceso de la comunicación, que es el presente del mundo, donde el espacio-tiempo se unifica.

Parte III: “Communication Being: The Past in Front of Us” (el ser de la comunicación: el pasado frente a nosotros)

En esta última parte Klyukanov completa el ciclo de las fases de la comunicación con la última de ellas: la dinámica de la comunicación. Además incorpora en el capítulo final las conclusiones generales que se deducen de su nueva visión de la comunicación como un universo, visto como una totalidad vital, en proceso.

El séptimo capítulo, “Airy Nothing: Communication as Transformation” (pp. 149-174), supone una vuelta a los orígenes del proceso comunicativo, se trata de una fase equiparable a la invocación, pero se retoma desde una perspectiva renovada y ampliada. La comunicación ha de volver sobre sí misma para evitar la muerte de los significados tras la desaparición física del objeto. El ser tiene que retornar al estar para pervivir. En este sentido Klyukanov nos habla de la comunicación como un ritual, estructurado en varias fases y que recuerda a la estructura comunicativa en la Antigua Grecia, donde la voz de un solo individuo era escuchada por la multitud congregada. La comunicación adquiere con esto su carácter cultural, que ayuda a preservar la naturaleza. La cultura y la naturaleza se unen en un mismo todo en la comunicación. Y sólo en esta unión se puede alcanzar la conciencia de que todos somos uno y lo mismo, hemos de reconocer lo otro en nosotros y a nosotros en lo otro, con lo que se pone de manifiesto la unidad en la alteridad.

En esta última fase de la comunicación destacan los significados por encima de los autores mismos, lo importante es el lenguaje material, en el que se incluye la totalidad de lo hablado y comprendido. De modo que ahora el habla es escritura y la escritura es habla, la posibilidad pura es la que define la perfección comunicativa. El sujeto debe dejar atrás su vida para unirse a la comunicación y llegar a ser en potencia comunicación pura. Se trata de la culminación del proceso comunicativo, el momento en el que todo y todos somos iguales, somos uno mismo. Aquí tiempo y espacio se han fusionado eliminando la brecha que se percibía al inicio del proceso. En la interioridad de cada uno, como mismidad, se encuentra la posibilidad de unión con la comunicación, unión en una totalidad muy compleja que, sin embargo, no anula nunca la singularidad.

De este modo Klyukanov completa el ciclo de la comunicación; una vez realizada la transformación, se retorna a la invocación del objeto. Del mismo modo que el prisionero de la caverna de Platón regresa a ella para liberar a sus compañeros el que ha conocido la comunicación en su totalidad y se ha hecho uno con ella regresa al comienzo del proceso, pero ahora siente asombro ante los objetos que ha de identificar, ya que no le son ajenos.

En el octavo y último capítulo, “Communication: Infinite Return” (pp. 175-198), se realiza un resumen de todo lo explicado hasta ahora para poder abordar de nuevo la pregunta inicial sobre qué sea la comunicación para responderla desde diversos frentes. Klyukanov establece como idea general de su visión que la “communication is presented as experience becoming meaningful to those involved in it, or as motion of spatiotemporal continuum of meaning” (p. 176). De modo que la comunicación se concibe como un ser orgánico y dinámico, que se pierde en los caminos del tiempo y el espacio para luego volver sobre sí mismo.

Cada una de las fases desarrolladas es equiparable a alguna de las teorías de la comunicación que existen, pero que no se deben contemplar nunca como paradigmáticas, sino más bien como distintas visiones de un mismo fenómeno. Así la invocación supone una visión lineal, la conversación una visión interactiva, la construcción una visión normativa, la resignación-renuncia una visión crítica y postmoderna, y la transformación una vuelta al comienzo. De aquí se desprende la importancia de esta nueva forma de concebir la comunicación. Hasta ahora las teorías de la comunicación se quedaban en el nivel de la construcción, pero la resignación-renuncia, y su posterior transformación, no se contemplaba como parte del universo comunicativo, lo que impedía obtener esta visión global que es la que Klyukanov presenta en su libro.

El autor establece una interrelación entre cada una de las fases aludidas, donde una fase es siempre la antítesis de la anterior y, a su vez, la síntesis de las dos previas. De modo que toda fase puede ser vista simultáneamente como tesis, antítesis y síntesis. Lo importante no es el principio ni el fin, sino el camino recorrido entre cada uno de los estadios de la comunicación, que es siempre dinámica y continua. La comunicación se entiende aquí en términos de un proceso dialéctico continuo, que con cada vuelta del ciclo se enriquece y amplia más.

El final del libro es un compendio de las ventajas e implicaciones de la visión que el autor tiene de la comunicación como un universo completo, donde incluye la unión entre las ciencias y las humanidades y entre otros muchos pares de opuestos que, gracias a una visión global, pueden ser unificados y contemplados como una y la misma cosa.

Cabe destacar la manera peculiar de escribir del autor, que requiere del lector un esfuerzo especial. Por un lado, las citas se encuentran siempre insertas en las frases, de modo que completan el sentido de lo que el autor está diciendo, aunque pueden complicar su comprensión para un lector poco perspicaz. Y por otro lado, siendo éste el rasgo más destacado de su escritura, hace un uso constante de guiones, paréntesis y de la barra inclinada. Cada una de sus aserciones que incluyen estos elementos permite una multitud de lecturas posibles, de modo que el lector debe tener en cuenta todas las posibilidades que se deducen de una única oración. Su forma de escribir está en concordancia con su teoría de la comunicación, ya que del mismo modo que la comunicación se puede articular de muchas maneras y permite una multitud de puntos de vista, reunidos todos bajo un mismo universo, los significados que transmite con cada aserción son múltiples y se dejan contemplar desde ángulos muy variopintos. Pero, una vez acostumbrado el lector a esta forma de escribir, se descubren en ella muchas ventajas cognoscitivas, además del hecho de que obliga a estar en alerta constante para no dejar escapar ninguna de las alternativas que se plantean prácticamente en cada oración.

Referencias bibliográficas

Craig, Robert. 1999. “Communication Theory as a Field”. Communication Theory, 2: 119-161.

Freedman, Barbara. 1991. Staging the Gaze: Postmodernism, Psychoanalysis, and Shakespearean Comedy. Ithaca, NY, and London: Cornell University Press.

Peters, John D. 1993. “Genealogic Notes on ‘the Field’”. Journal of Communication, 43, no. 4: 132-139.

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Chamizo-Domínguez, Pedro J., Semantics and Pragmatics of False Friends, New York: Routledge, 2008, 186 pp. including bibliography and index 15 pp. plus introduction pp. 4. ISBN: 0-415-95720-6

por Jan Harald Alnes, University of TromsØ

jhalnes@sv.uit.no

0 Some books are interdisciplinary in the true sense of the word, that is to say, they treat a field of study that overlap between different disciplines without simply, or more or less, applying the insights from one field onto another field. This book (henceforth called “False Friends”), published in the Series Routledge Studies in Linguistics, is such a book. As the title says, the theme of the book is false friends, which, roughly, but to give the reader some ideas, could be explained as follows: It frequently happens that two ordinary languages, called “the Source language” (SL) and “the Target language” (TL), have homographic or homophonic words or phrases in common. If the meanings of two such words or phrases are either unrelated, or partly, but not completely, overlap, we have a case of false friends. Obviously, some of the false friends between SL and TL are false friends by more or less coincidence, while others are etymologically related. The former are called “chance false friends” and the latter “semantic false friends.” Of course, there are a number of subclasses under these headings. The most interesting subclass, and accordingly the one that receives most attention in this book, is that of partial semantic false friends. To exemplify, the Spanish “inexcusable” and the English “inexcusable” are partial semantic false friends as the former might be translated by the two English terms “inexcusable” and “unavoidable,” depending on the context (False Friends: 7 –8). Chamizo-Domínguez presents an enormous sample of such cases, each one of them exploring various quite interesting facts about the development of language, both internally and between different, more or less related, languages. The notion of context, just alluded to, turns out to be the key to understanding the present book. I will discuss it in some detail in due time.

Chamizo-Domínguez explores the general phenomenon of false friends from a “linguistic” as well as a “philosophical” point of view. His overall focus is Translation theory, a huge and growing interdisciplinary subject of which Spain is the leading centre. The present book is, beyond doubt, a major contribution to one of the main themes of this field of study. Translation between languages, or in contexts, that have, or contain false friends is approached from a theoretical, or “semantic” perspective, as well as from a practical, or “pragmatic” perspective. Let me note that as a philosopher, I am somewhat foreign to the use of real experiments in order to test out various assumptions and/or underscore points; I am more used to what philosophers call “thought-experiments.” I really enjoyed the different tests that Chamizo-Domínguez undertook towards students—some new to translation theory, others experienced—, as well as towards colleagues. It is of particular interest to note that it frequently happened that the test-persons provided translations that surprised or at least was unexpected from the author’s point of view (False Friends: 43 –45 and 159 –164). Such tests are used to illuminate both semantic and pragmatic issues.

This book, then, could, and should, be reviewed from quite different angles. Another interdisciplinary researcher, a linguist, or a philosopher may review it. As a philosopher by profession, I have my own limited approach towards, and insight into, this field of research. It is accordingly my hope that some member of either of the two other groups also would review this fine piece of work. (Fortunately, it has come to my attention that such is indeed the case!)

The review consists of five parts. I begin by introducing the general ontological theme in the philosophy of language, viz. the question about the nature of meaning. Some philosophers claim that meanings are entities of some kind or another, while others argue that meaning should be taken care of in some other way, prominently by way of an account of use. I detect both tendencies in False Friends. This question therefore reoccurs in different clothing throughout the four subsequent Parts. The major aim of this review is to read False Friends consequently as falling within the second kind of approach towards meaning. Consequently, I find it necessary from time to time to rephrase or reconstruct the actual wording of False Friends, while attempting to keep Chamizo-Domínguez’s insights. But, of course, as will become evident in my discussions, I also have other aims. Part 2 focuses on the notion of synonymy; this highly troublesome term is a key-term in False Friends, and, according to its author, in Translation theory quite generally. In part 3, I discuss what the author calls “secondary meaning,” in particular with respect to metaphors. Donald Davidson’s theory of meaning and metaphor is invoked in order to throw a critical light on this complicated issue. The notion of an implicature is crucial to False Friends, and a central issue in Part 4 is accordingly Paul H. Grice’s theory of implicatures. This theory, in turn, is but a central feature of Grice’s general and unified theory of meaning and communication. I present some aspects of this theory and relate them to False Friends. Since Chamizo-Domínguez in certain aspects, but not in all, is close to Grice, I believe that the latter’s theory is particularly useful in order to throw illuminating light on the central topics of False Friends. The review is rounded off in Part 5. I make a few comments on the pragmatic aspects of the book, and provide a few observations about the relationship between Willard van O. Quine and Chamizo-Domínguez. It should be noted from the outset that the various issues treated below are interconnected in a number of ways. Thus, I have found some overlap unavoidable.

1 Chamizo-Domínguez observes quite correctly that one’s view on language informs one’s view on translation.[i] I agree in particular to his view that a “picture theory” of meaning leads to another understanding of the task and aim of translation than a “use-account” of meaning.[ii] To me, the author’s numerous illustrative examples of false friends strongly support the view that a picture-theory of meaning is at odd with a huge empirical material. By “picture theory,” I here include views that in addition to (or, even worse, instead of) talking about the meaning of sentences as used or uttered at particular occasions, take sentences to express thoughts (Gedanke) or propositions; i.e. theories whose ontology embraces meaning. As mentioned, Chamizo-Domínguez points out, time and again, and often the cases are rather complex, that one sentence, as used on a particular occasion, might be translated in different ways into another language, and he furthermore singles out numerous incorrect translation that have been made between languages. It is quite liberating and somewhat strange for a philosopher grown up in the shadows of the classical disputes between Gottlob Frege and Bertrand Russell, to read a book concerned with some of the deepest problems in the philosophy of language, which does not use the term “proposition” at all. If it is one feature that characterizes this book, then it is the overall emphasize on the context and the circumstance of the use of words, rather than an ontological treatment of the issue as to what meaning is.[iii] This general manner of approaching language is common to Chamizo-Domínguez and Quine—a philosopher who plays, as will become evident, a significant role for Chamizo-Domínguez. In Part 2, I point out that Chamizo-Domínguez accepts Quine’s objections against any attempt at capturing a philosophically enlightening notion of synonymy. And, of course, to Quine these objections are part of a comprehensive attack on any notion of meaning that carries ontological commitments. When we turn to the issue about the use of words in contexts other than the literal ones, however, I detect a tension in the thought of Chamizo-Domínguez between that issue, where Chamizo-Domínguez talks freely about levels of meaning, and the present one. Thus, although I myself prefer to approach meaning in terms of use (Quine, Wittgenstein), as is evident throughout this review, it is to me unclear whether Chamizo-Domínguez has the same preference. Our question, “What is the nature of meaning?” is left unresolved in False Friends. Now, obviously, the fact that False Friends does not answer our question is not in itself a significant objection, since its starting point is Translation theory. But if Chamizo-Domínguez trades on both traditions in the philosophy of language, then, I gather, he needs, at the end of the day, to adjust some part of his theory.

2 Chamizo-Domínguez takes the notion of synonymy to be the central notion in his project:

From these five concepts [synonymy, homonymy, polysemy, register, and diachrony], one is both the most basic and based for the others and for any theory on translation: this is synonymy, which has also been the most strongly criticised one by linguists and philosophers of language, though (False Friends: 32).

Hence, should we have to summarize to the minimum what the task of translation involves, I cannot think of anything better than understanding translation as identifying synonyms in two different languages. If this intuitive opinion is right, then the notion of synonymy in itself and its analysis become cornerstones in order to perform any attempt for establishing a theory of translation (False Friends: 33).

…despite all this, the introduction to the notion of synonymy in this work is essential in order to identify the cases in which two given terms in two given languages may be interchanged in the translation of an utterance (False Friends: 36).

In the first and third quote, Chamizo-Domínguez alludes to the by now classical philosophical and linguistic objections to the notion of synonymy; he subscribes to Quine’s objections in particular (Quine 1953,1960). Chamizo-Domínguez solves his problem in the only way possible, viz. by introducing a definition of synonymy that both avoids the actual philosophical and linguistic issues and is adequate for his purposes:

I shall deal with a weak notion of synonymy … two terms would be synonymous if, in a given context, one can be substituted by the other with no changes in the truth values of the utterance in which the substitution takes place (False Friends: 40, italics added).

The three key features of this definition is firstly, that synonymy is defined for terms, and not, say, sentences, secondly, the invocation of the term “context”, and finally, that the substitution is to preserve, not the truth-condition of the sentence or utterance, but its actual truth-value. In order to spell out the significance of this definition, I treat these features separately.

(i) It is clearly correct to give the definition of synonymy with respect to subsentential expressions, whether it is to terms only, as is Chamizo-Domínguez choice,[iv] or also is to include phrases and expressions. (This particular theme cannot, due to limit of space, be pursued any further, but the reader should be aware that it is a quite interesting and important issue). By the way, Quine observes that this is in accordance with the etymology of “synonymous” (Quine 1960: 61). It therefore comes as a surprise that Chamizo-Domínguez immediately after providing his definition, maintains that it is on line with the corresponding definition provided by Keith Allan in his comprehensive textbook in linguistics, viz. “A is synonymous with B only if when A is true, then B is true, and vice versa. (It follows that if A is false then B is false, and vice versa)” (False Friends: 40, Allan 2001: 115). Here synonymy is defined as a relation between sentences or utterances; it is, after all, sentences or utterances, and not terms, which have truth-values. Allan’s definition is clearly useless, as sentences substantially unrelated might, by coincidence, always have the same actual truth-value. Allan is aware of this, and introduces later on a modal version of his definition (Allan 2001: 188). To me, it is evident that even this refined definition of synonymy fails for a number of reasons. And, as a matter of fact, Chamizo-Domínguez is very close to committing himself to my view when he introduces four strong definitions of synonymy, where one of them is based on the notion of necessity, which he finds useless (False Friends: 31 –33). Now, since these definitions take terms as their starting point, Allan’s definition is not included among them. Still, it is hard to believe that one could accept the uselessness of the four strong definitions, and retain Allan’s definition. To conclude this discussion, synonymy ought to be defined for terms (or other subsentential expressions) in the first place, only then might one attempt to define the derived notion of synonymy of sentences or utterances. And this is what Chamizo-Domínguez does.

(ii) Let us turn our attention to the term “context.” A characteristic feature of one of the two important classes of partial semantic false friends (the other important class is mentioned in a moment), is the fact that in one setting, a biological one, say, they can be substituted for each other while preserving truth-value (or truth-conditions, see below), while in another setting, for instance a juridical one, they cannot so be substituted.  (If the two terms could be substituted in all such contexts, they would be what we might call “completely synonymous”). Chamizo-Domínguez introduces a number of such contexts in his book, for instance, ecclesiastical contexts (False Friends: 39), scientific contexts, philosophical contexts, linguistic contexts  (False Friends: 124), legal or political contexts (False Friends: 25) and academic contexts (False Friends: 126). I find this manner of singling out a subclass of partial semantic false friends by the invocation of contexts illuminating and clear. The notion of a context is not defined, but it might be viewed as a generalization of the old logical notion of a domain of discourse, or a subject of discourse. It seems, however, as if the word “context” is used in another, more committing, sense when Chamizo-Domínguez maintains that the sentence, or metaphor, “You are the cream in my coffee” is a context in which the term “cream” is used (False Friends: 48). We will discuss this particular example in some detail in Parts 3 and 4.

Now, a word about the other main subclass of partial semantic false friends, namely terms that, despite being completely synonymous or synonymous in given contexts, still ought not to be translated for each other. This lack of translatability is due to what is often called “pragmatic factors.” The reason is that the two terms have different “register.”  For some reason or other, the author does not define the term “register,” but his examples clarifies what it is. Let us take a brief look at one of them. Note first that “hemorroide” and “almorrana” are synonyms in Spanish, and can be translated into the English synonyms “haemorrhoid” and “pile,” respectively. Says Chamizo-Domínguez:

…It is obvious that any Spanish native speaker will find their register different. That is particularly why, although we may interchange “hemorroide and “almorrana” and keep the principle of substitution salva veritate, the implicatures of the sentences involved will be very different. Thus, the use of “hemorroide” often implies a certain cultural level of the speaker, while for “almorrana” the speaker’s cultural level is supposed to be lower (False Friends: 53).

He further points out that if a given language has only one word for haemorrhoids, then that word will be a partial semantic false friend to the corresponding two words in Spanish and English, due to a lack of corresponding implicatures. (Implicatures are discussed at some length in Part 4, we leave it undefined for now.) Chamizo-Domínguez concludes his discussion by saying that “although the reference of all those terms is the same, the implicatures will vary depending on the case” (False Friends: 53).

Clearly, then, the notion of partial semantic false friends that depends solely on register is a finely grained notion, much finer than e.g. truth-conditions; see below. Of course, although the term “register” might be quite new, the phenomenon has been known for a while. Gottlob Frege gives numerous corresponding examples in his attempts at clarifying his notion of a thought. I shall close this discussion with one of his remarks that also has some bearing on our next issue:

… in this connection it is useful to the poet to have at his disposal a number of different words that can be substituted for one another without altering the thought, but which can act in different ways on the feelings and imagination of the hearer. We may think e.g. of the words “walk”, “stroll”, “saunter” [“gehen”, “schreiten” and “wandeln”]. These means are also used to the same end in everyday language. If we compare the sentences “This dog [Hund] howled the whole night” and “This cur [Köter] howled the whole night”, we find that the thought is the same. The first sentence tells us neither more nor less than does the second. But whilst the word “dog” is neutral as between having pleasant or unpleasant associations, the word “cur” certainly has unpleasant rather than pleasant associations and puts us rather in mind of a dog with a somewhat unkempt appearance (Frege 1979: 140). [v]

(iii) We have reached the most complicated and demanding part of our discussion of Chamizo-Domínguez’s definition of synonymy, namely his invocation of the principle of substitution salva veritate. This substitution principle was first formulated by Leibniz: “Eadem sunt, quae sibi mutuo substitui possunt, salva veritate,” or alternatively “Eadem sunt, quorom unum potest substitui alteri salva veritate.”[vi] John L. Austin translates the principle, in the latest phrasing, as follows: “Things are the same as each other, of which one can be substituted for the other without loss of truth” (Frege: 1980: 76). [vii] It is common to take the principle to relate to the notion of identity, eventually to provide a definition or explication of that notion. Frege is famous for having developed an intricate philosophy of mathematics and language on the basis of the fundamental insight that two singular terms might refer to the same object, while having different sense. Such is the case with the two Greek terms “Hesperus” (“The Morning Star”) and “Phosphorus” (“The Evening Star”). These two terms might be substituted for each other salva veritate (but not in opaque contexts): “Hesperus is the brightest star seen in the east before sunrise” and “Phosphorus is the brightest star seen in the east before sunrise” have the same true value. But, says Frege, since “Hesperus” and “Phosphorus” have different sense, the thoughts expressed by the two sentences differ.[viii] Chamizo-Domínguez, on the other hand, and in strong opposition to Frege, relies on the salva veritate principle when defining synonymy. Thus, as he himself states, his notion of synonymy is weak, we could call it “referential synonymy.” It states than any two members of a pair of co-referring or co-extensional terms, in a given context, are synonymous. Maybe, I wonder, it is too weak. Let me elaborate a bit. Despite deep divergences in general philosophical outlook, such disparate philosophers as Frege, Wittgenstein, Carnap, Quine and Davidson, just to mention the most outstanding ones, maintain that the meaning (“sense,” in the case of Frege) of a sentence is given when one has stated the conditions under which it is true.[ix] Accordingly, then, a truth-conditional semantics might contain this rephrased version of Chamizo-Domínguez’s definition:

 Two terms would be synonymous if, in a given context, one can be substituted by the other with no changes in the truth-conditions of the utterance in which the substitution takes place.

Let “TV” be shorthand for the original definition, and “TC” shorthand for this new one. Now, let me underscore that both TV and TC take for granted that there is a deep connection between meaning and truth, and it is hard to imagine an account of meaning that does not. The crucial difference between them is that the while TV involves the actual truth-value, TC avoids invoking reference or extension. Let us return to Frege’s example once more. According to TV, “The Morning Star” and “The Evening Star” are synonymous in quite a number of contexts, while they are in general not synonymous according to TC. Clearly, then, the definition of synonymy in terms of truth-conditions is more finely grained that the definition of synonymy in terms of truth-value. That is to say, all pairs of terms that are synonymous according to TC, are synonymous according to TV, but not vice versa. It is highly important to note that the distinction between partial semantic false friends due to lack of synonymy in a given context and partial semantic false friends due to different registers in a given context, holds for both definitions. Recall here that Frege himself time and again underscored the difference between what we have called “implicatures” and truth-conditions.  (The substitution of “cur” for “dog” preserves truth-conditions, but invokes implicatures. In these cases, the implicatures are conventional and not conversational; but see Part 4 for a further discussion and modification of this claim.) I have, in other words, not been able to figure out the exact reasons for defining synonymy as coarse-grained as done in False Friends. To rephrase my present point as a challenge: Although “synonymy” in these contexts is a quasi-technical terms, is it not the definition in term of truth-conditions, rather than the definition in terms of truth-value, that is in accordance with our vernacular language? Now, it is highly important to note that Chamizo-Domínguez has made a strong case for the claim that whether one opts for TV or TC, or another “weak” definition of synonymy, the restriction to context should be a crucial part of the definition. This is an improvement over traditional weak definitions.

Let me close of this discussion of synonymy by repeating my agreements with Chamizo-Domínguez. First of all, I fully agree with him both that synonymy must be given a weak definition, i.e. the definition should not involve modality, and that the definition must be given with respect to a particular interest. (The interest-relativity of philosophical notions is, by the way, one of the major lessons to be learned from the writings of Quine.) I further find it crucial with respect to Translation theory to draw a theoretical distinction between synonymy and register.

3 Our next theme is levels of meanings, in particular metaphorical meaning. I am not in favour of Chamizo-Domínguez’s liberate use of the notion of meaning, in particular when he maintains that a word has primary, secondary and transitional meanings. There seems to be too many meanings around. I have, of course, no objections against this way of speaking, per se, as long as it is made clear that it does not carry ontological commitments. We are moving into muddy waters, and it might well be that my worry is due to such terminological matters; but the issue needs to be explored.

(i) Let us begin by taking yet another at the notion of a context and its role in the definition of synonymy. I shall propose an alternative analysis of Chamizo-Domínguez’s problematic example; an analysis I believe to fit perfectly into the main line of reasoning in False Friends. Chamizo-Domínguez notes that the English word “doctor” and the Spanish word “doctor” are partial semantic false friends; in some contexts, i.e. academic ones, they might be substituted for one another, but not in general in medical contexts, this since one distinguishes in Spanish between “doctor” and “médico” in cases where one simply uses “doctor” in English (False Friends: 120 –123. I grossly simplifies Chamizo-Domínguez detailed and intriguing treatment of this case). Let us, for the sake of illustration, say that the terms are partial, but not completely, synonymous. In the medical context the two terms cannot always be substituted salva veritate. Compare this to “You are the cream in my coffee,” where the sentence is said to be the context, and it is maintained that the English word “cream” and the Spanish word  “crema” are synonymous in this context. But, one could ask, what does this mean? What does it mean to say that “You are the cream in my coffee” and “Eres la crema de mi café” have the same truth-value? In other words, what sense are we to make out of the claim that “You are the cream of my coffee” has any truth-value at all? To me, the sentence (or an utterance of it in any regular contexts, with given utterer and audience) is patently false. Let us apply the definition of synonymy to this case. As the context is just one sentence, it follows that any word that, when substituted for “cream” in “You are the cream of my coffee” makes it false, are synonymous with “cream;” an unwelcome consequence, indeed. To be fair, let me quote Chamizo-Domínguez’s own words:

When a metaphor is proposed for the first time (a novel metaphor) in a linguistic system, speakers understand the use of such terms as a diversion from its literal meaning—a “flouting” or a “categorical falsity”, as Grice called it (1989: 34). In this case the metaphor seems to be a usage matter, and its interpretation is occasional and limited to the moment of the utterance. Thus, the meaning of a novel metaphor would not go beyond its particular sense at the very moment of the utterance. Therefore, the example of metaphor that Grice himself provides, … “You are the cream of my coffee” … could be understood in Spanish without many difficulties if literally translated as …“Eres la crema de mi café.” This is because the English noun “cream” and the Spanish noun “crema” share the meaning of “the oily or butyraceous part of the milk, which gathers on the top when milk is left undisturbed” (OED) and “sustancia grasa contenida en la leche”, or “nata de leche” (DRAE), in English and Spanish, respectively. Consequently, in a context such as [“You are the cream of my coffee”], “cream” may be replaced by “crema” with no changes in the truth values of the sentences involved (False Friends: 48).[x]

Although I do not think this account works, I believe that the solution to our problem is simple. Why not simply maintain that with respect to the translation of a metaphor, the synonymy principle (whether TV or TC) is invoked secondary in the following manner: As “cream” and “crema” are synonymous in regular standard (standard, normal, most) contexts, “crema” is the foremost candidate for a translation of the actual sentence into Spanish? An account along this line would not only solve our problem, it would in addition rely on a clear, unified and simple notion of context. To me, this proposal is but a minor modification of Chamizo-Domínguez’s own theory, and I see no reason why it should not be acceptable to him. One might note that if two terms are partial semantic friends, and this is due to contexts (in the sense of “subjects of discourse”) which are common, then the problem of translating the terms in novel metaphors is similar to the problem of literal translation; also a consequence welcomed by Chamizo-Domínguez, I presume. My present suggestion about translation furthermore fits nicely into what I am saying about Grice’s account of literal meaning in Part 4.

(ii) Chamizo-Domínguez’s treatment of Donald Davidson’s influential theory of metaphors is somewhat hostile (False Friends: 47ff). The reason, in my opinion, is mainly that Davidson does not clarify his notions of meaning and use, nor the distinction between them, adequately for readers who are not intimately familiar with his philosophy and the tradition to which he belongs. One needs, in particular, always to be strictly aware of the fact that Davidson uses the term “meaning” in a quasi-technical sense. Or more accurately, he uses “meaning” with a specific task, or interest in mind, to recall Quine’s methodological insight. That use, although schematically spelled out elsewhere, is simply taken for granted when Davidson presents his theory of metaphor. In fact, the difference between Davidson’s account of metaphors and that of the author of False Friendsmight be slighter than the latter thinks. I begin by providing a (very) schematic account of Davidson’s theory of meaning (drawn from Davidson 1984: Part 1); thereafter I compare his theory of metaphors to the one provided in False Friends.

Davidson’s grand project in the philosophy of language (I am here ignoring his attempts at formulating a unified theory of language and action) is to develop a theoretical framework for a satisfying theory of meaning for natural languages. Such a theory, he maintains, must be a theory about the truth-conditions for the actual as well as the potential sentences of that language. He argues at length and in detail, that a Tarskian definition of truth is such a theory. (The principal difference between Tarski’s own historical project and that of Davidson, is that while Tarski defines truth and takes meaning for granted, Davidson starts out with a primitive notion of truth and uses it to provide a theory of meaning.) Such a theory must be recursive and it must contain specifications of the reference of the singular terms as well as a satisfaction-relation for the predicates. Thus we get the so-called T-sentences of the form

“P” is true inL if and only if S,

where “`P´” is a sentence in the language “L” and “S” is a canonical description of “`P´” in the actual meta-language. A theory of meaning is adequate and extensionally correct, according to Davidson, just in case it generates all and only the correct T-sentences for the actual language. To illustrate, let Spanish be the object-language and English the meta-language. Then this is an example of a T-sentence:

“La nieve es blanca” is trueS if and only if snow is white.

We note, then, that in this theory of meaning, we do not need any notion of meaning. Let us instantiate our standard example of a metaphor, “You are the cream in my coffee” (assume for the same of the argument that the reference of “Eres” has been fixed). We get

“Eres la crema de mi café” is trueS if and only if you are the cream in my coffee.

Thus, “Eres la crema de mi café” is simply false. Such is the case with most metaphors (Davidson 1984: 257). The fallout is that the significance of metaphors cannot be captured by way of Davidson’s theory of meaning; in fact, he even makes the stronger claim that no theoryof meaning can make sense of metaphors. The adequacy of a theory of meaning is limited to the literal meaning of words. This is explicitly maintained in the introduction to (Davidson 1984):

No discussion of theories of meaning can fail to take account of the limits of application of such theories. The scope must be broad enough to provide an insight into how language can serve our endless purposes, but restricted enough to be amenable to serious systematization …`What Metaphors Mean´, is mainly devoted to the thesis that we explain what words in metaphor do only by supposing they have the same meanings they do in non-figurative contexts. We lose our ability to account for metaphor, as well as rule out all hope of responsible theory, if we posit metaphorical meanings (Davidson 1984: xix).

What then, from the perspective of this approach towards meaning, is the significance of metaphors? First of all, note that metaphors are an important and probably unavoidable feature of all complex use of language, including the scientific one:

In the past those who have denied that metaphor has a cognitive content in addition to the literal have often been out to show that metaphor is confusing, merely emotive, unsuited to serious, scientific, or philosophical discourse. My views should not be associated with this tradition. Metaphor is a legitimate device not only in literature but in science, philosophy and law; it is effective in praise and abuse, prayer and promotion, description and prescription (Davidson 1984: 246).

This is followed up a bit later:

We must give up the idea that a metaphor carries a message, that it has a content or meaning (except, of course, its literal meaning) … No doubt metaphors often make us notice aspects of things we did not note before; no doubt they bring surprising analogies and similarities to our attention; they do provide a kind of lens or lattice, as Black says, through which we view the relevant phenomena … What I deny is that metaphor does its work by having a special meaning, a specific cognitive content (Davidson 1984: 261 –262).

As is clear from these passages, within the framework of a theory of meaning, the only acceptable notion of content, or cognitive content, with respect to sentences or utterances is the one captured by the T-sentences: they provide the meaning of the sentences of the language, period. But, metaphors are none the less highly important—an opinion clearly expressed in the quote above.

Hopefully, my sketch has provided at least an idea of Davidson’s view on metaphors. Let us turn to the criticism that Chamizo-Domínguez voices against Davidson’s account:

Davidson’s denial to talk about metaphorical meanings … departs from the real or methodological oversight of how signifiers attain new meanings, but do not necessarily lose the former one, and how this process takes place in practice. The hardcore of this oversight resides in not distinguishing the three stages a metaphor … may undergo; e.g. novel, semilexicalised and lexicalised (False Friends: 47).

Here, I shall not discuss the significance of a novel metaphor; that issue is simply too huge to be covered in these pages. (For the record, note that Davidson, as one might expect, attaches no importance at all as to whether a metaphor is novel or not (Davidson 1984: 252f).) Rather, I shall make an attempt at establishing that Davidson, despite Chamizo-Domínguez’s claim to the contrary, do have the resources needed in order to distinguish between the three stages a metaphor may undergo. Let us take a look at Chamizo-Domínguez’s main case against Davidson:

… the most interesting stage of metaphors is semilexicalisation because speakers are aware of both the literal and the figurative meaning of a certain term. These metaphors allow us to establish conceptual nets and conform a system to conceptualise a particular reality in terms of another different reality … Let us look at a quote from the daily press to illustrate this point:

[14] “La Plaza de las Ventas, primera en el mundo y cátedra del toreo, aguarda nueva gestión”  [Las Ventas bullring, top of the world and bullfighter’s chair, is awaiting for new management … El País, December 1 2002, p. 41).

If, after having read it, we look up the entry for “cátedra” at the DRAE, we will see that none of the nine senses and five collocations of this word makes reference to bullfighting at all. Hence in [14] “cátedra” does not mean “aula” [classroom], empleo y ejercicio del catedrático [chairman´s position], or “facultad o material que enseña un catedrático” [subject thought by a chairman] (DRAE), for instance. Consequently, in  [14], we are providing a new transferred meaning for “cátedra” as a synonym of “lugar en que se practica lo mejor del toreo” [place where the best bullfighting is played or “lugar en que se puede aprender lo mejor de la tauromaquia” [place where one can learn the best in bullfighting matters]. But when using “cátedra” as in [14], we are actually conceptualizing bullfighting in terms of academy. Then, [14] is coherent with a wide conceptual network where we use terms with academic literal referents to denote and conceptualize the taurine domain (False Friends: 49).

This obviously needs to be spelled out. When Chamizo-Domínguez provides his two alternative synonyms for “cátedra,” he presupposes, since the synonyms do not involve any reference to, or do not even allude to, academy, that they in the actual context differ from “cátedra” exclusively in terms of register. Thus, the two alternative substitutions preserve truth-value, but lose the important implicature (in our wide sense of the term, see Part 4). It seems clear then, that Chamizo-Domínguez takes the truth-value of [14] to depend on whether La Plaza de las Ventas in fact has the quality of being the place where the best bullfighting is taking place, or alternatively, of being the place where one can learn the best in bullfighting matters, while Davidson simply takes [14] to be false. (But as a metaphor, it might still be effective and reach its intended effects.) It is not clear to me what our intuitions say about this case; it is not even clear what is at stake. This point is reinforced by looking at the further part of Chamizo-Domínguez criticism. For, when he talks about “conceptualising,” this might be read strongly or weakly. According to the strong reading, the conceptualization in terms of academy contains sentences (utterances/thoughts/propositions) that are true or false; according to the weak reading, we think about or encounter bullfighting along academic lines, but this does not involve sentences (utterances/thoughts/propositions) that are true or false, rather it is a manner of approaching bullfighting. Now, clearly, Davidson has no problems at all subscribing to the weak reading, but he would surely object to the strong reading, which seems to be that of Chamizo-Domínguez. But, again, how are we to decide between these two alternative ways of understanding the intended effects of the chosen metaphor? My general point is that despite Chamizo-Domínguez impressive phenomenological descriptions of the content and significance of metaphors, Davidson has the resources to transform these descriptions into his own theoretical framework. This exemplifies what one might call “effective redescription.” (It is furthermore evident that Davidson might take account of the practical example that Chamizo-Domínguez discusses (False Friends: 50), by way of his own resources.)  To conclude: it seems to me that the difference between Davidson and Chamizo-Domínguez boils down to as to whether the latter takes metaphors not only to be appropriate, adequate, and illuminating, but in addition to have truth-values. If he does, he takes such terms such as “secondary meaning” and “linguistic meaning” to be non-reducible, but then he owes us an account of the truth-makers that justifies ascribing these metaphors another truth-value than the literal one.

4 Chamizo-Domínguez refers to Grice’s notion of implicatures several times. Recall that Grice talks about different kinds of implicatures, the conventional and the conversational ones, in particular. [xi] Roughly, the general distinction is that while a conventional implicature is generated by way of a word or expression, independently of knowledge of the involved context, a conversational implicature must be calculated by way of some extra-linguistic knowledge.[xii] As Grice’s focus is mainly on the conversational implicatures, he mentions, to my knowledge, only two examples of conventional implicatures. This is the first one:

In some cases the conventional meaning of the words used will determine what is implicated, besides helping to determine what is said. If I say (smugly), He is an Englishman; he is, therefore, brave, I have certainly committed myself, by virtue of the meaning of my words, to its being the case that his being brave is a consequence of (follows from) his being an Englishman. But while I have said that he is an Englishman, and said that he is brave, I do not want to say that I have said (in the favored sense) that it follows from his being an Englishman that he is brave, though I have certainly indicated, and so implicated, that this is so I do not want to say that my utterance of this sentence would be, strictly speaking, false should the consequence in question fail to hold. So some implicatures are conventional …” (Grice 1989: 25f).

The crucial thing to be noted here is that what is said is closely connected to—it might even be considered an Ersatz of—the traditional notion of a proposition or a Fregean thought; it is the part of the significance of the utterance which, strictly speaking, is true or false. Or, to speak alternatively, what is said is spelled out by spelling out the truth-conditions of the utterance. Since it is of such an extremely importance to grasp this notion, both in order to understand Grice, and in order to get hold of my discussion below, I will cite a long telling passage from Grice:

In the sense in which I am using the word say, I intend what someone has said to be closely related to the conventional meaning of the words (the sentence) he has uttered. Suppose someone to have uttered the sentence He is in the grip of a vice. Given a knowledge of the English language, but no knowledge of the circumstances of the utterance, one would know something about what the speaker had said, on the assumption that he was speaking standard English, and speaking literally. One would know that he had said, about some particular male person or animal x, that at the time of the utterance /whatever that was), either (1) xwas unable to rid himself of a certain kind of bad character trait or (2) some part of x´s person was caught in a certain kind of tool or instrument … But for a full identification of what the speaker had said, one would need to know (a) the identity of x, (b) the time of the utterance, and (c) the meaning, on the particular occasion of utterance, of the phrase in the grip of a vice … this brief indication of my use of say leaves it open whether a man who says (today) Harold Wilson is a great man and another who says (also today) The British Prime Minister is a great man would, if each knew that the two singular terms had the same reference, have said the same thing (Grice 1989: 25). [xiii]

This determination of what is said plays a role both when I discuss Grice’s second example of a conventional implicature, and then, afterwards, when I present Grice’s account of literal or conventional meaning.

Let us look at Grice’s second example of a conventional implicature, used by Frege already in 1879 (Frege 1972: 123). An utterer (“U”) has uttered the sentence “She was poor but she was honest.” “What U meant, and what the sentence means,” says Grice, “will both contain something contributed by the word “but,” and I do not want this contribution to appear in an account of what (in my favored sense) U said (but rather as a conventional implicature)” (Grice 1989: 88).  To spell out, U says the same by an utterance of “She was poor and she honest” as he says by an utterance of “She was poor but she was honest,” this since both utterances have the same truth-conditions: they are true if and only if the actual woman is poor and she is honest. Now, obviously, U´s choice of using “but” rather than “and” indicates that he thinks there is a certain contrast between the property of being poor and the property of being honest. Thus U applies the linguistic fact that the use of “but,” in opposition to “and,” in general indicates a contrast between the content of the two conjuncts. Since this contrast is built into the very word, the implicatures generated by its use are conventional. Now, when Chamizo-Domínguez maintains that uses of synonymous words with different registers generate implicatures, he must be thinking of conventional implicatures. A true follower of Grice must furthermore maintain that it is by making a choice between using “haemorrhoids” or “piles”, say, that U generates an implicature. A crucial feature of Grice’s theory is that the generation of an implicature per se is intentional (cf. the passage cited in note xiv). Thus, if U knows the word “pile,” but is unfamiliar with “haemorrhoids,” then, in Grice’s sense, even though U’s use of the word “pile” tells something about him, the use does not generate an implicature. That is to say, that which the actual use tells about its user is not part of what is communicated, or part of the significance of the utterance. As Chamizo-Domínguez does not raise the issue about intentionality, it is not clear to me that this is what Chamizo-Domínguez has in mind. But, in any case, I am not sure that Grice would even label the discussed intentional kind of indication “an implicature,” as both his examples involves logical considerations, while the “implicature” under consideration is meant to tell, indirectly, something about the utterer. It might well be then, that Chamizo-Domínguez uses the term “implicature” in a looser sense than Grice. On the face of it, I see no problem with this, as Chamizo-Domínguez’s project differs from that of Grice. Still, it would be an interesting project, and certainly one to the taste of Chamizo-Domínguez, to figure out whether any theoretical insight is gained by splitting the overarching class of (conventional) implicatures, in the loose sense of the term, into different subclasses.

In the long passage cited above, Grice uses the terms “literal meaning” and “conventional meaning.” And, as he makes abundantly clear, the generation of a conversational implicature, or some other kind of non-conventional implicatur, depends on this meaning. Now, Grice treats metaphors as conversational implicatures. That is to say, one understands the literal meaning, that is, what is said (in the present technical sense of the term “said”), plus, in certain complex cases, what is conventionally implicated, and then one works out, or calculates, the intended message.[xiv] This means that a metaphor derives from the literal meaning of the involved words. But now, what is conventional or literal meaning to Grice? The answer to this question, I believe, might indicate a path to a further development of the theory of metaphors that is to the taste of Chamizo-Domínguez. I believe this since the answer ties together Grice’s theory of meaning and his theory of implicatures. It is only possible, of course, to give a rough sketch of this complex account here.[xv] As is well known, Grice analyses meaning in general as constituted by complex sets of higher-order intentions. Now, obviously, the simpler a complex of intentions is, the better is the changes of getting the message across; and this is the clue to Grice’s understanding of the notion of literal meaning. The following passage is stripped off any of the usual technicality (variables, quasi-variables, etc.) in Grice’s discussions. I quote it at length, since it contains a number of points closely connected to those of Chamizo-Domínguez:

The general suggestion would therefore be that to say what a word means in a language is to say what it is in general optimal for speakers of that language to do with that word, or what use they are to make of it; what particular intentions on particular occasions it is proper for them to have, or optimal for them to have. Of course, there is no suggestion that they always have to have those intentions: it would merely be optimal, ceteris paribus, for them to have them. As regards what is optimal in any particular kind of case, there would have to be a cash value, an account of why it is optimal. There might be a whole range of different accounts. For example, it might be that it is conventional to use this word in this way; it might be that it is conventional among some privileged class to use it this way—what some technical term in biology means is not a matter for the general public, but for biologists; it might be, when an invented language is involved, that it is what is laid down by its inventor. However, what we get in every case, as a unification of all these accounts, is the optimality or propriety of a certain form of behaviour (Grice 1989: 299).[xvi]

Let me illustrate with a simple example. Suppose I want to convey the view to someone that I find the staff at the department of philosophy at the University of Málaga generous and helpful. Depending on the situation and the audience, there might be different ways of conveying this message. This we know from Grice’s deep analyses into the conditions that govern conversations. But it is just one, or a few ways, that would not involve calculations or, more generally, would not depend on any particular knowledge or presuppositions among the utterer and the audience, and that is to utter the sentence: “I find the staff at the department of philosophy at the University of Málaga generous and helpful.” As this sentence is the optimal way of communicating the intended message, it is the conventional or literal way of communicating it. (In this connection I do not take account of the complicating factors that involve the distinction between sentence-meaning and word-meaning.) Now, note that “and” and “but” have different literal meanings, as they are used to convey different messages (Grice 1989: 121). Literal meaning, in other words, goes beyond what is said. My present suggestion is that the phenomenon of partial semantic false friends might in general be explained as the fact that a particular word has some optimal use in one language that it does not have in another language. Furthermore, according to the present account, the distinction between the two synonyms “haemorrhoids” and “piles” is explicable as different optimal uses systematically tied to social class or status in the English-speaking population. Lexicalization, to speak with Chamizo-Domínguez, happens when a word gains an optimal use that it did not use to have. The phenomenon of semi-lexicalization that is so important to the author of False Friends, might also be taken care of from this theoretical perspective. We would then talk about a non-conventionalimplicature (in the wide sense of the word) that normally or generally are generated by the use of a given word. (Two words are partial semantic false friends if, despite being synonyms, the use of one of them would generate an implicature of this kind, while the corresponding use of the other would not.) Such an implicature corresponds nicely to Grice’s “generalized conversational implicature”—the kind of implicatures that really interested Grice (Grice 1989: 37–40).

To sum up the admittedly rather sketchy discussion of this Part, I have, as in the former Part, attempted to take account of Chamizo-Domínguez’s insights, while avoiding troublesome non-reducible notions of secondary meanings, transitional meanings, metaphorical meaning, and the like. This made me to reformulate some of his basic notions into a Gricean or quasi-Gricean vocabulary—a vocabulary, by the way, already partly utilized in False Friends. But to repeat my warning once again, it might well be that my misgivings in this Part are due to terminological matters, I am not sure.

5 Except from a minor observation in a note, I have not talked about the pragmatics of False Friends, as this theme is beyond my competence. I found the last chapter of False Friends fascinating, and I learned a lot from it. It was especially fun to see that the main practical example was a translation of a text on existence by Quine—a major theme of this review! Before closing off, I shall briefly mention a further point about Quine, having to do with the distinction between the theoretical and the practical, a distinction that to a certain degree overlaps with Chamizo-Domínguez’s distinction between semantics and pragmatics. Chamizo-Domínguez uses strong formulations when he underscores the role of a notion of synonymy for Translation theory:

The practical effect of expelling the notion of synonymy from the linguistic theory will not be anything but denying the mere possibility of translation, or at least its determination, and, consequently, giving up any attempts to establish an axiological criterion that allows us to choose between the different possible translations of a text or an utterance. Or, as the lesser of two evils, accepting the possibility of the existence of different alternative manuals to translate the same text, all of them compatible with the data recorded from native speakers and all of them incompatible among them, as Willard van O. Quine claimed: “Two translators might develop among them independent manuals of translation, both of them compatible with all speech behavior, and yet one manual would offer translations that the other would reject. My position was that either manual could be useful, but as to which was right and which was wrong there was no fact of the matter” (False Friends: 36).

Now, since Chamizo-Domínguez accepts Quine’s objections to any general and philosophically illuminating notion of synonymy, he also accepts the “lesser of the two evils.” In fact, due to the long history of cultural interchange among the various cultures in the world, as well as the established translations between a huge numbers of languages, this “evil” has little, if any, “practical effect.” (In general, even hitherto unknown cultures or languages are related to some known cultures or languages, and thus the translation of such languages will not be radical in Quine’s sense.) Quine’s point is purely theoretical: it is directed against prevalent theories of meaning and conceptual content. We could, if we were ingenious enough, even translate the humdrum words of our fellow speaker of English (“chair,” “man,” “Spanish”) non-automatic and non-homophonic, “while” to quote Quine, “conforming to all his dispositions to verbal responses to all possible stimulations.”  After this observation, Quine sets out the philosophical consequence of his thought-experiment:

Thinking in terms of radical interpretation of exotic languages has helped make factors vivid, but the main lesson to be derived concerns the empirical slack in our own beliefs. For our own views could be revised into those attributed to the compatriot in the impractical joke imagined; no conflicts with experience could ever supervene, except such as would attend our present sensible views as well. To the same degree that the radical translation of sentences is underdetermined by the totality of disposition to verbal behavior, our own theories and beliefs in general are under-determined by the totality of possible sensory evidence time without end (Quine 1960: 78).

Chamizo-Domínguez adds flavour to Quine’s vision of language by demonstrating, by way of a real experiment, that even when translating between related languages of related cultures, the choice between different translation-manuals has real effects. Quine would most certainly appreciate the closing passage of False Friends chapter 5:

And the problem of a variety of possible manuals for the translation of a single text seems to lie, in this case, mainly in the fact that the possibilities of expression of one language do not coincide with those of another. In these cases, although the translator may know that the manual he chooses has flaws, and that other manuals exist (which also contain flaws), he has to choose one of them, perhaps the one he considers least faulty. Taking all of that into account, most of translations we can provide shall reveal some aspects of the original text and hide many others as well because, as Quine himself asserts “The radical translator is bound to impose about as much as he discovers”… What Quine says about the radical translator, can be said, mutatis mutandis, about the normal translator, as shown throughout this book, and in particular in this chapter (False Friends: 164).

Let me close off by noting that a reader must be intimately familiar with the great European languages not to learn something from Chamizo-Domínguez’s almost encyclopaedic knowledge, expressed in examples spread out on as good as every page. The author utilizes the web and the dictionaries to be found there in an exemplary manner. This is an illuminating and fascinating book, which I would have liked to be longer than its 186 pages. Hopefully, Chamizo-Domínguez at some occasion or another responds to some of my challenges, as I am convinced that this would lead to fun reading, with a number of well-funded and illustrative—always in more than one way—examples, backing up his theoretical points. *

Bibliography

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Alnes, Jan Harald (1999) “Sense and Basic Law V in Frege´s Logicism,” Nordic Journal of Philosophical Logic 4, 1 –30.

Chamizo-Domínguez, Pedro, J. (1987) “La traducción como problema en Wittgenstein,” Pensamiento, 43/170, 179 –196.

Chamizo-Domínguez, Pedro, J. (1998) Metáfora y conocimiento, Málaga: Analecta Malacitana

Chamizo-Domínguez, Pedro, J. and Igor E. Klyukanov (in progress) “E. Bakthin and J. Ortega y Gasset: Nostradad and Beyond.”

Davidson, Donald (1984), Inquiries into Truth and Interpretation, Oxford: Clarendon Press.

Frege, Gottlob (1972) Conceptual Notation, in Terrell W. Bynum (ed. and trans.) Frege: Conceptual Notation and related articles, Oxford: Oxford University Press, pp. 103 –204.

Frege, Gottlob (1979) Posthumous Writings,Hans Hermes, Friedrich Kambartel, Friedrich Kaulbach (eds.), Peter Long, Roger White (trans.) Oxford: Basil Blackwell.

Frege, Gottlob (1980) The Foundations of Arithmetic, John. L. Austin (trans.), Evanston, Illinois: Northwestern University Press.

Frege, Gottlob (1988) “On Sense and Meaning,” in Peter Geach, and Max Black (eds.), M. Black (trans.) Translations from the Philosophical Writings of Gottlob Frege, 56 –79.

Grice, Paul H. (1989) Studies in the Ways of Words, Cambridge, Mass.: Harvard University Press.

Ishuguro, Hidé (1990) Leibniz´s Philosophy of Logic and Language, Cambridge: Cambridge University Press.

Mates, Benson (1986) The Philosophy of Leibniz: Metaphysics and Language, New York: Cambridge University Press.

Neale, Stephen (1992) “Paul Grice and the Philosophy of Language,” Linguistics and Philosophy, 15, 509 –599.

Platts, Mark de Bretton (1979) Ways of Meaning, London: Routledge & Kegan Paul.

Quine, Willard v. O. (1953) “Two Dogmas of Empiricism”, in Quine, From a Logical point of View, Cambridge, Mass.: Harvard university Press.

Quine, Willard. v. O. (1960) Word & Object, Cambridge, Mass.: The M.I.T. Press.

Jan Harald Alnes,

University of TromsØ

jhalnes@sv.uit.no

[i] Indirectly in this work, but explicitly in Chamizo-Domínguez (1987) and in Chamizo-Domínguez and Klyukanov (in progress).

[ii]He ascribes the picture theory to the author of Tractatus. As it is for present purposes irrelevant, I will not here go into the exegetical issues as to whether or not Wittgenstein develops a theory in the Tractatus, nor discuss whether he presents an alternative theoryin the Philosophical Investigation. For the record, on these issues I associate myself with the “anti-theoretical” school of Cora Diamond, Burton Dreben, Warren Goldfarb and Juliet Floyd. Chamizo-Domínguez does not talk about an account of meaning in terms of use, and I might be stretching his viewpoints in order to make them fit those of mine. In any case, as maintained below, I take his numerous translational examples to points in the direction of such an approach towards meaning.

[iii]Of course, I do not think anything I am saying here would persuade a firm believer in propositions to give up her view. There are no knockdown arguments in philosophy, to speak with Robert Nozick.

[iv]I am not sure that he always sticks to this restriction, however. At a certain point it is maintained that a term is synonymous to an expression (False Friends: 49). I discuss this particular case in Part 3.

[v]The quote is from an unpublished article called “Logic,” and the telling title of the chapter is “Separating a Thought from its Trappings” (“Trennung des Gedankens von den Umhüllungen”). This article is well worth studying for a reader interested in the present subject.

[vi]The first is from (Frege 1988: 64), the second from (Frege 1980: 76).

[vii]Of course, the exact understanding of this principle is a subject of some rather heated discussions, cf. e.g. (Mates 1986) and (Ishuguro 1990) for different readings of the principle.

[viii]This treatment is simplified in a number of ways. I discuss Frege’s understanding of sense and identity in detail in (Alnes 1999).

[ix]See the references in (Platts 1979: 3).

[x]“DRAE” is shorthand for: “Diccionario de la lengua española” and “OED” is shorthand for “Oxford English Dictionary.”

[xi]Grice suggests that there are other kinds of non-conventional implicatures than the conversational ones, but he does not substantiate this possibility (Grice 1989: 26 and 28).

[xii]In Grice´s own words:

“I wish to make [a distinction] within the total signification of a remark: a distinction between what the speaker has said … , and what he has implicated …, taking into account the fact that what he has implicated may be either conventionally implicated (implicated by virtue of the meaning of some word or phrase which he has used) or nonconventionally implicated (in which case the specification of the implicature falls outside the specification of the conventional meaning of the words used)” (Grice 1989: 118).

The crucial notion of “said” is specified below.

[xiii]Note that this notion of said is closely related to Davidson’s notion of said in (Davidson 1984: 246).

[xiv]The following long passage is informative both about Grice’s way of distinguishing conventional and conversational implicatures, and about his way of specifying the content of a conversational implicature. Note also that it is clear that an implicature must be intended:

“The presence of a conversational implicature must be capable of being worked out; for even if it can in fact be intuitively grasped, unless the intuition is replaceable by an argument, the implicature (if present at all) will not count as a conversational implicature; it will be a conventional implicature. To work out that a particular conversational implicature is present, the hearer will reply on the following data: (1) the conventional meaning of the words used, together with the identity of any references that may be involved; (2) the Cooperative Principle and its maxims; (3) the context, linguistic or otherwise, of the utterance; (4) other items of background knowledge; and (5) the fact (or supposed fact) that all relevant items falling under the previous headings are avaliable to both participants and both participants know or assume this to be the case. A general pattern for the working out of a conversational implicature might be given as follows: ”He has said that p; there is no reason to suppose that he is not observing the maxims, or at least the Cooperative Principle; he could not be doing so unless he thought that q; he knows (and knows that I know that he knows) that I can see that the supposition that he thinks q is required; he has done nothing to stop me thinking that q; he intends me to think, or is at least willing to allow me to think, that q; and so he has implicated that q” (Grice 1989: 31).

The reader should compare this passage to Chamizo-Domínguez’s pragmatic account of how to work out a message in (False Friends: 146 –151). To me at least, that treatment suggests that Chamizo-Domínguez’s understanding of communication and the task of translation is close to that of Grice.

[xv]Stephen Neale underscores the significance of taking Grice to have a unified theory of meaning and conversation in his influential (Neale 1992). My sketch of Grice’s theory is deeply inspired by this article. It must in particular be noted that the way I connect the notions of optimality and literal or conventional meaning is worked out in detail by Neale.

[xvi]The more technical treatment of this idea, but withoutthe significant evaluative notion of optimality is given in (Grice 1989: 126 –37). In a rudimentary form, the idea is present already in Grice’s classical article ”Meaning” from 1957 (Grice 1989: 220 –223).

* Pedro Chamizo-Domínguez has informed me in conversation that he holds the view that metaphors have truth-values as metaphors, and that his argument is to be found in (Chamizo-Domínguez 1998: 71 –94). Thus, I pinpointed correctly the difference between him and Davidson in Part 3, but in light of this information there is, despite my attempt at arguing the contrary, a deep substantial difference between the two authors. I have not had the opportunity to study Chamizo-Domínguez’s book on metaphors, and must leave an assessment of it for another occasion. Instead, I will sketch a reading of Grice that suggests that, at least to a certain degree, he is in agreement with Chamizo-Domínguez. In the long passage cited in note xiv above, Grice noted that the “presence of a conversational implicature must be capable of being worked out,” and a bit later he gave this scheme for calculating such an implicature:

“He has said that p; there is no reason to suppose that he is not observing the maxims, or at least the Cooperative Principle; he could not be doing so unless he thought that q; he knows (and knows that I know that he knows) that I can see that the supposition that he thinks q is required; he has done nothing to stop me thinking that q; he intends me to think, or is at least willing to allow me to think, that q; and so he has implicated that q.”

If we focus on such phrases as “he has said that p,” “he thought that q,” “he thinks that q,” and “he has implicated that q,” we realize that the variables “p” and “q” take as their values something which is said, or can be said, in the Gricean sense. (Let us ignore, as it is at present irrelevant, the issues concerning conventional implicatures.) It follows that since Grice takes metaphors to be conversational implicatures, they have truth- values. In this sense, then, Chamizo-Domínguez and Grice agree against Davidson. But, on the other hand, while Chamizo-Domínguez maintains that metaphors have truth-values asmetaphors (whatever that exactly means), Grice argues that when a conversational implicature is present, the audience has replaced it, or its wordings, by something said, or something that can be said. And it is this that is true or false. Recall here, that one and the same wording, “You are the cream in my coffee,” might be calculated differently, leading to different “that q”-results, depending on the utterer and the audience (see e.g. the two different results in (Grice 1989: 34).  I will not speculate any further on these issues at this moment, only note that I need to undertake further investigations in order to figure out the exact relationship between the respective accounts of Grice and Chamizo-Domínguez on metaphors.

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Eco, Umberto; Seis paseos por los bosques narrativos, Editorial Lumen, S. A. (Barcelona – 1996), primera edición

Jaume Grau Pitarch

Es un ensayo muy bien construido y correctamente desarrollado en primera persona del singular, en el que el autor, Umberto Eco, realmente nos da unos paseos, seis para ser más exactos, por los mundos literarios, él los llama ‘bosques literarios’. Sin caer nunca en la trampa del aburrimiento, o lo ya conocido y como tal fustrante. Un ensayo en un tono poco literario que consigue que uno se fije en el libro, primero por el título y luego por el índice. Siempre me ha atraido los escritos de Umberto Eco, desde que leí por primera vez “El nombre de la rosa” cuando era joven, hace ya de esto muchísimas primaveras. Fan desde la primera página que le leí de su magnífico libro medieval. Me llamó muchísimo la atención su manera de escribir, fresca y a la vez intelectual. Me pensaba que era este libro, el de los seis paseos, un conjunto de escritos ensayísticos o de conferencias de otro estilo, como más en su línea literaria y me sorprendió muy gratamente su lectura. Aquí pude encontrarme con autores de lo más diversos, como Italo Calvino, Umberto Eco ‘Umberto’, Achille Campanile, Carolina Invernizio, Franz Kafka, Alfred Kazin, Thomas Mann, Roger Schank, Edgar Allan Poe, Jules Verne, Charles Romyn Dake, Howard Phillips Lovecraft, Laurence Sterne, Carlo Collodi, Immanuel Kant, Raymond Radiguet, Marcel Proust, Fiódor M. Dostoievski, Jerome David Salinger, Gérard de Nerval, Pelham Grenville Wodehouse, Jonathan Swift, Fernando Pessoa, Wolfgang Iser, Paola Pugliatti, Mickey Spillane, Ludwig Wittgenstein,… Y, más aún, reencontrarme con personajes entrañables para mí, como el Lobo Malo, el Rey Enfermo, el Ogro, Gedeone, el Viejo Cochero, Gregorio Samsa, Juan, María, el Dragón, Caperucita Roja, Arthur Gordon Pym, Tristram Shandy, la Madre, el Padre, el Tío, la Tía, Jacopo Belbo, tío Carlo, tía Caterina, Pinocho, la Gioconda, Sylvie, Gérard Labrunie, Adrienne, Aurélie y mucho otros entre los personajes tratados o enumerados de alguna manera en este libro. Y, sobre todo, lugares comunes de paso de nuestra imaginación durante nuestra vida, como “Si una noche de invierno un viajero…”, “Lector in fabula”, “The Role of the Reader”, “Propuestas para el próximo milenio”, “Cuentos populares italianos”, “Agosto, moglie mia non ti conosco”, “El beso de una muerta”, “La venganza de una loca”, “El cadáver acusador”, “El albergue del delito”, “La metamorfosis”, “Las aventuras de Arthur Gordon Pym”, “Reading and Understanding”, “Tristam Shandy”, “La caperucita roja”,  “El péndulo de Foucault”, “Los límites de la interpretación”, “Interpretation and Overinterpretetion”, “Las aventuras de Pinocho”, “Le Diable au corps”, “Sylvie”, “Los viajes de Gulliver”, “Obra abierta”, “My Gun is Quick”, “Investigaciones Filosóficas”,… Todos sin orden ni concierto… o tal vez sí, el orden y el concierto que quiere imponernos Umberto, como le llama Italo Calvino cariñosamente a Umberto Eco. Y esto que sólo he enumerado lo que podemos ver en el primero de los paseos, no queriendo desvelar todas las sorpresas que nos depara el autor en sus seis paseos. Pero, sobre todo, no confundamos el ‘uso’ y la ‘mención’ de las palabras en este libro, Eco no lo hace nunca en ningún momento. El estilo es ágil, así se agradece una lectura y luego una relectura sin agobiarse. Un ensayo literario –o mejor decir seis ensayos literarios concadenados perfectamente- en el que ha organizado las conferencias/capítulos de manera muy clara. Eco ha escrito este ensayo queriéndonos llevar, como dice en el título de la obra, por unos caminos boscosos de paseo narrativo. Aprovechemos para gozar con el paisaje que nos ofrece y disfrutemos mucho con ello.

Esto sí, tengamos en cuenta que el ensayo –los ensayos- de Umberto Eco sigue la dialéctica de un buen profesor especializado en filología, lingüística y semántica, y, sobre todo, en novela moderna. Nos habla también aquí del Lector Modelo, del Lector Tipo, del Lector Empírico, del Lector Ideal, del Lector Implícito, del Lector Virtual, del Lector Ficticio, del Metalector, del Espectador Empírico, del Espectador Dispuesto, del Metaespectador, del Colaborador, del Autor Modelo, del Autor Empírico, del Autor Real, del Autor Ideal, del Autor Implícito, del Autor Virtual, del Narrador, del Texto, del Paratexto, del Metatexto, del Intratexto, de la Fábula, de las Reglas del Juego, del Punto de Vista, del Personaje Real, del Personaje Novelesco, del Personaje Ficticio. Y también, sobre todo también, del pretérito imperfecto y sus usos temporales –los usos como durativo e iterativo y, más aún, su ambigüedad temporal- en la novela, y más que nada en la novela de “Sylvie” de Gérard de Nerval. Nos plantea a través del libro un camino de correspondencias que es un paseo totalmente efectuado por y para el bosque narrativo, él de su imaginación e intelecto. Primero de la mano de Sylvie y Gérard de Nerval, y luego de Arthur Gordon Pym y Edgar Allan Poe. Pero no sufráis, nos los volveremos a encontrar por otros bosques narrativos en distintos paseos con Umberto Eco. Y con la excusa de reencontrarnos en estos paseos por los bosques con antiguos compañeros de ilusiones y esperanzas, tristezas y desesperos, nos hablará de las relaciones entre el autor, el narrador y el lector, la relación entre los tiempos verbales de la narración y los tiempos reales reflejados en ellos, y de muchos otros temas interesantísimos y curiosos. Así aprenderemos a leer mejor cualquier novela, sea como sea. Un ensayo dirigido totalmente a los estudiosos de la novela y su lectura, o simplemente a los amantes de poder y saber leer bien aquéllas. Aprendamos de Umberto Eco aprehendiendo muy bien sus palabras y sus ideas.

Un muy buen trabajo –trabajos- y muy bien llevado, en que el autor ha tenido que valorar muchas ideas y conceptos para no ir a parar a lo simple y fácil. Un ensayo –ensayos- para todo aquél que le guste el autor, para todo aquel que le guste el tema y para todo aquel que quiera poder dominar la lectura de las novelas que lee. Un libro muy interesante para leer y releer unas cuantas veces, hasta entenderlo a la perfección. No porque este escrito con un lenguaje complejo, sino porque el tema es muy complejo de por sí.

Jaume Grau Pitarch

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Kiełtyka, Robert. On Zoosemy: The Study of Middle English and Early Modern English Domesticated Animals. Rzeszów: Wydawnictwo Uniwersytetu Rzeszowskiego, 2008, 257 pp. Preface by Grzegorz A. Kleparski. ISBN.: 978-83-7338-387-6.

Por Pedro José Chamizo Domínguez

El uso de nombres que significan literalmente en el ámbito del dominio animal para referirse translaticiamente al ámbito de dominio humano (zoosemia) es un fenómeno extendido en cualesquiera lenguas y culturas. Y esto ocurre hasta el punto de que el mismo nombre se usa, en función del contexto con carácter meliorativo (Vg.: gato por «hombre sagaz, astuto»),[1] con carácter peyorativo (Vg.: gato«ladrón, ratero que hurta con astucia y engaño») o con carácter axiológicamente neutro o estrictamente referencial (Vg.: gato por «hombre nacido en Madrid»). Incluso muchas veces el nombre que significa literalmente un animal (o su imagen) se usan para simbolizar o referirse a las mismísimas personas de la Santísima Trinidad (Vg.: el pez por Jesucristo)[2] o a naciones o grupos sociales (Vg.: el toro como símbolo de España).[3] Es más, este fenómeno tan extendido consistente en referirse al dominio de lo humano con términos que literalmente significan en el dominio animal es explotado cognitivamente para usar algunos de estos términos en función de sus múltiples significados. Así, por ejemplo, el nombre del grupo musical The Pussycat Dolls, ha sido probablemente escogido en función de los diversos significados que tiene el término inglés pussy-cat; a saber: 1) «a nursery word for a cat»; y 2) «applied to a person (…) one who is attractive, amiable, or submissive» (OED, 1989).[4] Por no mencionar el hecho de que, aisladamente considerados, los sustantivos ingleses cat y pussy, además de significar literalmente gato, significan: 1) «a prostitute»; 2) «the vagina»; y 3) «a woman thought available for promiscuous copulation» (Holder, 2003). Y hay otras a veces en que incluso se recurre a códigos más ocultos que en el caso anteriormente mencionado. Este es el caso del nombre de otro grupo musical, The Guerrilla Girls, cuyo significado, prima facie, sería el de Las (chicas) guerrilleras. No obstante, y dado que las componentes de ese grupo musical aparecen disfrazadas con caretas de gorilas y los sustantivos ingleses gorilla y guerrilla son un caso paradigmático de homofonía, The Guerrilla Girls significará a la vez Las (chicas) guerrilleras y Las (chicas) gorilas.[5]

Pues bien, todos estos ejemplos son casos de términos que se han convertido en polisémicos u homónimos mediante un largo, y a veces intrincado, proceso histórico en el que han actuado los mecanismos habituales que intervienen en el cambio semántico, mecanismos tales como la metáfora, el eufemismo, la metonimia, la ironía, el disfemismo o la sinécdoque. Y este proceso es el que estudia en el caso de la lengua inglesa Robert Kiełtyka en su On Zoosemy: The Study of Middle English and Early Modern English Domesticated Animals, trabajo que fue originalmente presentado como tesis doctoral dirigida por el profesor Grzegorz A. Kleparski (Universidad de Rzeszów). Para llevar a cabo su objetivo el autor divide su obra en dos partes principales, que él llama “capítulos”. En el capítulo I, «Historical Semantics: Past Achievements and Modern Vistas» (pp. 23-88), pasa revista al estado de la semántica histórica y a las diversas teorías lingüísticas que han tratado de explicar el cambio semántico desde el siglo XIX hasta nuestros días, haciendo especial hincapié en la explicación de la metáfora y la metonimia que proporciona la moderna lingüística cognitiva. En el capítulo 2, «Semantic Development of Middle English and Early Modern English Canine, Equine and Feline Zoosemy» (pp. 89-226), el autor centra su estudio en las transferencias metafóricas que se han hecho en la lengua inglesa hacia el dominio humano desde los dominios canino, equino y felino. No obstante, Robert Kiełtyka no se limita solamente a estudiar este fenómeno en el caso del inglés, sino que, además, hace un estudio contrastivo y comparativo de estas transferencias de significado desde el dominio de los animales domésticos al dominio de lo humano en las más diversas lenguas, entre las que se incluyen no solo muchas lenguas indoeuropeas sino también otras tales como el mandarín, el hebreo o el húngaro. Además de las dos partes centrales a las que acabo de aludir, el libro contiene un «Preface» (pp. 7-9) del Profesor Grzegorz Kleparski que es un acreditado especialista en semántica histórica y zoosemia, una página de convenciones tipográficas (p. 10), una «Table of Abbreviations» (pp. 11-14), una «Introduction» (pp. 15-21), unas «Conclusions» (pp. 227-242) y una extensísima y actualizada bibliografía dividida en dos partes: 1) «Dictionaries and Corpora» (pp. 243-245); y 2) «Other References» (pp. 245-257). Con respecto al aparato bibliográfico, aunque es más que suficiente para el propósito que el autor se propone llevar a cabo, quisiera añadir algunas trabajos monográficos sobre zoosemia que no han sido recogidos en este libro y que pudieran serle de utilidad en futuros estudios; a saber: Chamizo Domínguez y Zawislawska (2008), Echevarría Isusquiza (2003), Ferrario (1990) o Vigerie (1992).

El libro de Robert Kiełtyka cumple con creces el objetivo que su autor se propone con él de dar cumplida cuenta de la evolución semántica en la lengua inglesa de los nombres de los animales domésticos; lo cual es especialmente notable dado el hecho de que, a pesar del uso que hacen los hablantes de cualesquiera lenguas de la zoosemia, los académicos le han prestado poca atención hasta ahora a la cuestión. Ahora bien, como acontece con todo trabajo bien hecho, este libro no solo cumple con su objetivo particular, sino que, además, abre ciertas perspectivas interesantes para futuras investigaciones sobre el tema. De acuerdo con ello, me atrevo a sugerirle al autor un par de líneas de investigación que bien pudiera llevar a cabo en el futuro:

1.     En primer lugar quisiera referirme al fenómeno de transferencia metafórica del dominio de las plantas al dominio humano (plantosemia), fenómeno al que no se ha prestado prácticamente ninguna atención. Bien es cierto que los casos de plantosemia que se pueden documentar en una lengua dada son cuantitativamente menores que los de zoosemia, pero no es menos cierto que también existe una amplia nómina de términos que significan literalmente en el dominio vegetal y se aplican translaticiamente al dominio humano, lo mismo aisladamente considerados que formando parte de unidades fraseológicas. Baste, a título de ejemplo, citar algunos casos de la lengua española entre los que están lexicalizados y, consecuentemente, recogidos en el DRAE, aunque este diccionario no es exhaustivo ni mucho menos al respecto: alcornoque, que, además de significar literalmente el árbol, significa translaticiamente «persona ignorante y zafia»; papa, que además de significar literalmente el tubérculo, significa translaticiamente «mentira» (México) y «mujer hermosa» (Uruguay); pera, que, además de significar literalmente la fruta, significa translaticiamente «dicho de una persona: muy elegante y refinada, que raya en lo cursi», sin mencionar que el modismo pera en dulce significa «persona o animal de excelentes cualidades»; o trufa, que, además de significar la criadilla de tierra, significa en el dominio de lo humano «embuste (mentira)».

2.    En segundo lugar, y dado que en este libro no solo se estudia el fenómeno lingüístico y cognitivo de la zoosemia en la lengua inglesa, sino que, como he señalado anteriormente, se hacen continuas referencias al mismo fenómeno en otras muchas lenguas, sería interesante llevar a cabo estudios sistemáticos y contrastivos de la zoosemia en las diversas lenguas. Estos estudios, además de su indudable valor teórico, tendrían también un gran valor práctico, especialmente para los traductores y para la confección de diccionarios bilingües, especialmente en los casos de divergencias. Por ejemplo, el sustantivo polaco cipka/cipa y el sustantivo español polla designan ambos literalmente en el dominio animal a la gallina joven; pero el sustantivo polaco designa metafóricamente a la vagina u órgano sexual de las mujeres, mientras que el sustantivo castellano designa al pene u órgano sexual de los hombres en el español hablado en España y es obviamente un término tabú; amén de que en el español hablado en América significa, entre otras cosas, «apuesta, especialmente en carreras de caballos» (DRAE, 2008) y, obviamente, no es un término tabú de ninguna manera. De modo análogo el sustantivo inglés bug y el español bicho son sustituibles el uno por el otro salva veritate en el dominio animal, pero sus significados translaticios en el dominio humano son muy diferentes. Y ello porque bugsignifica translaticiamente «an unexpected defect, fault, flaw, or imperfection», «a sudden enthusiasm», «enthusiast», «a prominent person» o «a crazy person» (Merriam-Webster, 2008), mientras que bicho significa, entre otras cosas, «persona aviesa, de malas intenciones», «persona (individuo)» o (El Salvador y Honduras) «niño, muchacho» (DRAE, 2008). Y si todos estos ejemplos son casos de términos que pueden llevar al error al más experto de los traductores, muchos más problemático es el caso de los falsos amigos, tema sobre al que me he ocupado desde hace algún tiempo.

En cuanto al capítulo de las cosas que he echado en falta en este libro, quisiera señalar dos. La primera de ellas es estrictamente formal, se trata de la ausencia en el libro de un índice de los nombres propios y de los términos más relevantes que aparecen en la obra, índice que sería de mucha utilidad a la hora de consultar algún detalle concreto. La segunda de ellas tiene algún alcance teórico mayor. Cuando se estudia la zoosemia se da por hecho el que estamos tratando de proyecciones metafóricas o metonímicas desde el dominio animal al humano. Ahora bien, cuando utilizamos el nombre que designa literalmente a un animal para referirnos al dominio humano, lo que estamos haciendo en última instancia es una proyección antropomórfica sobre los animales, dado que damos por aceptado que los animales tienen determinadas características que, hablando con propiedad, son estrictamente humanas. Así, por ejemplo, si tórtolo ha pasado a significar en el dominio humano «hombre amartelado» y «pareja de enamorados» (DRAE, 2008), esto ha sido posible porque previamente hemos aceptado que los tórtolos y las tórtolas son constitutivamente enamoradizos, cosa que, hablando con propiedad, solamente es predicable de los humanos. Y ello sin mencionar el que hay casos en los que se sabe explícitamente que el proceso de transferencia de significado se ha tenido históricamente un viaje de ida y vuelta. De entre estos casos quisiera referirme, a título de ejemplo, a dos de ellos: un caso de zoosemia y otro de plantosemia. Con respecto al caso de zoosemia, es sabido que el sustantivo zorra se aplicó históricamente en primer lugar a los seres humanos (Corominas y Pascual, 1984-87) y solo posteriormente se usó para referirse al animal que los latinos llamaban vulpes, de cuyo diminutivo vulpecŭla proceden los sustantivos españoles vulpeja y vulpécula; y ello a pesar de que los hablantes actuales del español no sean conscientes de este proceso diacrónico y hayan vuelto a usar el sustantivo zorra en el dominio humano para significar. Con respecto al caso de plantosemia, es relevante hacer notar que el sustantivo español aguacate (que desde el español se ha extendido a multitud de lenguas: alemán Avocado; francés avocat; inglés, italiano y neerlandés avocado; polaco awokado; portugués abacate; griego αβοκάντο) procede del término āhuacatl, que en lengua náhuatl significa literalmente testículo (Corominas y Pascual, 1984-87). Y, una vez lexicalizado en español el sustantivo aguacate en español para designar al fruto, en las variedades del español habladas en América Central se use ese sustantivo para designar a una «persona floja o poco animosa» (DRAE, 2008).

Para concluir quisiera hacer hincapié en que la lectura de On Zoosemy: The Study of Middle English and Early Modern English Domesticated Animals, Robert Kiełtyka, es sumamente recomendable por, al menos, las siguientes razones: 1) porque su contenido se ajusta a los prometido en el título; 2) porque en este estudio se ha tenido en cuenta el estado actual de las teorías sobre la metáfora y la metonimia; 3) porque es de suma utilidad para futuros estudios contractivos de la zoosemia en las diversas lenguas y, en consecuencia, para la tarea práctica de los traductores; y 4) porque lo contenido en él es susceptible de ser ampliado a ulteriores estudios en los que se amplíe este tema tan sugerente de las transferencias de significado desde el dominio animal al dominio humano, sea esto en las dos líneas de investigación que me he permitido sugerir o en otras que a mí se me escapen.

Referencias bibliográficas

Chamizo Domínguez, Pedro J. 2008. Semantics and Pragmatics of False Friends. Londres/Nueva York: Routledge.

Chamizo Domínguez, Pedro J. y Magdalena Zawislawska. 2008. «Animal Names Used as Insults and Derogation in Polish and Spanish». Philologia Hispalensis, 20/1: 137-174. Disponible en: http://www.institucional.us.es/revistas/revistas/philologia/pdf/numeros/20/1_chamizo.pdf

Corominas, Joan y José A. Pascual. 1984-87. Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Madrid: Gredos.

DRAE. 2008. Diccionario de la lengua española. Madrid: Real Academia de la Lengua. En http://buscon.rae.es/draeI/

Echevarría Isusquiza, Isabel. 2003. «Acerca del vocabulario español de la animalización humana». Círculo de lingüística aplicada a la comunicación, 15. Disponible en: http://www.ucm.es/info/circulo/no15/echevarri.htm

Ferrario, Elena. 1990. La metafora zoomorfa nel francese e nell’italiano contemporanei. Brescia: La Scuola.

Holder, Robert W. 2003. A Dictionary of Euphemisms. How Not To Say What You Mean. Oxford: Oxford University Press.

Merriam-Webster. 2008. Merriam-Webster on Line. Disponible en: http://www.merriam-webster.com/

Oxford English Dictionary. 1989. The Oxford English Dictionary. Edición de J. A. Simpson y E. S. C. Weiner. Oxford: Clarendon Press.

Sellar, Walter C., y Robert J. Yeatman. 1991. 1066 and all that. A Memorable History of England comprising all the parts you can remember including 103 Good Things, 5 Bad Kings and 2 Genuine Dates. Londres: Methuen [1930].

Vigerie, Patricia. 1992. La Symphonie animale. Les animaux dans les expressions de la langue française.París: Larousse.

Pedro José Chamizo Domínguez,

pjchamizo@uma.es

Universidad de Málaga

pjchamizo@uma.es

[1] Las definiciones de los términos castellanos las tomaré, salvo indicación expresa, de la edición electrónica del Diccionario de la lengua española (DRAE, 2008, en adelante).

[2] Como es sabido, el origen de la figura del pez para simbolizar a Jesucristo está en el hecho de que pez se dice en griego ichthys, sustantivo que coincide con el acrónimo de Iēsous Christos Theou Huios Sōtēr(Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador).

[3] A este caso alude el propio Robert Kiełtyka en su libro (p. 28), aunque me gustaría añadir a la información que se proporciona ahí que la imagen del toro en la bandera oficiosa de España tiene su origen en una famosa valla publicitaria del brandy de Osborne. No obstante, y a pesar de este origen comercial, el Toro de Osborne es la única valla publicitaria que se indultó cuando el Gobierno Español prohibió la publicidad comercial en las vías interurbanas (1998); y este indulto fue posible precisamente porque el Toro de Osborne era ya un símbolo oficioso de la propia España y con este sentido es utilizado por los seguidores de los equipos deportivos españoles.

[4] Aunque el OED no recoge estas acepciones, la versión electrónica del Collins English Dictionary & Thesaurus (http://uma.lexibase.reverso2.net/Main.aspx. Consultado el 30 de octubre de 2008), añade, como “taboo slang”, las siguientes: 1) «the female pudenda»; y 2) «a woman considered as a sexual object».

[5] La homofonía de los sustantivos ingleses gorilla y guerrilla se suele explotar cognitiva y humorísticamente con bastante frecuencia. A título de ejemplo baste la siguiente cita: «The second part of the Napoleonic War was fought in Spain and Portugal and was called the Gorilla War on account of the primitive Spanish method of fighting» (Sellar y Yeatman, 1991: 99). Para ulterior información sobre este asunto, ver Chamizo Domínguez (2008: 82-85).

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Ausín, T.; Entre la lógica y el derecho. Paradojas y conflictos normativos, Plaza y Valdés, Barcelona, 2005, 280 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Txetxu Ausín prolonga algunas propuestas de la lógica deóntica jurídica de Miguel Sánchez-Mazas, en el contexto de los actuales debates de la lógica deóntica contemporánea. A este respecto se considera a Von Wright el iniciador en 1951 de una lógica deóntica muy dependiente del modo alético como Leibniz reinterpretó a su vez la lógica modal aristotélica. En su caso habría reinterpretado lo normativo, lo lícito o lo permitido, como una variante de la necesidad, la posibilidad o la imposibilidad metafísica, dando a su vez lugar a inevitables paradojas y sofismas. Además, de la falacia naturalista, o del paso indebido del ser al debe, ahora también se señalan otros sofismas. Especialmente la paradoja de las obligaciones sobrevenidas o del mal menor, producida en este caso por una colisión entre normas de igual o diverso rango; o la paradoja originada por la ley del cierre, según la cual si una acción es obligatoria también lo son sus consecuencias, cuando es evidente que al menos desde un punto de vista intencional se trata de dos supuestos distintos. En cualquier caso la paradoja surge al afirmar a la vez el carácter obligatorio y no-obligatorio de una determinada norma, con unos efectos similares a las que tiene el hallazgo de una contradicción en la lógica formal alética. En estos casos la aparición de una contradicción hace que todo el razonamiento implicado se vuelva arbitrario y deje de tener validez el principio de bi-valencia, según el cual una proposición no puede ser a la vez verdadera y falsa. Sin embargo ahora se admite la posibilidad de una lógica deóntica paraconsistente, no-monotónica, transitiva, difusa y en definitiva fuzzy, que admitiría la validez del recurso a los términos comparativos ‘más’, ‘menos’, ‘tanto como’, con sus correspondientes conectivos y operadores cuantificacionales, especialmente el cuantificador existencial. De este modo se podría neutralizar la posible aparición de las anteriores paradojas por un procedimiento muy preciso: el cálculo fuzzy ya no se basaría en una aplicación estricta del principio de bivalencia alético, según el cual todo enunciado es verdadero o falso, es obligatorio o no, etc. En su lugar justificaría la obligatoriedad de cada norma de un modo gradual, dando lugar a una deontología normativa más casuística y prudencial, propia del hombre experto, incluido el jurista, sin el carácter alético de la ética aristotélica.

Para justificar estas conclusiones la monografía se divide en nueve capítulos: 1) Introducción; 2) El cálculo deóntico convencional, donde se explican algunos principios específicos del cálculo de normas, especialmente la ley de cierre; 3) Paradojas de la lógica deóntica, generadas a su vez por la ley de cierre o por un conflicto de normas, como ahora sucede con la paradoja del asesinato indoloro; 4) Soluciones de las paradojas deónticas, analiza las distintas estrategias utilizadas para neutralizar la posible aparición de estas paradojas, especialmente la condicionalización, los criterios de relevancia o la estrategia minimizadora, aunque en todos los casos se vuelven a replantear, sin resolverla, la paradoja del conflicto de normas o del mal menor; 5) Conflictos normativos, analiza específicamente dicha paradoja del mal menor, con un resultado similar; 6) Conflictos en el ámbito jurídico, justifica los numerosos casos límite y situaciones de incertidumbre a los que puede dar lugar la paradoja del conflicto sobrevenido o del mal menor; 7) Lógica deóntica y conflictos normativos, justifica su propia propuesta para resolver estas paradojas y sofismas, a partir de las propuestas debilitadoras, paraconsistentes, no-monotónicas o incluso relativistas, de Da Costa, Puga, Grana, Abe, Stelzner, Weingartner; 8) Conclusiones, contrapone su propuesta al carácter alético del que adolecen los cálculos deónticos clásicos, ya sean de procedencia aristotélica o leibniziana, resaltando a su vez las posibles ventajas de su propuesta; 9) Bibliografía.

Para concluir una reflexión crítica. Primero resaltar la claridad y brillantez con que se expone un cálculo muy técnico y de enorme complejidad, entremezclado con problemas muy diversos, especialmente jurídicos, yendo directamente al núcleo del problema, sin abandonarlo en ningún momento. Sin embargo a mi parecer Ausín radicaliza excesivamente la contraposición entre las lógicas deónticas alternativas o no-clásicas frente a las aléticas o clásicas, cuando posiblemente se podría postular una complementeriedad recíproca, especialmente si se toma la lógica difusa o fuzzy como paradigma de las primeras. A este respecto ha habido quien ha considerado a la lógica fuzzy como una lógica desviada postmoderna que no respeta el principio de bi-valencia y no es alética. Sin embargo para la mayoría se trata de un malentendido que, en todo caso, radicalizaría aún más las paradojas ahora generadas por el salto del ser al debe, del bien mayor al mal menor, de los principios a las consecuencias, fomentando un relativismo que acabaría disolviendo el carácter deóntico o valioso por sí mismo atribuido a las normas. A este respeto la lógica deóntica y la lógica fuzzy exigieron una prolongación de los procesos de fundamentación de la lógica modal alética, postulando un perfeccionamiento mutuo que les permitiera contra-argumentar las posibles paradojas y sofismas que esta misma compatibilidad podría originar, y que a su vez les permitiera hacer compatible el uso que en cada caso se hizo del principio de bi-valencia. Y en este sentido cabría cuestionar, ¿el cálculo de normas ahora propuesto no se debería interpretar como un intento de contra-argumentar las paradojas que a su vez pudiera originar el mal uso de la lógica modal alética, llevando a cabo una profundización en los presupuestos de la lógica normativa y del propio silogismo práctico, ya sea de tipo aristotélico, leibniziano, hegeliano o wrightiano? Y si se acepta esta sugerencia, ¿habría que renunciar a la propuesta de Sanchez-Mazas de seguir concibiendo estos cálculos lógicos y la subsiguiente deontología normativa como una reedición del viejo proyecto de una ‘matheisis universalis’ de tipo leibniziano? ¿O no se deberían ver más bien estas propuestas como una profundización encaminada a salvar las paradojas originadas por una conciliación de este tipo, en el sentido también señalado por el proyecto de ‘New Foundation with Urelements’ de Aczel, Barwise y Etchemendy, como en alguna ocasión anterior he sugerido?

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Searle, John R.; Mind, Language, and Society. Philosophy in the real World, Basic Books, New York, 1998, 169 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

John R. Searle, en 1997 y 1998, defendió la necesidad por parte de la neurociencia de un lenguaje privado en primera persona capaz de detectar la posibles disfunciones lingüísticas aparecidas en el uso del anterior lenguaje en tercera persona, a fin de poder determinar si su uso es correcto o incorrecto, sano o patológico, en cada caso concreto. A este respecto en 1997, en El misterio de la conciencia (Searle, J. R.; El misterio de la conciencia. Intercambios con Daniel Dennett y David J. Chalmers, Paidós, Barcelona, 1997, 141 pp.),  refutó la unilateralidad de los anteriores argumentos materialistas de Daniel Dennett a favor de un lenguaje objetivo en tercera persona capaz de lograr la progresiva eliminación por parte de la neurociencia de cualquier referencia a la mente o conciencia subjetiva, cuando en su opinión hubiera sido necesario llevar a cabo un análisis previo de los presupuestos implícitos en su propia propuesta. En su opinión, las propuestas de Dennett a favor de la objetividad de un lenguaje neurocientiífico en tercera persona adolecen de numerosos malentendidos que hacía tiempo parecían erradicados del ámbito de las ciencias antropológicas, pero que, sin embargo, ahora vuelven a resurgir con más fuerza de mano de esta nueva ciencia. En su opinión, Dennett no pretende explicar la conciencia o mente humana, sino simplemente disolverla o negarla, para sustituirla a su vez por la actividad neuronal propia del cerebro. Todo se da por bueno con tal de conseguir este propósito.

A este respecto, según Searle, la neurociencia de Dennett concibe los organismos vivientes desde un conductismo radicalizado que los reduce a en simples mecanismos estímulo respuesta, sin  apreciar la mediación de un centro funcional básico que a su vez permitiría regular el inicial procesamiento de aquella misma información. Por otro lado Dennett también habría defendido una versión funcionalista fuerte de la inteligencia artificial (AI) mediante la feliz confluencia de cuatro factores: las máquinas cibernéticas de von Neumann, un ilimitado conexionismo neuronal, el virtuosismo de las series algorítmicas cifradas y los hallazgos antropológicos respecto de los procesos neuronales de reproducción mimética. Sin embargo su propuesta prescinde de lo principal respecto a una posible explicación de la conciencia: la justificación de un centro funcional superior capaz de articular y dar un sentido unitario a la interacción existente entre todos estos factores, así como de detectar la aparición de disfunciones lingüísticas en el uso del anterior lenguaje en tercera persona.

Finalmente, Dennett habría defendido un materialismo eliminativo que reduce la actividad de la conciencia a la mera actividad neuronal del cerebro, haciéndola depender exclusivamente de las entradas y salidas de información procedente de la experiencia, expresadas a su vez en un lenguaje en tercera persona. De este modo se habría dejado de tener en cuenta el papel decisivo desempeñado por el lenguaje en primera persona utilizado por la propia conciencia para expresar su capacidad de regulación de la respectiva actividad cerebral, como efectivamente ahora exigiría un modelo no-reduccionista de interacción recíproca entre mente y cerebro. De ahí que ahora se postule la necesidad de encontrar un nuevo modelo no reduccionista de interacción mente-cerebro, donde se reconozca un doble influjo: por un lado, el  influjo causal que la actividad cerebral puede ejercer sobre los diversos estados mentales; y, por otra parte, el mayor o menos alcance intencional que de un modo indirecto los estados mentales atribuyen a los estados cerebrales por haber sido un factor desencadenante decisivo, una ‘conditio sine qua non’, del establecimiento de este segundo tipo de relación.

A este respecto Searle en 1998, en Mente, lenguaje y sociedad, también habría dado un paso más respecto de la anterior modelo reduccionista de Dennett. En su opinión, el modelo de interacción mente-cerebro debe tener en cuenta desde un principio la mutua influencia que la actividad neuronal y la conciencia se ejercen recíprocamente entre sí, sin pretender suplantar el peculiar papel desempeñado por cada uno de ellos. Sólo así se podrá apreciar la peculiar causalidad intencional indirecta que la neurociencia debe atribuir a la actividad cerebral sobre los estados mentales, ya que sin su concurso la conciencia tampoco podría atribuirles un mayor o menor alcance intencional. Se reconoce así la importancia desempeñada por un lenguaje objetivo en tercera persona capaz de describir la actividad cerebral desde criterios estrictamente científicos. Sin embargo ahora también se resalta la necesidad complementaria de un lenguaje privado en primera persona capaz de expresar la intencionalidad meramente causal que de un modo indirecto ahora también se atribuye a esa misma actividad cerebral respecto de los posteriores estados mentales que ella misma origina. Sólo así la neurociencia podrá conmensurar la actividad cerebral y los respectivos estados mentales, pudiendo distinguir cuando el funcionamiento mental-cerebral es propio de un homúnculo sano respecto de la actividad patológica propia de un “zombi” enfermo, dando lugar a disfunciones lingüísticas que el propio paciente es incapaz de corregir.

A este respecto Searle distingue tres tipos de intencionalidad: la intencionalidad meramente metafórica de aquellas relaciones causales que de un modo genérico remiten a un antecedente o consecuente, sin individualizarlos ni llegar a establecer entre ellos una relación de identificación. La intencionalidad causal indirecta que ahora se atribuye a la actividad cerebral por poder generar diversos estados mentales que son los únicos verdaderamente intencionales. La intencionalidad directa o explícita, propiamente dicha,  de aquellos estados mentales que a  su vez la conciencia remite a tres posibles supuestos: o bien los distintos objetos del mundo externo, cuando se utilizan en una primera intención; o a ellos mismos y a su respectivo proceso de producción, incluyendo ahora también la actividad cerebral que a su vez los ha producido, cuando se usan de un modo reflejo en segunda intención; o a los estados mentales que un ulterior acto de habla pudiera producir en un posible interlocutor, pudiéndoles otorgar así una tercera o cuarta intención aún de mayor alcance.

Searle recurre a un ejemplo tomado  a su vez de Elizabeth Anscombe en Intentions para distinguir esta doble tipo de intencionalidad directa y causal. En aquel caso Anscombe recurrió al ejemplo de la lista de la compra a fin de explicar los distintas funciones desempeñadas por la noción de intencionalidad en la correcta aplicación de un razonamiento práctico, distinguiendo a su vez dos supuestos netamente distintos: la intencionalidad directa o explícita del propio consumidor a la hora de confeccionar aquella lista y la intencionalidad causal que aquella misma lista podría tener para un hipotético detective que a su vez trata de descifrar el significado que le dio el consumidor, sin que ya en este caso se pueda hablar de una intencionalidad explícita o directa. En ambos casos puede hablarse de verdad o falsedad, según sea posible establecer una correspondencia entre el estado mental y el objeto en cada caso intencionado, pero en cada caso cambiarán las condiciones de sentido exigidas para la correcta atribución de una intencionalidad de este tipo.

Searle defiende su propuesta desde una epistemología naturalizada que no admite la referencia a entidades metafísicas ajenas a los propios procesos ahora analizados, como en este caso sucede con el cerebro y la mente. En su opinión, el uso meramente metafórico de la noción de intencionalidad permite mostrar como los fenómenos naturales están abiertos a diversos niveles de inteligibilidad, incluyendo una referencia a una mente capaz de comprenderlos, sin que la aparición de la conciencia pueda verse como una anomalía en el funcionamiento del universo, como ahora pretende el materialismo eliminativo de Dennett. Es más, sólo si se admite la anterior estructura de la conciencia, concebida como la esencia de la mente, se podrá evitar la aparición de formas de materialismo claramente regresivas, como ahora sucede con el epifenomenismo o el propio conductismo. Se concibe así la conciencia como un fenómeno biológico que a su vez señala la dirección seguida por la evolución del universo físico y por el desenvolvimiento del propio mundo social, sin necesidad de remitirse a principios metafísicos externos a ellos mismos. Se justifica así un realismo, una epistemología y un mundo social naturalizado, que a su vez permite explicar la complejidad biológica, mental y cultural de ser humano. En su opinión, esta sería la la metafísica naturalizada subyacente a su teoría sobre la triple dimensión sintáctica, semántica y pragmática de los actos de habla.

Para justificar estas conclusiones ahora se dan 6 pasos: 1) Metafísica básica: realidad y verdad justifica la inteligibilidad del Universo sin presuponer un principio externo a los propios fenómenos naturales, como podría ser Dios; 2) Cómo nosotros nos referimos al Universo: la mente como fenómeno biológico, comprueba la génesis de dos grandes errores al prescindir de la mente humana a la hora de comprender el universo, como son el conductismo y el epifenomenismo; 3) La esencia de la mente. La conciencia y su estructura, analiza tres posibles lagunas que a su vez ponen de manifiesto tres rasgos de la conciencia: su capacidad intencional de apropiarse del universo, de sí misma y de los valores propios y ajenos; 4) Cómo la mente opera: la  intencionalidad, distingue la intencionalidad directa propia de los actos mentales respecto de la simple intencionalidad causal propia de la actividad cerebral, desde una epistemoloía naturalezada que a su vez rechaza un materialismo eliminativo como el Dennett; 5) La estructura del mundo social: cómo la mente crea una realidad social objetiva, justifica la aparición de diversas instituciones, como el dinero, mediante el libre juego que ahora se asigna a la triple dimensión de la intencionalidad, respecto de los objetos de la experiencia, respecto de sí misma y respecto de un hipotético interlocutor; 6) Cómo opera el lenguaje: el habla como un tipo de acción humana, comprueba como la doble dimensión ilocutiva y perlocutiva de los actos de habla es el presupuesto último de su anterior teoría del significado, de la comunicación, del simbolismo y de las reglas del lenguaje.

Para concluir una reflexión crítica. Sin duda Searle ha mostrado como el personalismo humanista también puede aportar una epistemología naturalizada aún más sofisticada, capaz de otorgar al lenguaje en primera persona de la conciencia, de la intencionalidad o del propio ejercicio del lenguaje un papel muy decisivo en la efectiva configuración de los procesos de interacción recíproca entre la mente y el cerebro. De todos modos su propuesta deja una cuestión sin responder sobre la que giró los posteriores debates acerca de este tema: dado que la filosofía de la mente atribuye a los estados mentales unos niveles de intencionalidad muy superiores a los en principio aportados por los automatismos neuronales de las explicaciones empíricas, ¿qué tipo de interacción habría que establecer entre la filosofía la mente y la neurociencia a fin de hacerlas compatibles?

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Katz, James E.; Magic in the Air. Mobile Communication and the transformation of social Life, Transaction, Brunswick, 2006, 194 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

James E. Katz en 2006, en La magia del aíre. La comunicación a través del móvil y la transformación de la vida social, también analiza el papel desempeñado por las nuevas tecnologías electrónicas, desde el Internet al móvil, en el cubrimiento de la información con motivo del 11-S y en días posteriores, llegando a una conclusión muy precisa: El 11-S habría permitido visualizar los nuevos papeles profundamente ambivalentes asumidos por el móvil y el Internet en la transformación de la vida social, traspasando claramente las funciones de comunicación interpersonal que habitualmente se le asignan. A este respecto el 11-S habría demostrado que el móvil en determinadas ocasiones se puede acabar convirtiendo en el único medio disponible para expresar las reacciones de fe, esperanza, terror y redención, que se despertaron en una situación límite de lucha por la supervivencia como aquella, por ser el único lugar compartido (syntopian) al que poder acudir, como lo pusieron de manifiesto las numerosas conversaciones de los afectados por los atentados, ya desde dentro de la torres o desde los aviones. Se comprueba así una vez más que en estos casos lo importante no era el mensaje sino el medio utilizado, que permitió visualizar un tipo de mensajes que de otro modo nunca hubieran aflorado a la opinión pública.

El propósito de Katz es analizar las consecuencias de esta última revolución tecnológica para cada una de sus instituciones y el conjunto de la sociedad norteamericana. La rápida acogida dispensada por el gran público es una muestra de una demanda oculta que pone de manifiesto una sociedad cada vez más incomunicada y atomizada, a pesar de presumir de lo contrario. Se reconoce la estrecha ligazón entre los móviles e Internet, con conclusiones fácilmente extrapolables. En cualquier caso los móviles han ampliado considerablemente el ámbito de la comunicación, llevándola a ámbitos y situaciones hasta hace poco impensables, dando lugar a la así llamada magia del aire. Se describe el móvil como el contrapunto mágico de una sociedad altamente tecnológica que parecía haber renunciado a este tipo de consuelos fascinantes y engañosos, como en otros tiempos podía haber sido leer una carta u obtener una indulgencia, demostrando así que la humanidad sigue necesitada de este tipo de recursos. Se justifica así el poder de la magia de una comunicación sin fronteras y sin limitaciones, con sus fuertes connotaciones espirituales y religiosas. Se habría así producido un peculiar proceso de reculturización de resultados difícilmente previsibles, que a su vez habría generado numerosos enemigos o simples usuarios oportunistas o simplemente compulsivos.

El 11-S habría demostrado de todos modos seis importantes ambivalencias de los móviles y de Internet respecto a su posible incidencia en la efectiva transformación de la vida social, a saber: 1) Fomenta la práctica de determinados valores espirituales o religiosos – por ejemplo, la asignación de poderes mágicos ocultos a los números o en la revitalización de determinados valores religiosos -, aunque su uso generalizado también puede resultar muy corrosivo, pudiendo llegar incluso a anular el desarrollo de la propia espiritualidad; 2) Ayuda a la formación de esperas públicas de comunicación altamente sofisticadas, al modo de naciones de espíritus, capaces de superar las distorsiones comunicativas habituales en estos casos, como pueden ser los fenómenos de exclusión, aunque también generan otras nuevas igualmente perniciosas, como son la cercanía con el extraño y el alejamiento de lo más inmediato; 3) Genera una nueva ética de la comunicación en público, que ha terminado volviendo obsoletos los criterios de corrección válidos hasta hace poco, aunque también genera un fenómeno de ‘multi-habla’ (‘multitasking’) de difícil intelección; 4) la creación de un lenguaje específico correspondiente al nuevo significado  público asignado a la comunicación, fácilmente manipulable con fines comerciales, oportunistas o simplemente compulsivos; 5) una revolución educativa en las actitudes y costumbres de los distintos agentes educativos, que ha terminado erosionando la autonomía del profesor y su sentido de la autoestima;

Posteriormente, en la segunda parte, también se analiza el pasado, presente y futuro de las telecomunicaciones en la sociedad de la información: analizando cuatro aspectos: 1) el impacto del teléfono en las transformaciones de la sociedad, tanto desde un punto de vista global como microsocial, y tanto respecto a la distribución geográfica como al desarrollo económico, político o social; 2) El papel de la contabilidad en la sociedad de la información, a fin de permitir la predicción y control de los acontecimientos mediante adecuadas estrategias de información, sistemas globales y culturales más funcionales, que a su vez generarán nuevas formas políticas y sociales de integración compartida; 3) El futuro de las tecnologías de la comunicación especula sobre los futuros cambios que se generarán, cuando los valores humanos sean puestos a prueba por un mecanicismo tecnológico fuertemente implantado, que a su vez generará nuevas tendencias y leyendas en el modo de afrontar los viejos problemas humanos y las futuras libertades; 4) El futuro del móvil está indefectiblemente unido a la sociedad tecnológica que lo creó; por eso al proyectar las futuras generaciones de móviles estamos proyectando en cierto modo el futuro de la sociedad de la información, modificando el significado del tiempo, de uno mismo y del espacio vital del respectivo entorno;

Para concluir una reflexión crítica. Sin duda el 11 de Septiembre puede ser un punto de partida para llevar a cabo una reflexión crítica sobre las profundas transformaciones generacionales acaecidas en la sociedad postmoderna, ¿pero el propio 11-S no permitió visualizar otro posible tipo de relaciones interpersonales más concretas y no siempre tan edificantes, aunque no generen precisamente esta atmósfera mágica que ahora se les atribuye? Por otro lado, ¿no se deberían extrapolar este tipo de reflexiones a otras situaciones similares que también han llegado a constituir un auténtico fenómeno mediático con posterioridad al 11-S, aunque hayan terminado teniendo un desenlace colectivo totalmente distinto al de entonces? En efecto, tanto los atentados de Atocha del 11-M como los del metro de Londres del 7-J demostraron que se puede hacer un uso político e ideológico muy versátil de las nuevas tecnologías electrónicas en la sociedad de la información, sin tener que atribuirles un carácter tan mágico como hora se pretende.

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VARELLA, Stavroula. Language Contact and the Lexicon in the History of Cypriot Greek. Contemporary Studies in Descriptive Linguistics, Vol. 7. Oxford/Berna/Berlín/Bruselas/Frankfurt del Meno/Nueva York/Viena: Peter Lang, 2006. 283 pp

Pedro J. Chamizo Domínguez

El estudio de los avatares que ha sufrido una lengua (o un dialecto dado de una lengua determinada, como es el caso del libro del que estoy dando cuenta) a lo largo de su historia no es solo una cuestión que interese a los lingüistas profesionales, sino que también puede ser de sumo provecho para cualesquiera otros profesionales. Y ello porque un estudio de este tipo revela muchos aspectos del devenir de un país o una región, que no son estrictamente hablando lingüísticos pero que están relacionados con ellos. La doctora Stavroula Varella centra su trabajo en el caso del dialecto chipriota de la lengua griega y en los procesos de interferencia que este dialecto ha sufrido en su contacto con otras lenguas. Y ello hace especialmente interesante su trabajo por dos razones al menos. La primera razón radica en el hecho de que normalmente estamos tan acostumbrados a que la lengua griega haya sido, junto con la latina, la mayor exportadora de términos a las lenguas europeas modernas, que no solemos ser conscientes de que, también el griego, ha recibido préstamos de las más diversas lenguas. Y justamente el propósito de Stavroula Varella en su libro es poner de manifiesto la multitud de términos que el griego (chipriota) ha tomado de otras lenguas a lo largo de su historia, asunto que documenta desde los más antiguos documentos conservados en esta variante de la lengua griega hasta nuestros días. Pero, y en ello radica la segunda de las razones a las que quiero referirme, el caso del dialecto chipriota de la lengua griega es especialmente interesante por cuanto que la isla de Chipre ha sido colonizada por multitud de pueblos diversos. Efectivamente, en Chipre han asentado sus reales los hititas, egipcios, persas, romanos, bizantinos, árabes, francos, otomanos e ingleses. Y todos ellos han ido dejando su huella lingüística en el dialecto chipriota del griego. Así, por ejemplo, la lengua árabe ha dejado una importante imprenta en el griego chipriota, aunque quizás no tan amplia como la que ha dejado en el castellano. No obstante, hay algunos términos compartidos entre el griego chipriota y el castellano que tienen sus orígenes en el árabe. En este sentido no quiero dejar de aludir al hecho de que, también este dialecto del griego, ha tomado prestado del árabe el término turjumàn (τζουρτζουμάνος, en chipriota) para designar al intérprete o lengua como una clase especial de traductor, cosa que también ha ocurrido en castellano, tomando el término directamente en un primer momento del árabe como trujumán y, en un segundo momento del francés trucheman como truchimán (Corominas y Pascual, 1984-1987)

En cuanto al contenido del libro, hay cinco capítulos centrales y varias secciones menores de las que son habituales en los libros académicos. El libro comienza con una página de agradecimientos, Acknowledgements (p. 7), en la que la autora muestra su reconocimientos a cuantas personas e instituciones la han ayudado en su trabajo. A continuación aparece un corto prólogo (p. 9) donde se resume el contenido de la obra, haciéndose especial hincapié en que aquí se van a estudiar las influencias de otras lenguas solamente en el dialecto chipriota, que no en la lengua griega en general. Y a continuación aparecen los cinco capítulos centrales. El capítulo 1, Introduction to the Greek dialect of Cyprus (pp. 11-48), consiste básicamente en una introducción a las características peculiares del dialecto chipriota de la lengua griega, donde también se pasa revista a las fuentes de las que se ha tomado el corpus estudiado. El capítulo 2, Cultural and linguistic contacts in Cyprus (pp. 49-74), proporciona una descripción del contexto histórico y socio-cultural que enmarca y da razón de préstamos que el dialecto estudiado ha tomado de otras lenguas. El capítulo 3, Exploring the lexicon I: Phonology and morphology (pp. 75-160), pasa revista a los procesos fonológicos y morfológicos que han sufrido los términos foráneos en su aclimatación al dialecto término desde sus respectivas lenguas origen. En el capítulo 4, Interlude: The issue of etymologies (pp. 161-176), se discuten algunas de las etimologías anteriormente propuestas para los términos incluidos en el corpus y se ofrecen otras etimologías alternativas a las comúnmente aceptadas hasta el momento. El capítulo 5, Exploring the lexicon II: Semantics (pp. 177-231), se centra en los aspectos semánticos en el estudio de los cambios de significado de los términos estudiados con respecto a los significados que estos términos tienen en sus respectivas lengua origen. Y finalmente, el libro se remata con cuatro secciones más: un epílogo (pp. 233-238) que sirve de resumen; un apéndice con las listas de préstamos según las fuentes textuales, Lists of loanwords according to their textual source (pp. 239-271) clasificada por periodos históricos y en función de las lenguas de las que proceden los préstamos; una bibliografía más que apropiada (pp. 273-278); y un índice de los términos lingüísticos usados en el libro (pp. 279-283).

Aunque podrían ser obviados si se tratase de un estudio de otra lengua o del propio griego clásico, los capítulos 1 y 2 se me antojan imprescindibles en este libro por, al menos, dos razones. En primer lugar, porque, así como cualquier individuo medianamente culto suele tener nociones del griego clásico y de su división en varios dialectos principales (ático, jónico, eólico, dórico y arcado-chipriota), el griego moderno suele ser menos conocido y, si esto es verdad para la lengua estándar, mucho más lo es para un dialecto hablado en una isla que, para más inri, está política, religiosa y lingüísticamente dividida. En segundo lugar, porque de modo análogo, así como la historia de Grecia suele ser conocida hasta su conquista militar por Roma, suele ser bastante desconocida desde ese momento. Esto último hace que uno suela tender a olvidar que en Chipre, además de turcos e ingleses, también sentaron sus reales francos y venecianos, por ejemplo. Y precisamente una de las virtudes de este libro consiste en poner en conexión la historia de la isla con las diversas influencias lingüísticas que el griego chipriota ha ido sufriendo en relación con los diversos conquistadores que ha tenido la isla a lo largo de su historia. Por su parte, el capítulo 3 requiere de una competencia en fonética y fonología del griego de la que yo, por desgracia, carezco; aunque supongo que su pertinencia es inexcusable para los especialistas en la lengua griega en particular y los especialcitas en fonética y fonología en general.

Por el contrario, dada mi especial dedicación académica, a mí me han interesado especialmente los capítulos 4 y 5 en la medida en que versan sobre problemas semánticos, de interferencia lingüística y, en última instancia, son un excelente estudio particular que puede generalizarse a otras muchas lenguas –si no a todas las lenguas. Efectivamente, préstamos, calcos y herencias –aunque estas últimas no afectan al contenido de este libro dado el marco que se ha impuesto su autora– pueden ser documentados en cualesquiera lenguas y, precisamente por ello, son motores de cambios semánticos a la vez que la fuente de los falsos amigos semánticos totales o parciales que pueden encontrarse en dos lenguas cualesquiera. Y ello tiene dos consecuencias relevantes. En primer lugar, el estudio de los diversos préstamos que ha ido recibiendo una lengua dada –o un dialecto específico de una lengua– es un instrumento precioso para relacionar el fenómeno estrictamente lingüístico con fenómenos antropológicos, culturales e históricos; y esto lo ha llevado a cabo la Dra. Varella de forma magistral en lo que respecta a su lengua materna. En este sentido el libro que comento parece ser exhaustivo, aunque uno se extraña de que en el griego chipriota no esté documentado ningún préstamo ni del alemán, ni del español, ni del portugués. Bien es cierto que ni alemanes, ni españoles, ni portugueses han colonizado nunca Chipre, pero, aún así, no deja de ser sorprendente; máxime si tenemos en cuenta que muchos de los préstamos que se atribuyen al provenzal bien pudieran proceder del castellano o del portugués, dado que se escriben exactamente igual en las tres lenguas. Por ejemplo, el verbo examinar (αξαμινιάζω) se atribuye al provenzal cuando se escribe exactamente igual en castellano y portugués. Del mismo modo, batalha (πατάλια) también se atribuye al provenzal cuando se escribe exactamente igual en portugués y se pronuncia exactamente igual en castellano aunque se escriba batalla. Con toda seguridad la dra. Varella tiene razón en estas atribuciones, puesto que ello es lo que se infiere de las fuentes estudiadas; pero uno no puede por menos que señalar esta cuestión.

Pero, en segundo lugar, préstamos y calcos son, como he dicho antes, la fuente de los falsos amigos semánticos. Y, en este sentido hay en el libro una laguna que debería ser subsanada por trabajos posteriores de la autora. Me explico. Dado que la mayoría de los términos de una lengua dada son polisémicos, rara vez la lengua término toma la palabra en cuestión de acuerdo con todos los significados posibles en la lengua origen, sino que lo hace cambiando sus significados en función de cuatro o cinco mecanismos distintos: 1, restricción de los diversos significados de un término en la lengua origen a uno o muy pocos significados en la lengua término; 2, restricción de significados en la lengua término y añadido de nuevos significados que estaban ausentes en la lengua origen; 3, conservación del significado del término en la lengua origen y creación de nuevos significados en la lengua término; 4, aparición de por lo menos un significado nuevo en la lengua término y cambio de categoría gramatical de la palabra en cuestión; y 5, aparición de nuevos y diferentes significados en dos o más lenguas término a partir de un significante común en una lengua origen determinada (Lorentzen, 2005; y Chamizo Domínguez, en prensa). Y todos estos cambios de significado pueden ser explicados mediante el recurso a diversas figuras del lenguaje tales como la metáfora, la metonimia, la sinécdoque, el eufemismo, el disfemismo o la ironía. El resultado de todo ello no es otro que el de la aparición de falsos amigos semánticos y la multiplicación de los problemas de traducción entre las lenguas afectadas por este fenómeno de interferencia lingüística. Obviamente, esta cuestión no es el tema del libro de Stavroula Varella y mis apreciaciones no son una crítica a su contenido –que cumple con creces con el objetivo que se propuso la autora– sino, más bien, la propuesta de un reto. Dicho de otra manera, lo que estoy sugiriendo es que, una vez llevado a cabo este trabajo previo e inexcusable, la autora podría plantearse la posibilidad de seguir por este camino tan excelentemente iniciado y regalarnos otro trabajo en el que nos haga ver cuáles son los cambios semánticos que han sufrido los diversos préstamos tomados por el griego chipriota de otras lenguas con respecto a sus respectivas lenguas origen.

Incluso hay algunos temas a los que se alude de pasada y que podrían desarrollarse de una forma muy productiva. Por ejemplo, en las páginas 177-180 se alude a un fenómeno que tiene especial relevancia en la lengua griega pero que puede extrapolarse, mutatis mutandis, a otras muchas lenguas. Me refiero al hecho de que eso que llamamos “el griego actual o moderno” es una de esas lenguas en las que la diglosia aparece de forma paradigmática en la medida en que hay un dialecto popular (δημοτική, el demótico) y un dialecto culto (καθαρεύουσα, el katharevousa). Pues bien, como norma general los defensores del griego culto son puristas y, en función de ello, han procurado sustituir muchos de los términos tomados de otras lenguas por términos con marchamo griego. Así, por ejemplo, el griego demótico ha tomado prestado el sustantivo patata ( πατάτα, en griego) del castellano, pero, comoquiera que a los puristas les ha parecido poco digno ese barbarismo, lo han sustituido por el sustantivo geomelon (γεώμηλον), que significa literalmente ‘manzana de tierra’ y que tiene toda la pinta de ser un calco del francés pomme de terre, que ha podido ser tomado consciente o inconscientemente. Ahora bien, si esto es así, uno puede preguntarse qué es lo que hace que un término sea preferible al otro. Y de forma más general, ¿qué hace que algunos términos se consideren vulgares, políticamente incorrectos o disfemísticos mientras que otros se consideren cultos, polìticamente correctos o eufemísticos? Y la respuesta a este tipo de preguntas no es una cuestión lingüística, sino, más bien, social o cultural (Allan y Burridge, 1991). Y quizás haya pocas lenguas tan adecuadas para estudiar a fondo esta cuestión como la lengua griega, dado que en ella –además de una diversidad dialectal análoga a la de otras lenguas– también existe en fenómeno de de diglosia de forma más puras que en otras lenguas. Aunque, desde la perspectiva en que me estoy situando, este fenómeno no sería ajeno a ninguna de ellas en mayor o menos medida. Por ejemplo, ¿Cuál sería la razón última de que en castellano el sustantivo hemorroides sea considerado el término culto y el sustantivo almorranas el término vulgar y vitando en muchos contextos si no es una razón de prestigio social? Máxime, como es este el caso, cuando ambos términos proceden de la lengua griega en última instancia (Corominas y Pascual, 1984-1987). Del mismo modo, los puristas alemanes trataron de sustituir el sustantivo Television por el más castizo de Fernsehen, aunque en este caso es posible que la batalla esté camino de perderse.

Pero volviendo al asunto de los préstamos curiosos. En las páginas 221 y 245 se recoge como préstamo del italiano el sustantivo campana (καμπάνα) que parece ser que en griego chipriota significa ‘campana de ‘iglesia’ y que funciona como un hipónimo del término griego original kodon>koudouni (κώδων>κουδούνι), que sería el término superordenado. Ahora bien, dado que en italiano campana connota cualquier tipo de campana (como en castellano), sea la campana de una iglesia o la campana de un barco, bien pudiera ser que estemos ante un caso paradigmático en que el griego chipriota haya restringido el significado del término original y, como consecuencia de ello, estemos ante un ejemplo de falso amigo semántico parcial por vía de una restricción de significado. Y, para terminar, otro caso sumamente interesante es el del sustantivo cementerio (σιμιντίριν), que se hace derivar del provenzal cimenteri (p. 242), cuando, curiosamente, el sustantivo cementerio –y sus diferentes variantes en las más diversas lenguas– procede en última instancia del griego clásico κοιμητήριον, vía el sustantivo latino coemeterĭum (Corominas y Pascual, 1984-1987). Con este ejemplo estamos ante un caso de lo que yo mismo he llamado “préstamos de ida y vuelta” (Chamizo Domínguez, en prensa). Efectivamente, el provenzal habría tomado como herencia del latín el sustantivo cimenteri, un término que, en realidad y con el significado de camposanto, era en griego un eufemismo a partir de su significado literal de dormitorio. Si esto es así, entonces tenemos que el griego chipriota ha vuelto a retomar un término originalmente griego con solo uno de los significados que tenía ese término originalmente en la propia lengua griega.

En resumen, la lectura de Language Contact and the Lexicon in the History of Cypriot Greek, de Stavroula Varella, es sumamente recomendable para cualquier persona interesada en los fenómenos de interferencia lingüística no solo por lo que está dicho explícitamente en él, sino también por lo mucho que sugiere y los caminos de investigación que abre para el futuro. Por ello me permito retar a la autora para que siga trabajando en esta línea que ha iniciado y nos regale con otro trabajo en que nos haga ver cómo han cambiado de significado los términos que el griego chipriota ha tomado de las demás lenguas.

Referencias bibliográficas

Allan Keith y Kate Burridge. 1991. Euphemism and Dysphemism, Language Used as Shield and Weapon. Oxford-Nueva York: Oxford University Press.

Chamizo Domínguez, Pedro J. 2006: «False Friends», en Brown, Keith (ed.) Encyclopedia of Language and Linguistics. Oxford: Elsevier, pp. 426-429.

Chamizo Domínguez, Pedro J. en prensa. False Friends: Semantics and pragmatics. Londres: Routledge.

Chamizo Domínguez, Pedro J., y Brigitte Nerlich. 2002: «False friends: their origin and semantics in some selected languages». Journal of Pragmatics. 34, pp. 1833-1849.

Corominas, Joan y José A. Pascual. 1984-87. Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Madrid: Gredos.

Lorentzen, Lise R. 2005. «C’est un vrai bordel! Faux amis norvégiens-français», en XVI Congreso de Romanistas Escandinavos. Universidades de Copenhague y Roskilde. En  HYPERLINK “http://www.ruc.dk/isok/skriftserier/XVI-SRK-Pub/JUS/JUS04-Lorentzen/” http://www.ruc.dk/isok/skriftserier/XVI-SRK-Pub/JUS/JUS04-Lorentzen/.

Pedro J. Chamizo Domínguez

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SHAPIRO, Steward; Vagueness in Context, Claredon, Oxford University, Oxford, 2006, 226 pp.

por Carlos Ortiz de Landázuri

Vaguedad en contexto recurre a la argumentación dieléctica característica de la teoría de modelos, a fin de evitar las paradojas generadas por la vaguedad de los conceptos en el superevalucionismo epistemológico. En efecto, Williamson y Sorenson tuvieron que alegar una ignorancia epistémica insuperable, o una futura aplicación del principio de bivalencia aún más estricta, a fin de evitar la aparición de casos límite en sí mismos ambiguos o una paradoja del sorites aún más irresoluble, aceptando en ambos casos el eslogan superevaluacionista, “la verdad es superverdad”, es decir, la verdad a nivel del lenguaje objeto también debe serlo a nivel del metalenguaje correspondiente, como les criticó Rosana Keefe. En cambio Steward Shapiro defiendo un superevaluacionismo de tipo pragmático, que le permite invertir este tipo de argumentos siguiendo a su vez las propuestas de algunas lógicas intuicionsitas, como la de Dummett. En su opinión, el reconocimiento de ámbitos de vaguedad a la hora de determinar el significado pragmático de un concepto debería ser compatible con la referencia a una noción de superverdad y con la aplicación de un principio de bivalencia por parte de los metalenguajes lógicos, siempre y cuando previamente se dispusiera de diversos criterios de tolerancia respecto de la posible aparición de ulteriores casos límite en un ámbito concreto de aplicación. Se evitaría así la pretensión del supervaloracionismo epistémico de excluir totalmente la vaguedad en nombre de un ideal de precisión excesivamente rígido, sin tampoco fomentarla de un modo indiscriminado, como pretende el multivaloracionismo epistémico, cuando de hecho ambas son necesarias.

Evidentemente al hacer esta propuesta Shapiro presupone en los usuarios del lenguaje una maestría en la interpretación del lenguaje conversacional de las diversas lenguas habladas, o de las diversas lógicas alternativas, concretamente en la lógica fuzzy (p. 11), a fin de evitar las dos principales paradojas generadas por la vaguedad de los conceptos, a saber: a) las contradicciones generadas por la ambivalencia verdadero-falso de los casos límite respecto a una determinada propiedad; y b) la ulterior aparición de una paradoja del sorites o del montón, que a su vez generan los casos límite de segundo orden, cuando la propiedad transitiva atribuida a este tipo de conceptos o clases genera un proceso al infinito respecto al posible número de casos límite, tanto respecto a una determinada propiedad como a su negación, sin tampoco poder evitar su extrapolación a todos los elementos de la serie. Al menos así sucede con la paradoja del calvo-melenudo, o de los montecillos-montoncetes o del culibajo-jorobadete (en el popular personaje Tientetieso o Humpty Dumpty, similar a un huevo, de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll), sin tampoco poder ya aplicar un punto medio de inflexión entre uno a otro concepto, al modo como sucede en la contraposición cóncavo-convexo. Sin embargo sería posible introducir nuevos criterios de determinación y de tolerancia respecto a estos nuevos casos límite de segundo orden o de orden superior, si verdaderamente se logra desde un principio dar a la definición ajustada del concepto.

Evidentemente la aceptación de un sistema lógico de este tipo presupone ya una maestría a la hora de definir los conceptos y de aplicarlos por parte del locutor y del oyente, reconociendo el carácter contextualista y conversacional de los criterios de tolerancia e indeterminación fijados en cada caso. Sin embargo ahora también el propio concepto de maestría o competencia locutiva adolece de una doble vaguedad, tanto respecto a la determinación de su respectivo ámbito de aplicación como en la fijación de los respectivos grados de tolerancia, sin poderle exigir una precisión excesivamente rígida, ni tampoco una indeterminación excesivamente arbitraria.  El criterio del locutor competente ideal se postula de nuevo como criterio último para fijar su validez de los criterios de determinación y de tolerancia en razón de los distintos contextos, aunque ahora también se toma prestada de los sistemas lógicos superevaluacionistas una poderosa herramienta para evitar la aparición de este tipo de paradojas, a saber: Exigir una base de aplicación que justifique los criterios de determinación y los índices de tolerancia utilizados en cada caso para justificar el posterior uso de un concepto. Sólo así se podrá utilizar la aparición de estas mismas paradojas para localizar una nueva base de aplicación, que a su vez permita postular una posible resolución de estos ulteriores casos de doble vaguedad o vaguedad de orden superior, sin necesidad de remitirse ya en ningún caso a una noción de superverdad. Se justifica así una ampliación de la teoría de la vaguedad más allá de la base de aplicación habitual, incluyendo también la referencia a objetos de tipo abstracto, cuasi-abstracto, o incluso metafísico, epistémico o metodológico, o a la propia noción de objetividad.

Para concluir una reflexión crítica: Steward Shapiro extrapola el tratamiento superevaluacionista de la vaguedad a la justificación de todo tipo de entidades abstractas, metafísicas o incluso metodológicas, siempre y cuando a su vez se les aplique una teoría de modelos capaz de evitar las paradojas generadas por sus posteriores aplicaciones de tipo pragmático. Sin embargo para justificar este paso sería necesario disponer de una base de aplicación proporcionada, así como de unos criterios de determinación y de tolerancia ajustados, que permitieran el tránsito desde los modelos de aplicación más simple a los más complejos. Sin embargo ahora este tránsito no se justifica ni siquiera en el caso más simple del paso desde los modelos de la lógica proposicional de primer orden a los modelos de la lógica de predicados de segundo orden. Shapiro propone a este respecto una teoría marco muy ambiciosa cuyo desarrollo pormenorizado debería ser objeto de distintas lógicas alternativas que deberían fijar los distintos criterios de determinación y tolerancia en la definición de cada concepto.

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